La Intención de la Sangre

Sucedió un día de muerte.

Yo comía las frutas de las almas. Al morderlas, las almas chorreaban un líquido azul, violeta, suave, espeso; como yemas de huevo que caían como gotitas, como campanillas, sobre mi relinchante cuerpo desnudo.

A cada rato parecía que me iba a evaporar. Toda mi cabeza era un hongo gigante, aceitado, suculento, precioso. Todo mi ser estaba dispuesto para el más furioso de los casamientos.

Como siempre, tenía hambre. Señores desnudos, con sobretodos oscuros, venían a traerme legiones de almas. Yo me relamía, flotaba hacia ellos, con los ojos en blanco y el pene en llamas, como invocando anillos de fuego y aire sobre todo el planeta. Todo mi cuerpo era una supernova. Ya no podía brillar más.

Yo rugía y relinchaba, relinchaba, relinchaba.

Los caballos y los vampiros se desenroscaban en mi sangre.

 

(c) Ricardo Ortiz

 

Immortality

Misa Final con Serpientes en la Juntada Nudista

Los cuerpos cantaban. Hablamos de cualquier cosa, comimos, charlamos, apagamos las luces para ver algo en la computadora.

Pero los cuerpos gritaban, los sexos se pusieron a brillar. Los penes querían ir de visita a los recónditos más oscuros del bosque, ellos solos jugueteaban, serpenteaban, se lubricaban; se procuraban una familia, una madre, que fecundaban en sueños, y entonces se recreaban a ellos mismos, saliendo hermosos, enormes y divinos, del seno de sus madres.

Salían ya circuncidados, y con el borde del glande labrado con topacio y oro; el repulgue había sido estilizado, parecían confituras, alhajas, herencias antiguas (sin duda), la dote de la novia, con glasé de diversos sabores que todos querían probar.

Por las dudas, yo me persigné tres veces, ¡habían habido tantas transformaciones!

Entonces, en la oscuridad, giré. Me quedé duro, erecto, petrificado, en el instante que vi a mis amigos me quedé lacio y de perfil. Solos, habían comenzado la novela, escribiendo con tinta espesa en un libro de paja.

Atónito, los vi entre las sombras, vi cómo las siluetas comenzaron a morderse, a probarse, a doblarse. El glasé rozaba contra el glasé, los sacramentos se rozaban, el topacio se frotaba contra el oro, y había algo que vigoroso se expandía y ondulaba.

Al rato, junté más fuerzas y volví a mirar. Parecían dos serpientes.

El cuerpo de uno llenaba todos los orificios del otro, que eran varios. Los cuerpos anudados, entrelazados. Penetrándose mutuamente. Era imposible discernir dónde terminaba el cuerpo de uno y comenzaba el cuerpo del otro.

¡Hasta parecía que habían más! El nudo continuó, creciendo y creciendo, dando chillidos, dando aullidos pequeños de placer. Yo me tuve que mudar a otra parte. Pero cada tanto, en las noches solitarias y frías, vuelvo a ese nudo para poder recordar.

(c) Ricardo Ortiz

 

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El sexo de los lobos

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Iba desnudo, caminando por el Bosque del Amor. Y supe que era éste porque cuando iba desnudo, sonreí y luego dije: “¡Ah! ¡Es éste el Bosque del Amor!”, y porque mi voz era dorada y generaba campanitas y destellitos en el aire.

Este era el lugar donde todo es posible. Un bosque blanco, perfecto. Un lugar perfecto para la unión.

Una voz, como un ángel se apiadaba de mí: -No dejes que caiga la noche -decía-. Pero… ¿cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué?

Todo se puso negro. Y aparecieron los lobos.
-Al principio son buenos -dijo-. Pero cuando cae la noche, te comen el sexo. Y el amor.

Seguro también cenarían las puertas de mi alma. Y yo, vidente como cualquiera, me dispuse a correr desnudo por los caracoles del bosque congelado. El nevado y blanco Bosque del Amor.
Pero aparecieron nuevamente los lobos. Me buscaban, eran hábiles, corrían por detrás y no podía librarme de ellos. Era raro, porque estábamos todos corriendo, y yo estaba muy agitado, pero cuando los veía ellos aparecían siempre estáticos. Y esos ojos fijos. Mirando deseosos. Pero estáticos. Hambrientos. Inamovibles.

Pasé un rato corriendo y los perdí. Pero aparecieron de nuevo. Como por arte de magia. Me miraban de forma inocente, pero también como si me estuvieran invitando. A una cena, seguramente.
Me vi en la obligación de atacarles. Eran tan tiernos, pero debía atacarles. Como Chun-Li les daba veintisiete patadas por segundo.

Eso, despertóme. Al abrir los ojos me di cuenta que estaba pateando, en vez de a los lobos, a las piernas de mi amor.

Y me abrazó. Me miró fijamente por detrás.

Frío.
Hambriento.
Desnudo.
Estático.

(c) Ricardo H. Ortiz

Los Revelados

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Venidas del silencio, me sacian las muertes desnudas que sitúo con dientes en mi esternón.

Sombras de lenguaje me cubren como una túnica, yo levito desnudo en el bosque, errante. Soy mordido por vocablos de consuelo. Amigos con formas de demonio (mejor dicho: demonios vestidos como amigos) me arrancan el pelo y los ojos. ¡Mi novio, mi novio! El volcán sube de mi entrepierna hasta la voz, yo exploto girando, gritando, destruyo todo lo que existe.

Le hago el amor a los fragmentos y mi energía creadora hace de nuevo el mundo. Pero no perdono.

Y tu cuerpo, tu cuerpo.

Tu caída sube sobre mí.

Lleno de amor, ya no hay más afueras ni adentros.

(c) Ricardo Ortiz

08/01/2014

English: Battle of the Nudes; against a backdr...

Battle of the Nudes; c.1470-95 Engraving, on paper washed pink Inscription Content: Signed on a tablet hanging from a tree at the far l: ‘OPVS ANTONII POLLAIOLI FLORENTINI’ Height: 416 millimetres (trimmed along l and r edges and along bottom) Width: 594 millimetres (Photo credit: Wikipedia)

 

Yo danzaba desnudo sobre el hielo dorado en constante evolución.

Y llego como un caballo al templo del amor, preguntándome por qué en el ajedrez la casilla de la muerte siempre es rosa.

* * * * * * * *

A veces el tiempo es un consolador de lava.

* * * * * * * *

Sus ojos me bajaron la defensa y me pegaron con crítico, dejándome sin HP.
La cercanía de su cuerpo me llenó de auras.

* * * * * * * *

Yo iba disfrazado de muerte disfrazado de ángel disfrazado de prostituta disfrazada de santo erecto disfrazado de albañil bien dotado en mares de espumante erección hasta que llovieron sobre los cuerpos desnudos impermeables de esperma que llamamos preservativos. A los cuales lamimos hasta la muerte, que nos llevó con hadas, cantando.

* * * * * * * *

El actor porno me abrió sus nalgas como si fuera una boca.

Yo le cité a Sade por detrás a troche y moche toda la noche. Y le descerrajé todos sus orificios sin perdón.

Cuando hubo terminado el acto nos dimos cuenta que estábamos en público. Y se eso aconteció por la lluvia blanca con la que nos atacaron los varones del lugar.
Como Neo de Matrix esquivábamos los lechazos para que no nos dieran en el ojo.

Yo le ponía el pecho a las balas.
El actor porno abría la boca.

Quizás éramos los dos la misma persona.

* * * * * * * *

En el banco, cuarenta mil señoras me ultiman los oídos. Poco entiendo de su damnación, de su perpetuo modo de quejarse y de sufrir.
40.000 poetas me entregaron el culo a mí, que me tiro de cabeza y de culo a la fuente de la poesía.

Esta vez sin agua.

* * * * * * * *

Mis ojos calan calas.
Ya no sé si mis ojos florecen calando,
o calantes las flores cincelean mi mirar.

* * * * * * * *

La diamantina paja pone en cola de espera a las demás obligaciones. Me sumergieron en un mar de vergas y culos y no pudieron asquearme. Me masturbaba riéndome de las fantasías que nadie dijo.

Eclipsado, me reí amputándome las extremidades fálicas que se volatilizaban en agudos hippies.

La nada tomó sentido.

* * * * * * * *

Mi papagayo quedó paralelepípedo cuando mi sexo fue penetrado violentamente por la Verdad Absoluta.

Mi cerebro eyaculaba personas a cuadritos mientras mi pene quedaba calante.

rho.

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Cascada

A veces hacemos el amor cantando, llorando, buscando, otras veces abrazando, tipeando, comiendo, mensajeando, pero quiero hacer el amor corriendo, haciendo la vertical, cortando papelitos, lavando los platos, durmiendo.

¡Haciendo el amor dentro del amor significó tantas veces tu silencio!

Ajustes

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Erupción

Mysteria

El sacerdote flota desnudo en medio de la iglesia.

Ríe y brilla, como cantando.

Mientras tanto, algo en el mundo se rompe. Se quiebra.

Mientras tanto, todo en el universo sufre un casamiento.

 

(C) Ricardo Ortiz