La espera

Cuando tatúe en mi sexo
los besos
que tengo en mí callados.

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Memorias

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Acaricio mi hombría roja
pensando en tus besos lilas

Ya siento tu alma azul
encabritar
mi cuerpo gris.

 

(c) Ricardo Ortiz

El sexo de los lobos

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Iba desnudo, caminando por el Bosque del Amor. Y supe que era éste porque cuando iba desnudo, sonreí y luego dije: “¡Ah! ¡Es éste el Bosque del Amor!”, y porque mi voz era dorada y generaba campanitas y destellitos en el aire.

Este era el lugar donde todo es posible. Un bosque blanco, perfecto. Un lugar perfecto para la unión.

Una voz, como un ángel se apiadaba de mí: -No dejes que caiga la noche -decía-. Pero… ¿cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué?

Todo se puso negro. Y aparecieron los lobos.
-Al principio son buenos -dijo-. Pero cuando cae la noche, te comen el sexo. Y el amor.

Seguro también cenarían las puertas de mi alma. Y yo, vidente como cualquiera, me dispuse a correr desnudo por los caracoles del bosque congelado. El nevado y blanco Bosque del Amor.
Pero aparecieron nuevamente los lobos. Me buscaban, eran hábiles, corrían por detrás y no podía librarme de ellos. Era raro, porque estábamos todos corriendo, y yo estaba muy agitado, pero cuando los veía ellos aparecían siempre estáticos. Y esos ojos fijos. Mirando deseosos. Pero estáticos. Hambrientos. Inamovibles.

Pasé un rato corriendo y los perdí. Pero aparecieron de nuevo. Como por arte de magia. Me miraban de forma inocente, pero también como si me estuvieran invitando. A una cena, seguramente.
Me vi en la obligación de atacarles. Eran tan tiernos, pero debía atacarles. Como Chun-Li les daba veintisiete patadas por segundo.

Eso, despertóme. Al abrir los ojos me di cuenta que estaba pateando, en vez de a los lobos, a las piernas de mi amor.

Y me abrazó. Me miró fijamente por detrás.

Frío.
Hambriento.
Desnudo.
Estático.

(c) Ricardo H. Ortiz

Los Revelados

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Venidas del silencio, me sacian las muertes desnudas que sitúo con dientes en mi esternón.

Sombras de lenguaje me cubren como una túnica, yo levito desnudo en el bosque, errante. Soy mordido por vocablos de consuelo. Amigos con formas de demonio (mejor dicho: demonios vestidos como amigos) me arrancan el pelo y los ojos. ¡Mi novio, mi novio! El volcán sube de mi entrepierna hasta la voz, yo exploto girando, gritando, destruyo todo lo que existe.

Le hago el amor a los fragmentos y mi energía creadora hace de nuevo el mundo. Pero no perdono.

Y tu cuerpo, tu cuerpo.

Tu caída sube sobre mí.

Lleno de amor, ya no hay más afueras ni adentros.

(c) Ricardo Ortiz

Muerto en el placard

MUERTO EN EL PLACARD.

Te hice el amor entre libros, entre palabras.

Hice el amor con todos mis ex sobre mi tumba, a la luz de la luna.

A la luz de la luna todos mis ex gozando entre sí.
Los espíritus errando y gozando / del lechoso sacramento de la luna.

A la luz de la lunah.

Leyendo a Osvaldo Lamborghini

-Hazme el don -dije. Y conjugamos los verbos en todas posiciones.
Con los penes nos tatuábamos hermosas grafías.

Tuve.
Tuvo.
Tuvimos.

Un orgasmo tab puro que me llevó al manicomio.

Y luego de una supernova así uno se queda buscando para siempre esa verga de oro.

Quejándose.

Que es muy grande que es muy chica
que es muy blanda que es muy dura
que es muy recta que es muy curva

que está muy seca que está muy húmeda.

Y así seguimos
inacabablemente
In-acabándonos
unos a otros.

Buscando destellos de amor
De locura
De muerte
De llantos

De suicidio.

Galaxias

Olas de tiempo
envolviendo tu belleza

sentimientos desdoblándose en alegría eterna

entre las abrasadoras cicatrices de mis recuerdos

y yo
quiero llenarte de estrellas
pero no puedo encontrarte.

rho

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