La Intención de la Sangre

Sucedió un día de muerte.

Yo comía las frutas de las almas. Al morderlas, las almas chorreaban un líquido azul, violeta, suave, espeso; como yemas de huevo que caían como gotitas, como campanillas, sobre mi relinchante cuerpo desnudo.

A cada rato parecía que me iba a evaporar. Toda mi cabeza era un hongo gigante, aceitado, suculento, precioso. Todo mi ser estaba dispuesto para el más furioso de los casamientos.

Como siempre, tenía hambre. Señores desnudos, con sobretodos oscuros, venían a traerme legiones de almas. Yo me relamía, flotaba hacia ellos, con los ojos en blanco y el pene en llamas, como invocando anillos de fuego y aire sobre todo el planeta. Todo mi cuerpo era una supernova. Ya no podía brillar más.

Yo rugía y relinchaba, relinchaba, relinchaba.

Los caballos y los vampiros se desenroscaban en mi sangre.

 

(c) Ricardo Ortiz

 

Immortality

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Primera Vez

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Dádiva eterna
tremenda montaña vibraba en mi gloria
y yo arañaba las horas que me llevaron
a tu brillante loto único.

rho.

 

Un poco de entropía

 

Estaba caminando hacia el otoño, en eso aparecí yo (en tercera persona) gritando: –¡Hurra! ¡Hurra! ¡Mi tío tiene pene!

Floreció todo el mar, dando a luz diademas. Yo iba caminando para mi trabajo, aunque en dirección opuesta. Me encontré con el mismo chico de siempre, a la hora de siempre, me saludó como siempre. Resbalando me caí al piso y yo reí a carcajadas. Me arranqué la ropa y me revolcaba desnudo en la nieve. Era luna llena. Le hice el amor a Jacinto, penetré a Pedro. Me dejé penetrar por Juan.

Y luego yo terminé de perfil y quedó el mundo en llamas.

 

Entonces todo fue diferente.

 

 

(C) RICARDO H. ORTIZ

 

San Facmi

Fui al baño. Vi zahoríes entre ósculos rutilantes que incendiaban el tiempo. Sus ojos en blanco lo congelaron todo.

Sentí desmayarme.

Me teletransporté a la tierra del más fino éxtasis.

 

Juan bajó su bragueta y nos penetró a todos con su haz de electrones y me quedé oscilante. En la punta de su arma bendita salió una flor de siete colores que tenía propiedades psicotrópicas si se la chupaba. Nuestras lenguas al viento flotaban hacia arriba como una tela liviana. Lamimos y chupamos. Y yo pensé que esto duraría por siempre.

 

—¡Por San Facmi! -dije- ¡Si me coj en el plaf yo te miau en la shot divinis!

Su flor acaramelada era poética y terrible como el suicidio. Irónico fue, que escuchando a Alanis Morissette, su flor nos desfloró a todos. Yo tenía una flor de loto blanca y dorada que le gustaba ser acariciada suavemente.

Yo tuve un placer botánico. Y cuando San Facmi me inoculó con sus esporas, ambos brillando, dimos a luz a un ser diferente.

 

FIN

(C) RICARDO H. ORTIZ

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Tiresías Di Giorgio

Mientras él le hacía el amor, cambiaba de sexo.

Él se convertía en mujer y le daba con un clítoris prominente, se llenó de personas, todos aplaudían y se entrelazaban gimiendo, mordiéndose los labios, gritando, diciendo: “Ah”.

Se convertía en hombre nuevamente, envuelto en rosas, y su sexo gigantesco estaba envuelto en dalias. El público quería mirar, se acercaba, tomaba fotos.

Estaban a dos centímetros y no podían ver nada. Corrieron cuando él amenazó con violarles. Entonces continuó. Su sexo se convertía en una manta raya, de los poros de ella manó café con leche, él la mordió, bebió, bramó, todo se llenó de uvas, nueces y… almendras.

La gente ya vibraba con los ojos en blanco. Estaban desnudos y con antifaz. Mirando.

 

Él eyaculó champagne, merengue y almíbar sobre su rostro, al público le habían crecido los dientes, filosos y largos. Los vampiros bebieron su sangre, su chocolate, su café con leche. Bebieron hasta la última gota.

Y todos juntos murieron incendiados al amanecer, cambiando de sexo, esbozando la última sonrisa.

 

 

 

(C) RICARDO H. ORTIZ

 

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Muladhara Magic

Dedicado a F. R.

 

Prana

bocas que se tocan
sin tocarse

pezones pellizcados
sin tocarse

mentes que se cruzan
sin hablarse

 

éxodo
funeral del cuerpo

terremoto en un eclipse en un estado / de celo incierto

playa de lo sentidos
volcán impostando canto barroco
huracán del cuerpo

 

bocas que se muerden
sin besarse

mil trompadas ejecutadas y recibidas
sin golpearse

ojos devorándose
sin mirarse

 

prana

fuego

eclipsándolo todo

 

penetrándolo todo.

 

© Ricardo H. Ortiz

LA DEL GRINGO

De nuevo El Gringo. Después de una noche de sexo violento, nuestros anos parecían ilesos.

 

Irónicamente mágico fue despertar en una cama de flores al lado del Dios del Sexo.

Había sido tan buen macho que al momento de eyacular le habían salido cuernos. Miré su pene. Ahora tenía escamas filosas y brillantes, mi sexo estaba gigante y ambos sudábamos en la exaltación de la locura.

Yo quería morir así todas las noches, que él me matase y morir de nuevo. A él le salieron alas de fuego y me poseyó en el aire cual oda al porno violento.

 

Mi anaconda flotaba sobre la cama, dividiéndose en tres o cuatro vergas que nos violaban por todos los orificios, llenándonos de puntitos de luz adentro. Así llegaba el temblor, la supernova, y proferíamos un grito eterno.

Incendiados, caíamos muertos sobre el colchón, listos para renacer y morir de nuevo.

* * * * * * * * * * *

Era algo increíble, algo irreal. Viajaba gente de todo el mundo para vernos, sacarnos fotos o filmarnos.

Sin hacerles caso, copulábamos por siempre, sin poder evadir nuestras malignas sonrisas.

FIN

 

(C) RICARDO H. ORTIZ