La Intención de la Sangre

Sucedió un día de muerte.

Yo comía las frutas de las almas. Al morderlas, las almas chorreaban un líquido azul, violeta, suave, espeso; como yemas de huevo que caían como gotitas, como campanillas, sobre mi relinchante cuerpo desnudo.

A cada rato parecía que me iba a evaporar. Toda mi cabeza era un hongo gigante, aceitado, suculento, precioso. Todo mi ser estaba dispuesto para el más furioso de los casamientos.

Como siempre, tenía hambre. Señores desnudos, con sobretodos oscuros, venían a traerme legiones de almas. Yo me relamía, flotaba hacia ellos, con los ojos en blanco y el pene en llamas, como invocando anillos de fuego y aire sobre todo el planeta. Todo mi cuerpo era una supernova. Ya no podía brillar más.

Yo rugía y relinchaba, relinchaba, relinchaba.

Los caballos y los vampiros se desenroscaban en mi sangre.

 

(c) Ricardo Ortiz

 

Immortality

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Sexo con el vampiro

A la medianoche, las suaves magnolias de plata y de acero nos penetraban en el rojísimo bosque.

Nuestra sangre era negra y casi reíamos. Nuestros ojos eran negros y casi aullábamos…

Las sombras se unían a nosotros como tentáculos. Veíamos en el cielo un glifo de luz y nos veíamos desnudos, pero nuestros cuerpos se llenaban de ojos.

De repente, aparecíamos crucificados en un mar de sangre. Mi corazón caminaba lento y despacito. Entonces todo parecía quedar atrás, lejos, en un olvido.

 

El de los ojos rojos nos chupaba y yo reía.

 

(C) Ricardo Ortiz

V for Vampire

Sangre.

Música.

Un rocío de sombras que me erectaba el cerebro.

 

Los símbolos aparecieron en el aire
y se vieron tantas cosas.

 

De pronto Dios. El Sol.

Como algo lejano.

Extremo.

 

Irascible.

 

La Videncia

Santa Muerte, imagen via Wikipedia

 

He venido de entre los muertos.

Y por ello me refiero a que alguien me sustrajo de esa pequeña muerte llamada siesta. Claro está que mi mente estaba sumida, inmersa, sumergida, en algo tan negro y tan gris como un cementerio.

 

Ruidos. Voces.

El vampiro estaba durmiendo y alguien osa interrumpir su eterno letargo. Se derramará sangre. Se esparcirán manos, pies, caderas.

Lejos de mi madre. Mi cuerpo vuelve en sí como si fuera el nacimiento. Mi cuerpo casi flota al teléfono, mi cuerpo se abre como la seda. Alguien del otro lado del teléfono me habla de brujos.

Me habla de magia, de Tarot, de lluvia. Yo logro hechizarla. Por un momento yo creo que está llorando. No he dicho una sola palabra y casi está llorando. Pero hablo. Rompo ese silencio asfixiante que se lleva las almas en su carnaval de olvidos.

 

Abro la boca. Todas las bocas del mundo hablan. El teléfono tiembla, el techo tiembla, la cama y la mesa piden piedad. Corto. Espero no haberla cortado a ella cuando corté ya que me había despertado un poco vidente y un poco brujo.

 

En mi mente, el granizo. Debo haber soñado con el granizo y haberlo olvidado. Debo haber soñado con un amor perfecto y lo había olvidado. En mi mente: una pareja haciendo el amor bajo el árbol; imágenes de lluvia.

Minutos después, comienza el granizo. Lo veo caer mientras de paso observo esa horrible casa fúnebre. Siempre quise pensar que los dueños de las cocherías siempre son zombies y vampiros. Qué patético. Morirse con semejante piedra.

No es que el muerto entienda de granizo convertido ya en una divina confitura (para los gusanos y los microorganismos); no es que tampoco me importe. La sensación de la muerte y la lluvia produce una doble angustia.

Si la Muerte habla, seguramente su aliento debe ser como la lluvia.

 

Y de repente, el Talmud, algo cierto: “Dios tiene tres llaves: la de la lluvia, la del nacimiento, la de la resurrección de los muertos”. Recuerdo eso mientras una pareja que hacía el amor se refugia en mi casa de la lluvia. Y te recuerdo.

 

 

(C) RICARDO H. ORTIZ

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Tiresías Di Giorgio

Mientras él le hacía el amor, cambiaba de sexo.

Él se convertía en mujer y le daba con un clítoris prominente, se llenó de personas, todos aplaudían y se entrelazaban gimiendo, mordiéndose los labios, gritando, diciendo: “Ah”.

Se convertía en hombre nuevamente, envuelto en rosas, y su sexo gigantesco estaba envuelto en dalias. El público quería mirar, se acercaba, tomaba fotos.

Estaban a dos centímetros y no podían ver nada. Corrieron cuando él amenazó con violarles. Entonces continuó. Su sexo se convertía en una manta raya, de los poros de ella manó café con leche, él la mordió, bebió, bramó, todo se llenó de uvas, nueces y… almendras.

La gente ya vibraba con los ojos en blanco. Estaban desnudos y con antifaz. Mirando.

 

Él eyaculó champagne, merengue y almíbar sobre su rostro, al público le habían crecido los dientes, filosos y largos. Los vampiros bebieron su sangre, su chocolate, su café con leche. Bebieron hasta la última gota.

Y todos juntos murieron incendiados al amanecer, cambiando de sexo, esbozando la última sonrisa.

 

 

 

(C) RICARDO H. ORTIZ

 

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Una de vampiros

 

Yo amanecía en el crepúsculo,
mi voz se tornaba sombría,
mis dientes afilados
y mi mirada roja.

Hasta que con tu amor bendito
me estacaste y.

 

© Ricardo H. Ortiz

 

SEXO CON DEMONIOS

The Temptation of St. Anthony by Martin Schöng...

Image via Wikipedia

En el medio de la noche: Ojos inquietantes vampirizando mis voces.

Mi alma manando, danzando como una melodía brillante hacia sus ojos violetas y rojos. Yo veía sus colmillos, sus rostros con máscaras de maloliente oscuridad.

Y mi alma era gigante. Ellos drenarían mis energías por milenios o siglos. Yo era esa melodía brillante que iluminaba la habitación y entraba en sus nefandos seres mientras se hinchaban sus venas y se ennegrecían sus ojos.

Pero ellos no pudieron controlar mis energías y comenzaron a desnudarse. Yo tuve sexo con los demonios, haciéndolos sentir como bellísimos ángeles, mientras una orgía de almas pasaba de boca en boca. Y llegué al orgasmo saboreando sus espíritus, viendo y fusionando sus vidas, profetizando; blanqueando mis ojos y pronunciando sus nombres. ¡Hasta que se entrecortaron nuestras respiraciones y liberando todas las almas nos arrastré a un suspiro interminable mientras llegaba el grito final…!

FIN


© DE RICARDO H. ORTIZ
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