Los Revelados

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Venidas del silencio, me sacian las muertes desnudas que sitúo con dientes en mi esternón.

Sombras de lenguaje me cubren como una túnica, yo levito desnudo en el bosque, errante. Soy mordido por vocablos de consuelo. Amigos con formas de demonio (mejor dicho: demonios vestidos como amigos) me arrancan el pelo y los ojos. ¡Mi novio, mi novio! El volcán sube de mi entrepierna hasta la voz, yo exploto girando, gritando, destruyo todo lo que existe.

Le hago el amor a los fragmentos y mi energía creadora hace de nuevo el mundo. Pero no perdono.

Y tu cuerpo, tu cuerpo.

Tu caída sube sobre mí.

Lleno de amor, ya no hay más afueras ni adentros.

(c) Ricardo Ortiz

Leyendo a Osvaldo Lamborghini

-Hazme el don -dije. Y conjugamos los verbos en todas posiciones.
Con los penes nos tatuábamos hermosas grafías.

Tuve.
Tuvo.
Tuvimos.

Un orgasmo tab puro que me llevó al manicomio.

Y luego de una supernova así uno se queda buscando para siempre esa verga de oro.

Quejándose.

Que es muy grande que es muy chica
que es muy blanda que es muy dura
que es muy recta que es muy curva

que está muy seca que está muy húmeda.

Y así seguimos
inacabablemente
In-acabándonos
unos a otros.

Buscando destellos de amor
De locura
De muerte
De llantos

De suicidio.

Misal de los árboles

Yo dibujaba árboles de tutti frutti. Y me asomé para ver si en mi jardín ya crecían árboles de tutti frutti. Entonces dibujé tu cuerpo desnudo, fallecían en la luz las cáscaras de huevo que ocultaban tu nombre, tu vasto nombre.

A la mañana siguiente me encontrarían brillando, volando entre mis papeles, exangüe. Con ojos de atardecer soñando con gotitas de los jazmines del Diablo.

 

Ya lo había escrito. Había escrito mi propia muerte y sería así, invariablemente. Ahora debería escribir mi renacimiento. Sí. ¡Un fénix!

“Al otro día Ricardo te levantaste como un fénix. Los árboles te llamaban y tú caminabas desnudo, vestido por la niebla feérica que te amaba en el bosque. De las nubes bajaron los ángeles, te dijeron: Nos veremos otra vez. Y ya estabas en tu alcoba, con la ventana abierta. Ya penetraban los primeros rayos del atardecer. Tus muñecas ya habían cicatrizado. Y te levantaste hermoso, desconcertante, con ganas de escribir (inclusive sonetos). Estabas dispuesto a empezar de nuevo. Pero ese día te ofrecerían mirar relaciones incestuosas…”.

Yo escribía en una hoja que mi tinta incendiaba. Seguía escribiendo la muerte, se me incendiaban las muñecas, los ojos, se me suicidaba el Fénix.

Todas las voces que hablaban en mí eran voces muertas.

 

Desde la penumbra, en silencio, los árboles observaban.

 

(C) Ricardo Ortiz

 

Praderas Violetas

Estoy en el baño. Suena el celular. De repente: todo se llena de agua. Luego: Un escalofrío cristalino, casi irreal; suena un pensamiento triste más allá del espejo. Viene una oleada de melancolía que parece que me va a flotar; una curiosidad asesina que me atrapa, que me lleva, que me proyecta más allá del espejo.

Hablo. Mejor dicho: intento hablar. Una electrocución de pensamientos dulces me lleva más allá del más fino éxtasis.
Al atender el teléfono canto, con un color brillante, impostado. Miro al techo. Se abre un agujero negro que vomita materia. De la nada se forma una lluvia de espejos. La creación tiene la forma de instrumentos musicales. Yo floto, mirando a Dios, mirando los ángeles.

Entonces, todo explota. Y se condensa en un punto.
Y caigo. Mudo. Ciego. Sordo. Muerto.

(Nadie supo por qué, pero en todo el mundo se cortó la energía eléctrica en ese preciso instante).

 

Ricardo H. Ortiz

 

Intrigante

Los hombres ni iban ni venían callando, nunca hablando de lo diferente.

 

Un pueblo como un mausoleo que sólo estaba abierto para turistas.

 

¿Y qué se puede decir de todo esto?

 

Yo describiré lo que soy
un caer mirando a la dulce oscuridad
un dormir brillante
un dulce conocer
un dulce disfrutar de un azul libidinoso
quemante
nocturno
fosforescente.

 

 

Ricardo H. Ortiz

Olvido

drogas putas infierno frío demonios

y tanto

tanto por no decir en un poema

que la mierda se acelera a la velocidad del suicidio

 

tres años por cada segundo de mierda al lado tuyo

 

y la soledad

llevándose la muerte del perder todo el tiempo

 

yo no tengo rostros de niñas estranguladas

ni quiero que me estrangule un negro

 

quería un océano

una patria

un punto de partida

 

un lugar donde pudiera relinchar o mugir

o brillar con el más fino éxtasis

mientras era querido

 

una caricia

algo suave

algo blando

una sonrisa

 

un todo va a estar bien

un te quiero

un te amo

 

ni golpes

ni muertes

ni gritos

 

ni este olvido

 

 

rho

La Violencia

Mis ojos de dragón hablaron como oráculo, mientras en el aire se tatuaron los siguientes vocablos:
-Es de noche y hace frío, adentro. El silencio petrifica con su voz de niño muerto que fue hechizado por las hadas.

Y entonces, todo murió
y reímos.

 

 

(C) Ricardo H. Ortiz