Sexo con el vampiro

A la medianoche, las suaves magnolias de plata y de acero nos penetraban en el rojísimo bosque.

Nuestra sangre era negra y casi reíamos. Nuestros ojos eran negros y casi aullábamos…

Las sombras se unían a nosotros como tentáculos. Veíamos en el cielo un glifo de luz y nos veíamos desnudos, pero nuestros cuerpos se llenaban de ojos.

De repente, aparecíamos crucificados en un mar de sangre. Mi corazón caminaba lento y despacito. Entonces todo parecía quedar atrás, lejos, en un olvido.

 

El de los ojos rojos nos chupaba y yo reía.

 

(C) Ricardo Ortiz

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Jorge

Escultura endiablada.

Poseída.

Gira en negro con un ladrido tan dulce que suicida.

El hombre con pelos en el pecho me habla de Jorge.

 

Yo miro sus bíceps.

 

(C) Ricardo Ortiz

Mysteria

El sacerdote flota desnudo en medio de la iglesia.

Ríe y brilla, como cantando.

Mientras tanto, algo en el mundo se rompe. Se quiebra.

Mientras tanto, todo en el universo sufre un casamiento.

 

(C) Ricardo Ortiz

V for Vampire

Sangre.

Música.

Un rocío de sombras que me erectaba el cerebro.

 

Los símbolos aparecieron en el aire
y se vieron tantas cosas.

 

De pronto Dios. El Sol.

Como algo lejano.

Extremo.

 

Irascible.

 

Misal de los árboles

Yo dibujaba árboles de tutti frutti. Y me asomé para ver si en mi jardín ya crecían árboles de tutti frutti. Entonces dibujé tu cuerpo desnudo, fallecían en la luz las cáscaras de huevo que ocultaban tu nombre, tu vasto nombre.

A la mañana siguiente me encontrarían brillando, volando entre mis papeles, exangüe. Con ojos de atardecer soñando con gotitas de los jazmines del Diablo.

 

Ya lo había escrito. Había escrito mi propia muerte y sería así, invariablemente. Ahora debería escribir mi renacimiento. Sí. ¡Un fénix!

“Al otro día Ricardo te levantaste como un fénix. Los árboles te llamaban y tú caminabas desnudo, vestido por la niebla feérica que te amaba en el bosque. De las nubes bajaron los ángeles, te dijeron: Nos veremos otra vez. Y ya estabas en tu alcoba, con la ventana abierta. Ya penetraban los primeros rayos del atardecer. Tus muñecas ya habían cicatrizado. Y te levantaste hermoso, desconcertante, con ganas de escribir (inclusive sonetos). Estabas dispuesto a empezar de nuevo. Pero ese día te ofrecerían mirar relaciones incestuosas…”.

Yo escribía en una hoja que mi tinta incendiaba. Seguía escribiendo la muerte, se me incendiaban las muñecas, los ojos, se me suicidaba el Fénix.

Todas las voces que hablaban en mí eran voces muertas.

 

Desde la penumbra, en silencio, los árboles observaban.

 

(C) Ricardo Ortiz

 

Locura transparente

castillos de cristal
manzanas de oro del recuerdo
cacatúas de almendra
(fórmula química de algo)
todo se mezcla

 

camisa de carne
joyas de petróleo
preservativo con diamantes
todo se mezcla

 

tuberculosis angelical
flores de electricidad
dagas que acarician
besos con cucarachas
(pus y sol)
todo se mezcla

 

agua
hay hierro (temblores)
tres chicas
un lago
una montaña
sol
cristal
luz
y en vos…

todo se mezcla.

 

 

Negación

Él habla. Él canta. Él dice que lo siente. Dice que lo sabe, que no sabe, que lo quiere, que no lo quiere, que no puede hacer otra cosa. (Una voz de lejos: -Yo igual te amo)

En el amor del silencio se cantan, pero siempre diciendo otras cosas. Se perdonan. Nunca la palabra correcta, aunque el vaivén de los cuerpos suene más fuerte que un campanario.
Quizás aquí también hubo un casamiento. Pero sin ropa. Un lugar donde los cuerpos sonaban a rebato como llamadores de ángeles.

Cristal.

Cristal aquí, allá. En todo. Nunca cristales violetas y ordenados. Si decimos “cristalino” siempre habrá de referirse a algo frágil. A algo quebrado, a algo inocente.
Y si decimos inocencia decimos pasado, ahora es el momento de la devoración. De consumirse bestialmente en el fuego del campanario.

Tambores. Los cuerpos ahora son tambores. Ladrones de besos y suspiros. Se arquean hasta lo exorbitante. Paranormal elasticidad del cristal, del vidrio. Eran dos estatuas cristalinas que de alguna manera no se quebraban.

Quizás porque estaban ya quebradas, adentro.

 

El hombre maduro habla. Canta. Dice que lo siente. Sí. Hubo una boda. Con su mujer, antaño.
-Una vez yo fui feliz, ahora…
(-Yo te amo)

-Cuando nos casamos recuerdo que estaba seguro…
(-Yo te amo)

-Ahora no sé si estoy tan seguro. No me entiendo.
(-Cállate, tonto)

 

Se besan. Entre palabras no dichas, se abrazan, se besan. El hombre maduro le hace el amor. Su cuerpo de titán se abre camino entre dos piernas que se tensan al aire. Lo embiste con su amor mientras su amante desborda. Se tocan los bíceps, los pelos en el pecho, se acarician los pectorales.

Tambores, campanas, tambores.
Acaban juntos.

El hombre maduro lo abraza. Él dice que lo siente. Que no sabe.
Que lo perdone.

 

FIN.

 

(C) Ricardo H. Ortiz