Falange de artillería

Se atacaban con palabras, con definiciones. Cada vez que una flecha impactaba se creaba un mundo. Las palabras penetraban la corteza, aguijoneaban la armadura de amor, la resquebrajeaban hasta que la trizaban y luego la rompían.

Se atacaban con realidades, cada definición nueva perdía, desorientaba, hería. Cada realidad nueva modificaba aún más su perspectiva del mundo. Todo cambiaba pero ellos seguían siendo los mismos, y lo que habían dicho era lo mismo. Cada cosa nueva, cada imperfección los alejaba de la verdad, casi era el equivalente de decir que se estaban atacando con sombras, con mentiras. El corazón no hacía más que sufrir y brillar.

Las palabras se aceleraban, la lluvia de palabras se hacía más fuerte, más rápida, más vertiginosa, el dolor aumentaba el drama, la tragedia, la maldad y las ganas de pelear, y decían que había y que no había demonios y que la dieta y que la verdad y que tu realidad y que la mía y que tu percepción estúpida de la verdad y del amor y que tu interpretación y que yo te amo y que después resulta que yo no te amo y que sí somos novios y que después resulta que no somos novios y que si digo algo resulta que soy mucho peor que una quinceañera histérica melodramática y virgen y que bla bla bla y que más bla bla bla bla bla pero la verdad era que no habían ni siquiera puntos ni comas y ya no se podía ni siquiera detenerse un rato a pensar y mucho menos detenerse a respirar.

Alguien en un momento, cansado de cambiar de táctica y estrategia, entró en un marasmo, levantó una bandera blanca y pidió la tregua. Murió en el mismo momento que se calló. La belleza de su muerte fue inmarcesible.

El silencio ensordecedor lo fagocitó todo. Su interlocutor miró hacia arriba. Fue violentamente arrasado con una infinidad de palabras que golpeaban con la fuerza de galaxias y galaxias de estrellas.

Después de eso, no hubo paz, se murió, y tampoco hubieron más amores ni reencuentros.

Por supuesto que Dios no los perdonó. No les había dado alas, ni amores, ni palabras para esto.

(c)

Ricardo Ortiz

Global reset

Y sucedió un silencio fuerte que enmudeció todo. No había ni siquiera un suspiro en todo el Universo. El tiempo se había pausado, se había amargado.

Él lloró. Imploró. Durmió. Soñó horrores.

Vio sombras donde le habían dicho que habían constelaciones. Yo tuve miedo y frío, llamé a papá. Pero papá no existía. No se sabía si había existido alguna vez. No se sabía su nombre.

Todas las palabras de paternidad se suicidaron en todos los libros del mundo. Los ríos se secaron, los frutos se secaron. Todo quedó árido e infértil.

-Papá, papá.

Pero el Universo se había congelado y ahora se había comenzado a desintegrar.

-¡Papá!

La naturaleza se descascaraba, las estrellas se apagaban y los agujeros negros se comenzaron a evaporar.

Vi mi rostro en un espejo de nada, se habían borroneado mis facciones y ya nadie podría identificarme a mí, o a papá.

Me tiré al piso y me abracé en posición fetal.

Todas las personas del mundo se murieron y se desintegraron.

El tiempo murió.

Y todo volvió a empezar.

Mucho más que un potus.

Hacía frío y estaba solo. Hacía varias eternidades que estaba solo y ya me estaba volviendo abstracto y sin género. Parecía ir perdiendo lentamente mi humanidad. Si no fuera por el sexo en llamas todo el día hubiera dicho que me faltaba sangre por las venas.

Yo era todo mesianidad y erotismo, todo mi ser era antrófago, metamórfico y antropocéntrico. Sentía que la fuerza que unía a mis moléculas estaba cediendo, que mi conciencia reunía la materia gracias a la erección eterna, si en algún momento me hubiera tranquilizado hubiera saltado a otro estado cuántico de la existencia.

Comencé a sacarme la ropa, como un ritual, caminé descalzo hacia la puerta. Los perros de mi novio (que estaba lejos de viaje) me miraban alelados, alucinados, me veían como a San Perro. Particularmente yo me identificaba con uno de ellos, el más cachorro, el más intenso. A pesar de la erección tremenda ellos olfateaban mi bella aura blanca que cuidaba su lugar.

Yo hacía de cuenta que caminaba, pero en realidad nunca sentí que la superficie de los pies tocara el piso. Los pies intactos, limpios, castos, no eran ensuciados por el barro en la entrada de la casa, ni por la tierra que conectaba la casa con el bosque.

Así que caminé -floté- hasta bordear el bosque, todo mi ser y el bosque entero decían Ahhh. Mi cuerpo era levemente dorado y del glande erecto me caían gotitas doradas, que al tocar la tierra la fecundaban. Dejaba un río de flores doradas en la tierra.

Lleno de energía creativa, me detuve y concentré en mi pecho y en mi pene todo mi poder creador, canalicé una energía tan fuerte que contacté algo. Un ser, divino como yo, me respondió. Sentí que Dios me hablaba.

Me dijo: -Soy yo.

-Y estoy dispuesto al casamiento -agregó.

Loco de amor, y de ki, comencé a flotar a dos metros sobre el suelo. Mis chakras divinos estaban abiertos como naranjo en flor. Yo ya no era humano ni nada que se le pareciese. Era como un colibrí de luz gigante, una erección furibunda como el arte egipcio, una barba de vikingo encendida fuego y un perfil hermoso de escultura griega.

La presencia bajó, como un punto de luz, fecundó en el aire una gotita dorada que caía de mi glande. Se detuvo el tiempo y vi nacer una estrella. Microscópicamente, pero era una estrella. Fue tremendo ver cuando esa gotita lentamente se metió en la tierra.

En cuestión de segundos, nació una planta gigante. Tenía la altura de una persona una chaucha abajo.

La abracé, mientras la rozaba con mi glande por todos lados, comenzó a manar un aceite brillante. Y vi cómo la chaucha se dilataba, me invitaba a entrar.

Hicimos el amor, ahí mismo, en el borde del bosque. Mientras yo le ponía nombres a su cuerpo comenzó a rozarme con sus tentáculos. Uno de ellos se aventuró, acarició lentamente mi ano.

-Sí, quiero -le dije.

Y la planta también fue macho.

Cuando terminé de hacerle el amor, le reconocí que me gustó cómo había trabajado con sus tentáculos. Comencé a rozarla con mi barba, ahí fue cuando comencé a perder el pelaje de la barba y los vellos penetraron su piel y formaron espinas sobre los tentáculos. Y de la chaucha comenzó a crecer una rama redonda, creció, creció, formó un pene cilíndrico y vegetal.

Mis ojos luminosos, mis pestañas crecieron, y me abrazó fuerte, muy fuerte.

Miré dónde había tenido el pene. Yo también tenía chaucha.

La planta había logrado salir del suelo, parecía una persona. Me hizo un gesto y me senté en su pierna.

Recordé todas mis encarnaciones anteriores.

Y comencé a danzar.

Finalmente, me llené de ojos y vi todos los nacimientos.

Misa final con el oso

Sucedió cerca de los humedales, al lado del bosque, cerca de los árboles de las brujas, había mucha menta y lavanda. Yo creo que estaban bendiciendo la tierra.

Los dos varones: machos, rudos, peludos, hoscos, pero sensibles, espirituales, accesibles. Tenían el mismo tamaño, la misma potencia, la misma intensidad, la misma frecuencia, la misma duración. Parecían almas gemelas.

Cuando llegaron, todo el campo de menta y de lavanda largó un aroma muy fuerte. Todas las plantas se abrieron, gotearon, comenzaron a vibrar.

Comenzaron a acariciarse hasta que sintieron la superficie del sol. Revoleaban sus ropas y flotaban hacia la estratósfera. Estaban pluscuamperfectamente abiertos entre ellos, estaba todo permitido.

Ya desnudos, el uno era el ropaje del otro. Habían rugidos, bramidos, sismos. Cerca, había una familia de perros con sus pintalabios a punto nacimiento. Los nenúfares ardientes de Alejandra estaban flotando en celo. Creo que el agua del río ebullicionó. Este nivel de creación ya no era posible ni para los dioses. Desbloqueados a nivel chakra, parecía que estaban y no estaban, la animalidad en su máxima expresión intercalada con momentos de Nirvana, de meditación. Bordaban sus almas con gritos. Se comían, se besaban, se quemaban, se respiraban. Se ponían a brilar.

Se llamaron por todos los nombres que habían tenido. Penetrándose con la mirada lo recordaron todo. Se leyeron, ahí, erectos, en un segundo. También se escribieron porque algunos rincones del alma estaban en blanco.

Se tatuaron los penes con luz mientras lentamente con la lengua probaban ambos frutos de abajo. Era tremendo verlos, ver cómo pasaban las horas y seguían ahí, amando. Todos sus orificios ya eran santos. Habían sido bendecidos por el poder del rayo.

Era el cielo y el infierno juntos, era tántrico y astral, era el yin y el yang, era el Génesis y el Big Bang con cada beso, con cada caricia, con cada mirada.

Hacían el amor en todos los multiversos.

Y las flores no daban más de la envidia.

Lo intentaban, pero no podían superar su fragancia.

Sólo un verso

Prerregistramos nuestro amor en los arcanos del tiempo
Con sonrisas
Con paraísos
Con ninjutsus sexuales

Tu malaquita y mi cuarzo vibraron
Luego las almas pusieron todo a brillar
Y entramos en un Nirvana

Hubo un pilar blanco que nos salía del pecho
y luego una gran explosión de luz
Que lo energizó todo

Y todas los átomos del mundo quedaron conectados al resto del Universo
Como si fuera una cita entre dos dioses

Como si fuera un enorme casamiento.

Misa final con la luna llena

Me masturbé tanto y tan fuerte que había alterado el espaciotiempo. Si alguien me hubiera visto dándome amor, hubiera parecido un momento efímero. Un mal esposo. También esa paja bestial me había teletransportado.

Había estado segundos en un cine porno, en un sauna, había ido a orgías egipcias, griegas y romanas. Los ojos, del color del zafiro más incierto, me llevaron en el medio de un parque. ¿Dónde estaba? Estaba desnudo y con una erección tan tremenda que alteraba la trayectoria terrestre. Si es que había acabado en el planeta Tierra, claro.

Quería saber dónde estaba, pero al dirigirme a las personas acababan violentamente y salían corriendo, húmedos, avergonzados, otros casi riendo o llorando a carcajadas, tapándose el sexo, como nos habían enseñado. Algunos volvían dos o tres veces y acababan tanto, como si nunca hubieran venido. Algunos hasta inventaban nuevos nombres, o volvían a su casa para volverme a saludar.

Y yo triste y erectísimo, con el pene al aire. La larga cabellera parecía de oro, el cuerpo casi flotaba, la piel de mármol, y la luna cada vez más grande en medio de la noche, los lobos aullaban, de mi piel salía una estática azulada, y la luz de la luna bañaba mi cuerpo.

Parecía un dios.
Parecía el mismísimo Diablo.
Tenía el color de ojos y la forma y el tamaño del pene que yo imaginara.

Lo tenía todo.
Y la luna cada vez más grande.
Mi sexo no daba más. Parecía una rosa mística, un rinoceronte gigante.

Todo se iba atrayendo lentamente a mí.
Comencé a flotar. La cabellera subió de mi cintura y también comenzó a flotar. Las hojas comenzaron a caer hacia arriba.

Y yo lloré. No quería coger. Quería amar, hablar.

Y la luna se hacía cada vez más grande.

Ágape

No se conocían pero se sentaron a tomar té en el jardín nevado. Nunca se habían visto pero se conocían de antes. Cristales de magia intentaban recomponerlo todo. Algo sonaba en lo más profundo de la memoria.

Miraron las tazas, parecían que las flores se iban a salir de la porcelana. Las flores y las plantas de las pinturas perfumaban el té.
Y ellos que se hacían el amor con la mirada.

Vestidos de blanco, rodeados de blanco, con el pelo blanco y los ojos azules, supervestidos, megavestidos, pluscuamperfectamente vestidos y ataviados.
Cuando sus almas se besaron, todo se llenó de fractales. Arabescos dorados en el aire. Los ropajes se incendiaron, las pupilas centellearon, todo se incendió y se puso a brillar.

Las ropas rojas, la nieve incendiada, el pelo rojo, los ojos de fuego incendiando los ropajes. En un segundo estuvieron sólo vestidos de fuego y cenizas. Entonces, comenzaron a flotar, mientras las cenizas de las ropas acariciaban lentamente cada poro de su desnudez.

No se conocían pero estaban flotando desnudos en el jardín incendiado. Nunca se habían visto pero ya estaban haciendo el amor de antes.
Un fuego sagrado, como nunca antes visto, intentaba purificarlo todo. La memoria gemía, gritaba. El ser se animaba a batallar.

Hicieron el amor delante de todos, solos, pero no los pudo ver cualquiera.
Era tanto el caos de la doble hélice de destrucción que hasta la luz quedaba violentamente ultrajada.
Fuego y agua, hielo y lava, todo giraba y se solapaba, queriendo ser, queriendo yuxtaponerse, queriendo mutuamente un cesar.

Duraron así por siempre, una eternidad que no se supo si duró un minuto o fueron años.
Y Dios los miró.
Se sintió el tiempo pausado y comenzaron a bajar los ángeles, los dioses, el apocalipsis, y sus gritos de placer se llenaron de caballos.

Al llegar al orgasmo, explotaron en colibríes. En colibríes rojos, azules y violetas. Y de otros colores que nunca más volverán a existir.
Libres, más allá de los elementos, también se volvieron dioses.

Fuera del tiempo, viven en mi corazón y me enseñan el porvenir.

(C) Ricardo Ortiz

Taken

Muerto yaces congelado en los intersticios de tus muros
soñando un verano total.

Corta tu corazón en pedacitos
y ofréndalo a los dioses.

Pero el anillo de oro se me atasca en la garganta.
Y el amor y el odio reclaman tu sangre.

Corta tu corazón en pedacitos
y ofréndalo a los dioses.

El eco del miedo me mata con besos con olor a muerto.
Ratas y cucarachas en mi cerebro.
La Muerte y los Vampiros en mi sangre.

Corta tu corazón en pedacitos
y ofréndalo a los dioses.

(C) Ricardo Ortiz

Emociones 2.0

Espadas emocionales luchando contra dragones de emociones.
Cuervos de amor le sacaban los ojitos a mi castillo de corazones.

El sol del domingo de pleno en La Muerte,
que miraba deseosa nuestros labios, como tocándose.

La Muerte podía ser cualquiera
se metía a Grindr y mandaba fotos de pija
se whatsappeaba con otros

Cualquiera le decía Mi vida
Mi amor

Yo levanto barreras de hielo y creo escudos de luces
hago un círculo de protección contra fuego
pero me vuelvo agua
e invoco ángeles y demonios
para que protejan ferozmente

mi destino.

 

(c) Ricardo Ortiz