Praderas Violetas

Estoy en el baño. Suena el celular. De repente: todo se llena de agua. Luego: Un escalofrío cristalino, casi irreal; suena un pensamiento triste más allá del espejo. Viene una oleada de melancolía que parece que me va a flotar; una curiosidad asesina que me atrapa, que me lleva, que me proyecta más allá del espejo.

Hablo. Mejor dicho: intento hablar. Una electrocución de pensamientos dulces me lleva más allá del más fino éxtasis.
Al atender el teléfono canto, con un color brillante, impostado. Miro al techo. Se abre un agujero negro que vomita materia. De la nada se forma una lluvia de espejos. La creación tiene la forma de instrumentos musicales. Yo floto, mirando a Dios, mirando los ángeles.

Entonces, todo explota. Y se condensa en un punto.
Y caigo. Mudo. Ciego. Sordo. Muerto.

(Nadie supo por qué, pero en todo el mundo se cortó la energía eléctrica en ese preciso instante).

 

Ricardo H. Ortiz

 

Ángeles Fisicoquímicos

 

 

El rayo del perfume derivaba mi rostro en el país de las sombras.
El ángel de papel crep me esfumaba las manos.

Y yo tronaba.

 

* * * * * * *

El Ángel de Orina me tiraba el Tarot,
él diluía metales pesados en mi flan,
¡y de repente en mi sexo todo era electrólisis!

 

* * * * * * *

Tus ojos extraían de mi ser
el archivo comprimido de mi vida

Sodio
Potasio potasio
caos de azufre-amor
lechadas de osadía

Tu furia sensual catalizaba
una síntesis romántica

 

Y nuestros fluidos se buscaban
con gran entropía.

 

(C) RICARDO H. ORTIZ

La Salvación

"United Colors", by Alessandro Pautasso

 

 

Vi cómo mi cuerpo flotaba como una sábana, ondulándose sobre el colchón. ¡Desaparecieron mis ropas!

Yo ya estaba justo en el punto exacto entre el techo y la cama. Las uñas se me volvieron de diamante. De mi sexo salieron colibríes. La habitación, vibrando, sollozó.

Yo bailaba, flotando, en el aire.

 

Luego anocheció. Y quedo todo negro, oscurísimo. Pero yo me prendí fuego y comencé a cantar colores.

Cuando no soporté más, estallé en un millón de nano-origamis. Y entonces llegaron los arcángeles envueltos con flores y arcoíris.

 

 

 

(C) RICARDO H. ORTIZ
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Oxidados Magentas

Miro adentro mío. El velador de árbol invertido incendiándose al tocar el suelo y desatando en mi mente una tormenta de fuegos artificiales.

(¿Aspiré popper?)
Yo vomito tornados, hadas y unicornios. Sobre todo mi cuerpo: Abro mil ojos.

Amaneceres de soles de sangre. Todo es rojo y negro. Amaneceres de oscuridad.

-¿Y por qué la medianoche era tan luminosa?

Por las almas en pena que alcanzaban la luminosidad. Esferas de luz muy potente cantando en el bosque de los demonios. Supernovas bailando en el oceáno de desesperación de tinta china. Las almas refulgían como ángeles, dibujaban arabescos en el aire, un lenguaje extraño que sólo Dios comprendía.

Se abrían las puertas del tiempo y del espacio, entonces las almas se iban, como pañuelos blancos, hacia la soñada eternidad.

¡¡Y yo quedaba tan pálido y desnudo cuando acontecían estos signos!!

(C) RICARDO H. ORTIZ

MANIQUÍES DEPRIMIDOS EN LA INFANCIA


Aquí yo, haciendo política con La Muerte. Roces, suspiros, éxtasis.

Arcángeles poseídos violando mis bocas. Demonios divinos acariciando mi espalda.

Sí. Carcajadas y gritos de terror en el interior de mis vocales.

Entre fardos y poses desear muecas sensuales, pintar en la mente, fotografiar, escribir, cantar, copular, y que todo sea bello. Pero ellos seguirán siendo ángeles, ellos demonios, y yo poeta. En cualquier momento un árbol incendiado por ojos que salen del aura me hablará del destino y habrá una tele-transportación súbita al lugar donde te conocí. A ese lugar donde en cada poema te revivo.

Se actualiza mi sistema. Pero los ángeles se compadecen ya que los demonios bloquean mis diálogos emergentes: ellos también tienen antivirus. Cadenas sobre mi sexo, cadenas en mis muñecas, en mis bocas. Ellos sonríen y se acercan diciendo Estás en cuarentena.

Caen los brujos de papel crep que hablan en varios idiomas y yo quedo mudo. Se rompe la madera de mi marco interior, pierdo la erección y flotando en la alcoba aparece un crucifijo hecho con las astillas del marco. (Cristo tiene los ojos de Juan Marcos y él es la salvación, por eso canta como soprano) Los brujos de papel crep aprenden mis nombres y yo los olvido. Ellos tienen garras, pústulas, dientes filosos. Ellos han comido los sonidos del tiempo, ellos han probado el magnífico color de las vocales.

Y mi sexo es un árbol en la selva, con un hueco gigante y con una estufa de cuarzo prendida adentro por la energía que se destila al impostar el fuego con potencia impostergable. Innoble injerto magnético, lágrimas de metal imbuidas a actuar por sí solas en un poema.

¿Existe la vida más allá de la literatura? ¿Existen los poemas? Solamente quiero vidas lilas o muertes doradas y de esas no veo ninguna por aquí.

Se hace de noche. Corro entre los laberintos de un cementerio ¡y está oscureciendo! Risas de brujas en el viento. Me largaría a llorar como un niño, pero estoy desnudo y sin duda alguna los muertos correrían a violarme. Renacerían. Vendrían del pasado al presente y no los podría conjugar más en seguros y cómodos participios.

No quiero llorar pero lloro.

Una herida que se abre y me cierra.

La llaga está en el tronco del árbol, en la infancia atormentada por los soles atómicos de bombas familiares (y bla, bla, bla).

–Ese día yo estaba descompuesto y no tuve a nadie –me dije.

Hubo un silencio.

–Y como siempre, lloré. Embarrado, lloré en silencio, y nadie vino. ¿Cómo explicarle a un niño que el sexo no es la muerte; que Dios existe? Sal, vinagre, pólvora y pimienta en la quinta herida. La herida es de Dios y del niño. Y yo insulto, yo lloro y me desnudo. Y yo corro por los laberintos del subconsciente, gritando socorro, y buscando la salida como un animal.

Pero yo, el niño violado, está en el medio del cementerio vestido de blanco. Y ya se hace de noche y ni un ángel viene.

Y yo estoy solo en mi cama, y hace frío. Y quiero morir.

Pero entre jazmines y rosas, la Virgen llega.

(C) RICARDO H. ORTIZ
Todos los derechos reservados. Intertextualidad con Alejandra Pizarnik.

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Hogar de chocolate

Yo volé hacia el cielo y comencé a tener sexo con las estrellas.

Los ángeles y las lechuzas pasaron volando. Terminé desnudándome por completo sino nunca terminaría por acabar. De a poquito yo ultimaba las estrellas.

Y a los estrellos, también, porque aprendí de Cristina. “Placer para todos y para todas”. (Mucho chancho, burro y caballo, seguramente)

Me acomodaba el cabello, que me había crecido en un instante. Hablé como Evita y me vestí de luto.

Y después de copular, comencé a gobernar a las estrellas de plata, que se habían vuelto mafiosas e ignorantes. Algunas estrellas tenían cuerpos hermosos, cerebros de madera y corazones de plata. Descendimos al suelo y gritamos Libertad, libertad, libertad.

Oímos el grito de juiciosas cadenas y nos dimos cuenta que no éramos libres del sistema, de la cultura, del dinero; ni siquiera creíamos en el trabajo, en la seguridad, ni en la justicia. Ni en la equidad social.

(C) RICARDO H. ORTIZ

NOCHE

El sexo ardiente le vibraba
liberándole
espíritu ferviente en solemnidad fatal
robando besos
y acumulando rojos
en el sutil incienso de su amor

y vendrán halcones
caballos
escorpiones

un vibrar constante de astros en mis versos
nubosidad cansada
e interior

la belleza venía cabalgando
con cabellera rubia
y ojos azules

brujas exóticas de deseosas muertes
venciendo y gimiendo
desde el fracaso
de una demencia total

y yo pedía piedad
pero tres ángeles se mataban.

 

(C) RICARDO H. ORTIZ


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