Cascada

A veces hacemos el amor cantando, llorando, buscando, otras veces abrazando, tipeando, comiendo, mensajeando, pero quiero hacer el amor corriendo, haciendo la vertical, cortando papelitos, lavando los platos, durmiendo.

¡Haciendo el amor dentro del amor significó tantas veces tu silencio!

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Erupción

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Caída Libre

 

 

 

Él estaba parado desnudo en el medio de la nada.

Pero cuando yo pronuncié “Nada” una masa negra y gelatinosa llenó todo el abismo, y la nada se manifestó, se hizo presente.

Entonces él dijo: -Nada, quiero estar con alguien. Y de esas sombras negras apareció Alguien, que a veces mentía y decía ser Cualquiera.

Así, los dos seres fueron hablando y creando el mundo. Inventaron cosas que no sabían para qué existían, pero las nombraron igual. Nadie supo de dónde sacaron la idea del sexo, de la cama, del Kamasutra, de la catapulta. Pero apareció una cama arriba de una catapulta y quisieron practicar. Furiosamente, bestialmente.

Los movimientos cortaron los hilos seguros hechos de amor. Entonces, la cama y los cuerpos fornicando fueron catapultados al aire.

Fue un Kamasutra largo e intenso, puesto que llegaron a la estratósfera. Comenzaron la caída libre y gritaban mientras ambos perdían su virginidad, la situación se aceleraba, rasguñaban, gemían, gritaban.

 

Y en el último segundo de vida, antes de impactar el suelo, llegaron al orgasmo.

 

 

(C) RICARDO H. ORTIZ

Hogar de chocolate

Yo volé hacia el cielo y comencé a tener sexo con las estrellas.

Los ángeles y las lechuzas pasaron volando. Terminé desnudándome por completo sino nunca terminaría por acabar. De a poquito yo ultimaba las estrellas.

Y a los estrellos, también, porque aprendí de Cristina. “Placer para todos y para todas”. (Mucho chancho, burro y caballo, seguramente)

Me acomodaba el cabello, que me había crecido en un instante. Hablé como Evita y me vestí de luto.

Y después de copular, comencé a gobernar a las estrellas de plata, que se habían vuelto mafiosas e ignorantes. Algunas estrellas tenían cuerpos hermosos, cerebros de madera y corazones de plata. Descendimos al suelo y gritamos Libertad, libertad, libertad.

Oímos el grito de juiciosas cadenas y nos dimos cuenta que no éramos libres del sistema, de la cultura, del dinero; ni siquiera creíamos en el trabajo, en la seguridad, ni en la justicia. Ni en la equidad social.

(C) RICARDO H. ORTIZ

EL GRINGO

 

Unos planetas y algunos trapos le cultivaban adentro muchas estrellitas. Ya una voz larga y gruesa le había dejado su marca roja y adentro ya se le estaban gesteando prepucios y vocales.

El tenor siguió cantando, embarazado de gris, de rojo; él daría a luz La Muerte. Y ese Gringo, vivaz y procaz, adjuntábasele a su temor como un archivo de éxtasis. Él quería medicarlo, curarlo, ofrecerle un masaje holístico y una mamada vigorosa, incierta.

 

Fluídos alucinantes se transformaban cortésmente en una imperturbable crueldad.

-Ay, Señor Gringo, no. ¡Despacio! ¡Espere!

Pero su voz le entraba mágicamente como un dardo, como un ágata roja que le desgarraba todo, adentro.

Pensar que sólo le estaba cantando al oído.

Estaban completamente vestidos y disolviéndose en bestiales placeres.

Los amantes sonoros se turnaron, vuelta y vuelta, cada tanto uno le cantaba al oído y el otro gozaba. Demoraron una semana en desvestirse. Entonces se abrazaron y durmieron desnudos. Para siempre.

 

FIN.


(C) RICARDO H. ORTIZ