Musical

Yo iba caminando y hablando como un dibujito animado.

Andábamos sonriendo por el camino de las constelaciones, donde precisamente la noche anterior habían violado a alguien. Era de día, pero por dentro era siempre de noche.

Yo quería caminar ancestralmente, hablar en jeroglíficos, caminar de costado.

 

Creo que íbamos saltando cada tanto, en puntitas de pies, como si la vida fuera un musical que representase a la nada misma. Porque la vida, después de todo, era la nada misma. Un lobo que se me representaba sonriendo antes de comerme con bombones y frutillas.

¿Por qué siempre en Disney hay tambores, bombos y platillos? ¿Acaso es así la vida, que por fuerza de ser bulliciosa no se conforma con el caos? De nuevo pensé que era el ruido de los padres. Teatralicé, psicodramaticé a mis padres. Yo hablaba y hablaba pero nadie me entendía, aunque se reían, porque hasta a mí mismo me parecía chistoso, cada vez que decía “platillos”, aparecían personajes tragicómicos con bombos, trompetas y platillos. (¿Acaso mi vida no era una tragicomedia?)

Vibrante como la encarnación del paroxismo, seguí danzando y cantando con movimientos absolutos.

 

Bufón de todos, agujero negro como ninguno, me fui caminando y saltando y sonriendo y llorando a eso que llamábamos vida. Fui flotando pero también caminé como un antiguo, de costado.

 

(¿Fin?)

 

Ricardo H. Ortiz

 

Matrimonio celeste e increíble

A eso de las diez y cuarto de la noche, yo bajé del altar. La noche hervía con un sol en el medio de su sexo. Yo venía desnudo de un casamiento entre mariposas, me tocaba y yo así lograba abrillantar unas brujas, que a casa de mi sol no podían verme ni tocarme.

Yo bordeaba el bosque, casi flotando y desnudo sobre el camino de piedras. Las flores se incendiaban pronunciando mi nombre, pero yo era de todos, yo era de nadie, del viento.

 

Entre mis piernas, en el medio de mi sol, se hizo la tormenta. Llantos, temblores, víboras. ¡Todo aconteció!

Subí al cielo, hecho de estrellas, el Universo se quejó porque perdió muchas estrellas que fueron a parar a mi pene.

 

Uñas. Lenguas. Dientes. ¡En el cielo de la noche nada estaba prohibido; hasta un brujo me hechizó! Pasé por tantas llamas que me quedó la flor abierta.

Yo cazaba intemperante.

Pero cansado, volví al cielo, a ese lugar donde una vez estuvo ese luminoso brevaje. Fue en el incendio. El incendio que había generado al ascender a los cielos.

Me concentré. Restauré todo.

¡La magia fue tan potente que me olvidé de todo! (¿Y quién escribe esto?)

Empujé con furia. Me penetré, pestañeé, salí. Yo gritaba. Nada me respondía.

La música del tiempo: muda; hechizada por mi astucia. Mi pene golpeaba el suelo, hacía “Tic, tac, tic, tac“. Marcaba el tiempo durante el que gozaban las estrellas.

Me incendié, nuevamente. Volví el tiempo, nuevamente. Y así.

 

Hasta que regresé al casamiento de las mariposas, que estaban hechas de fuego y de estrellas.

Era una raza perfecta: no habían hombres ni mujeres. Iban desnudas a cualquier lugar, cantando, volando, aunque por su elevada telepatía, prescindían del lenguaje y del tiempo, pero no del sexo.

—¿Les comenté que yo tengo alas? —le dije a un par de lobos, pero ellos rieron. Así que los maté. Con una lluvia de cometas.

Luego, masturbándome mientras flotaba, me dirigí al casorio.

Los enamorados estaban entre los dragones, dándose abluciones azules. ¡Vibré!

Todos miraron mi pene, que cantaba como un violín, que vibraba como una mandolina tocada por un demonio. ¡Transpiré!

Todas las mariposas me chuparon el sol que llevaba entre las piernas.

Y yo me incendiaba, subía al cielo, volvía al suelo y volvía a vibrar, para que me chuparan los soles…

 

¡En un ciclo que perduró por siempre!

 

FIN.

 

© RICARDO H. ORTIZ

Medialulala

Copulé en un instante con múltiples embriones de algodón movilizados a control remoto. Mis piernas de espárragos eran furiosas viborillas que cocían todo en un abrir y cerrar de piernas.

Tijera, temblor, prensa de papel, encolado superficial estucando todo lo que existe.

Yo enhebraba con mi sexo algunas perlas, pero el amor (siempre ausente) me dejaba tras las rejas. El feto ardía en el altar, ¿quién, por qué le prendió fuego?

Dificultad lila de dedos rígidos al instante, soy La Muerte. Rumor rebelde de veneno verde que súbitamente no cesaba de agravarse. Amargura fétida y total: es la nieve que por segunda vez decide invocar todas las tragedias.  Un huevo en un frufrú tímido pero implacable, flap, flap, flap, masturbación entre roces de alas y telas sedosas y rosadas.

Yo fui una luna ilusa, fui niña y -¡No, por favor no lo digas!- fui tambor. Tambor, tam, tambor.

Pálido y cálido un paño celeste bautizaba mi locura. Escucho ruidos en la terrible orfandad de mi negrura. Perros negros saliendo de las sombras. No los veo. Espíritus peinándose en el espejo, en las sombras. Insectos nunca vistos y demonios pululando afuera. Junto con un amor del pasado que canta como un violín.

Pavor. Aleteos. Algo sube por la escalera.
Risas.

Pasos. Un silencio.

Justo cuando creo que me salvé, algo comienza a arrastrarse por los escalones y se empiezan a ver unas sombras.

No quiero ver, no quiero ver. Pero abro los ojos.

Muero del terror cuando veo su cola.

FIN.

Relato Erótico #WTF

 

 

Su cuerpo se ondulaba mejor que el de una odalisca; parecía que en cualquier momento se incendiaría y comenzaría a flotar. Debajo de su cuerpo manarían ríos de miel y leche.

Alguien horadaba, cincelaba, cocía y talaba en su interior.
Los cuerpos sudados eran bañados por la luz. Parecían dos ángeles.

En eso se dio vuelta y enunció las palabras mágicas. “¡Tómame por detrás!”. Como era de esperar, aconteció el Apocalipsis.

A causa de los gemidos, la vibración ya estaba rompiendo la cama, el techo y las paredes. ¡Era el punto máximo! ¡Estaban a punto nieve, a punto caramelo!

 

Y en eso, entró la mujer. Vio a su marido haciéndole el amor a su mejor amigo. Ya lo había soñado a esto. Como buena bruja, se lo esperaba.

 

Aún así, los insultó, les pegó. Los cacheteó.

 

En vez de huir llorando, se desnudó y se metió a la cama.

 

FIN.

(CC) El Sonido de los Colores del Tiempo

Episodio Cero

 

 

Están charlando. La TV está prendida, nadie le está prestando atención. Tienen ganas de tomar la mediatarde pero hace un rato largo que están a los amagues.

Él comienza a sacarse la remera porque hace calor. Lo mira de reojo y no resiste la tentación: da un paneo completo con su mirada. Curioso. Es la primera vez que lo ve en cueros en cinco años. ¿Por qué? Empieza a elaborar hipótesis del por qué nunca antes había visto su formidable cuerpo musculoso, sexy, velludo.

Ahora nota que su mejor amigo es la persona más linda que conoce.

Baja la mirada, mira un volumen prohibido, sutilmente contorneado, quizás exagerado por el pantalón de gimnasia. El pecho y los brazos están brillando, sudados; vuelve a los pectorales: los vellos forman un dibujo, algo así como un arabesco hipnótico, indescifrable, indecible.

No. Él es hipnótico, indescifrable e indecible, pero es la primera que se queda colgándolo así, mirándolo. Se pierde. Desearía morderlo, arrancarle lo que queda de ropa. Aullar. Su pecho ejerce una supremacía exacerbadamente magnética que no le deja hacer otra cosa que morderse el labio inferior, palpitar, suspirar, entrar en una fiebre de ideas. Levanta la ceja izquierda y se hace la película (los ratones, y todo lo que puede imaginarse ahora, mañana y siempre). Sueña. No quiere despertar.

Pero despierta.

 

Recuerda que estaban hablando. ¿Hace cuánto? ¿De qué? (Dios mío, qué calor, tiene ganas de sacarse algo). Descubre que su mejor amigo lo había estado mirando todo el rato. En el fondo, ambos saben qué sucede. Se sienten cómodos. Su amigo le sonríe. Él sí tiene puesta una remera extra y el calor es infernal. (Quiere estar con él completamente desnudo, como dos estatuas de mármol, fijas al suelo, mirándose)

Su amigo le dice: “Te quedaste mudo…”, a lo cual él contesta “Perdón, no pude evitarlo”. Intentó, pero no pudo confesarle lo que sentía, después de todo éste era uno de los últimos días juntos, se separarían para siempre. Su amigo estaba cansado del pueblo, iba a vivirse lejos, a Buenos Aires. En el fondo, él temía que jamás volvieran a verse.

Pero su amigo contesta: “Yo sé lo que te pasa. Te conozco”. Da el primer paso, se acerca. Sonriendo, claro, siempre sonriendo.

 

Se besan, se abrazan. Están haciendo el amor.

 

 

¡Y él se despierta! Está llorando. En los auriculares suena despacito “Una Palabra”, de Carlos Varela. Impacta contra la realidad. Lo extraña, lo necesita. Pasaron muchos años y todavía lo ama.

Probablemente el último día que se vieron no debería haberse quedado callado. Sólo expresó con estúpidas miradas un estúpido y patético reflejo de lo que sentía. Nunca un beso, nunca una caricia, nunca un abrazo.

Pero no importa.

Ya es muy tarde.

 

 

 

 

 

 

(CC) El Sonido De Los Colores Del Tiempo

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CADÁVER EXQUISITO

1.

por qué siempre estoy desnudo y en estado de éxtasis?

2.

Mi vagina afeitada espera el juego de los dioses. Siete arcoíris caminan dilatando celulares, yo exclamo molesto: “¡Naveguen ustedes al infierno!”. Las casas se rompen, brazos y piernas se abalanzan y se funden contra mí. Un centauro viene erecto a protegerme. Yo vuelo al espacio exterior.

Y me raptan los ovnis.

3.

Techos verdes fuman perros funestos en grandes bosques. Yo defeco dinosaurios y corro desnudo hacia el amor. Me protejo de luminosos monstruos que vienen reverdeciendo. Vicios atléticos me ponen como un animal de bronce.

La muerte se toca desnuda sobre gigantes hechos de corazones. Yo canto y escribo sobre mi corteza.

Soy un árbol.

4.

En tus ojos hay pulóveres incendiados que cogen sombras. O aullentan hermosos corazones.

Hay dos caminos y yo elijo el que me lleva donde yo quiero. Nado por el aire. Estoy desnudo y me sigue un arcoíris que sale de mi ombligo.

Mi pene da a luz estrellas y flores.

Yo entro en Nirvana en todas mis encarnaciones y yo digo: “No hay un final”.

FIN.

5.

Yo cargaba las baterías de un gigante de plata. Catorce ballestas flotaban hacia mí. El gigante lanzó lejos su arma. Y yo corrí con la lengua afuera, pasando por varias transformaciones. Aullé, brinqué, balé, aullé.

Llegué al arma del gigante y me incendié cuando vi su metamorfosis.

(C) RICARDO H. ORTIZ
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Rainbow Of Freedom by My-world-order (deviantart.com)

DELIRIOS HOMOERÓTICOS

Esto que les voy a contar sucedió en un mundo paralelo, donde no habían explotado nunca los cuatro reactores nucleares de Japón, sin la fatal consecuencia de extinguir en los tres días siguientes toda la vida sobre el planeta Tierra.

En este mundo, misteriosamente, un día relampagueó y comenzaron a llover rayos sobre todos los artefactos eléctricos y electrónicos. Las descargas fueron tan fuertes que volatilizaron computadoras y transformadores. Ya no existían celulares, por lo tanto la Humanidad había retrocedido hacia antes del consumismo, y esto había sido una excelente oportunidad para su evolución.

Yo no sabía si vivía en Córdoba o cerca de la cárcel, pero sabía que vivía cerca de la ex casa de un buen amigo. Vivía en una casa antigua, y a pesar que nunca había entrado yo sabía que era una casa grande y antigua. En frente había una plaza, mi plaza de la infancia. Yo la contemplaba como si fuera un sagrado jardín.

Llamé a Juan Carlos de Iemanjá con la mente, ya que no existían celulares. Luego salí a buscar seis velas para un trabajo de umbanda. Juan Carlos me había mandado a una santería que quedaba en La Loma del Queso; lo supe porque antes de llegar ahí me dije: “Mira, Ricardo, esa de allí parece La Loma del Queso”. Era el cielo de los pericotes.

No obstante, un segundo antes de entrar a la santería, cuando llegué a la puerta pestañeé y estaba en mi casa. Estaba meditando. ¡Había salido en cuerpo y alma! En eso me llamó a la cabeza la voz de alguien, por suerte no había abierto los ojos. Era Vale preguntando si podía ir a visitarme, pero él ya estaba afuera de casa. Él me vio salir a recibirlo, aunque nunca había estado dentro de mi casa. En realidad estaba esperándolo mientras meditaba mirando un rosal en mi jardín.

No entendía por qué había ido a visitarme en mi Citröen de la infancia. ¡Si era mío! ¿Qué hacía Valerico en él? Vale estaba sentado en el lado del acompañante, como si el auto se hubiera manejado solo hasta mi puerta, desde mis años dorados. Hablamos en su auto. Que era el mío.

Él me contó que era el cumpleaños de Alfredo, y de sólo pensarlo llegamos a la fiesta, antes que el mundo se cayera a pedazos.

 

 

No recuerdo nada del cumpleaños de Alfredo, excepto de lo que sucedió al irme. Cuando me fui, comenzó a llegar más y más gente. Eran miles. Yo a todos los saludaba con un beso. Alfredo jamás había tenido amigas ni novias, ¿por qué estaba saludando a tantas mujeres? Seguían cayendo. Y yo saludaba a todos, mujeres y hombres, con un dulcísimo beso. Cuando me despedía, sentía que ellos eran flores y yo un colibrí. Me di vuelta en torno a la puerta y en ese segundo habían llegado unas cincuenta personas. Saludé a todos con un gesto de mano, y huí porque ya se me habían gastado los labios.

Cuando atravesé la puerta, todo estaba diferente. ¿De dónde había aparecido esa escalera de piedra? Entonces saqué mi karting. Estaba en el auto, que estaba estacionado, así que sacar mi karting se sintió como si lo estuviera sacando de mi mochila. Y no tenía mochila, claro.

Me iba en el auto y en el karting, de a ratos, en ese terreno dificultoso. La escalera crecía más y más, ya era una montaña, y yo huía por temor a que allí fuera el próximo fin del mundo. Al salir de allí me di cuenta que quizás ya era tarde. Las personas colgaban de la escalera, y debajo de ella se encontraba un gran abismo. Era como si la vacuidad se hubiese hecho presente.

En el último peldaño de la escalera había un cubo de muchísimos colores. Era precioso y de sólo mirarlo me sentía Gollum. Sabía que tenía que conseguirlo.
Así que comencé a escalar la escalera. Los peldaños ya eran altos como una persona, y seguían creciendo. La gente que estaba en la fiesta huía gritando, pero para algunos ya era el fin. Sólo habíamos quedado en la escalera Alfredo y yo. En cuestión de segundos, la escalera se había hecho más alta que el Everest. Yo me quedé bloqueado y no podía subir, así que le pedí ayuda a Alfredo. Demoró mucho en venir, y yo tenía miedo de caerme al abismo. Pero como pude, aguanté. Se ubicó justo debajo de mí, entre las piernas. Yo le decía “Ayúdame a subir, empújame del trasero”; pero él tenía mucha vergüenza. Ambos sabíamos que era cuestión de tocarme o morir. Miré hacia abajo y me aterrorizó el abismo.

–Dale, más fuerte, empuja más fuerte –le grité. Y en ese momento me llamó la atención un grito y me giré. Al voltearme vi el mundo convertido en 2D. Vi una lluvia de personas hechas de píxeles. Caían de lo más alto de la montaña. Todas se llamaban Laura. ¿Eran esas mujeres que estaban solas en la fiesta? Sabíamos su nombre porque estaban subtitulados (en ocho bits) debajo del cuerpo. Caían como se cae en los videojuegos, gritando desesperadamente y en cámara lenta. Los cuerpos colisionaban entre ellos o se despixelizaban. Aparecían ítems –salvavidas, parapentes y paraguas–, pero las Lauras al chocar contra ellos los desmaterializaban.

Nosotros vimos morir así a dos Lauras. Reíamos a carcajadas gritando “Las Lauras se fueron. Las Lauras no están. Las Lauras se caen de mi vida”.
Seguimos con vida porque sólo morían las mujeres. Así que seguimos escalando. La montaña escalera de piedra había crecido tanto que era de lo más inestable. Era como jugar al Yenga. Si tocábamos la piedra incorrecta tirábamos al abismo a un sinfín de Lauras. Siempre llegábamos a pocos metros del cubo preciado, pero nunca podíamos avanzar más que eso.

Entonces teníamos que bajar y subir la montaña para resetear la configuración, salvando y matando de nuevo a todas las personas que habían caído.

 

Este ciclo se repitió muchas veces. De tanto escalar, rasparnos y pegarnos, mi amigo y yo ya escalábamos desnudos.

 

Cuando decidimos copular por siempre, mientras las demás personas caían, el cubo solo flotó hasta mí. ¡Y en todas mis reencarnaciones yo abrí los ojos!

 

FIN.


(C) RICARDO H. ORTIZ
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