La Última Hora

Las once.

El fantasma de un amigo me gritó con automóviles de sueños y camiones de suicidio.

Sonaban las doce en el alma, siempre. El brindis de las doce sería tan bello como la locura, la muerte.

 

Todo sombra. Sombra por siempre asombrada, sin retorno. Ahogada en las palabras. Promesas. Estiércol.

Cualquier desencuentro deja al corazón como la sombra de una vasija en la que no podemos guardar nada dentro.

 

Sombra. Sombra.

Pura sombra.

 

Hay un agujero azaroso que te hace tuyo y mío.

Yo brindaría por vos. Sentados los dos, al lado de la Muerte, que nos regalaría flores muertas y nos haría masajes. Los dos, con los ojos vendados, o quizás clavándonos bisturíes en estado de éxtasis, mientras hablábamos del perdón.

 

Me hago el disimulado. Estoy solo, pero me hago el distraído para mirar el reloj. Faltan cincuenta minutos para la última hora, aunque (se acomoda el pelo) ¿quién está esperando?

 

Mi corazón es pura espera. Para inquietarme aún más, imagino temores irresolutos. Te extraño. Me agito.

Vos. La Muerte y yo. Los tres levantamos la copa.

Te sonrío, me sonríes. La Muerte siempre nos sonríe.

 

Bellos los cuerpos, se visten como un cadáver, se aleja la cámara, nos sacamos las máscaras, se vuelve frío.

Es un año hermoso para olvidar.

Aprieto el botón.

No quiero borrarte.

No quiero.

 

La Muerte abriendo tu cuerpo con su guadaña.

Tu cuerpo se abre como una flor. Y me llevo tu corazón, por siempre intacto. Exhalando amor. Hablando de amor.

De algo que nunca tuvo.

 

(C) RICARDO ORTIZ.

 

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La Tormenta

"Dream on", by Gisela Giardino (image via Flickr)

 

Soñar que estás solo en tu casa. Parte de la mansión se volvió poesía. Portales doblemente misteriosos te llevan al tiempo y al lugar donde esa persona te esperaba por siempre.

 

Ladrones.

En el corazón del lugar, ladrones. Poco haces para que te importe o deje de importarte. Estás vestido de duelo y ya no hay hechizos de luces circulares que ascienden al cielo curando al mundo. No obstante de esta magia perdida, entran los ladrones.

–Señor, señor, por favor, no me robe.

–¡Vengo a tomar lo que es mío!

Y se llevan tu corazón.

 

Quizás hubiera sido preferible que te violen para no seguir la línea familiar de hielo de inútiles estalagmitas. Cuando cierras los ojos, todos los cuadros y libros del mundo abren los ojos.

Pero sigamos con mi destino:

Poco ya importa el dinero –la voz de un ángel dice–. ¡Tu noche es mi noche pero la nada es mía!

 

Entre dos ladrones: yo a punta de escopeta; era de noche, pero yo veía como en el día.

Se van los ladrones con mi corazón gigantesco, mi cerebro mutante y algunas joyas, por demás prohibidas. Dejan violada la puerta de entrada a mi casa-poema. Ahora mi mansión se vio disminuida a un simple departamento.

 

Lloro. Llamo a mis familiares. Específicamente a mi padre, que vive en el mismo edificio pero que siempre está increíblemente lejos.

El carrusel en mi cabeza esperaba que viniera la familia toda, pero nadie llegó. Él estaba muy preocupado sonriendo con otras familias y jugando con otros niños. Cerraba los ojos y lo veía a lo lejos, se tiraba con patitos de hule y trajes de baño con otros tres o cuatro niños rubios y de ojos azules. Temí que en algún momento él les tatuara una cruz svástica.

 

Finalmente llegó. Le digo cualquier cosa menos lo que soy. Le cuento cualquier cosa menos que me robaron. De todas maneras, poco le hubiera importado el destino de mi casa-poema y jamás él había visto estas joyas.

¡Pero esperen, oh, tengo madre!

 

Voy a la heladera donde ella duerme desnuda y le cuento todo a esa estalagmita cuando abre los ojos.

 

 

© RICARDO H. ORTIZ

Lluvia

Rain, by Tanveer Chandok (image via Flickr.com)

 

Miro al espejo.

Yo me relato, me evoco, me desboco.

Bordeando el lenguaje convierto mis vocablos en desiertos comestibles. (¿O tal vez yo era un desierto y el lenguaje era un jardín?)
En todo hay un límite negro de tinta china, todo fluye según los principios de Operaciones Unitarias, que lamentablemente no son los mismos que los de tu corazón. Talante y pujante, todo se congela por siempre.

 

Cero absoluto. Pero yo emulo tu voz y me pregunto, ¿qué sería de mí con una locura diferente? Entonces tus besos, tu calor, un amanecer lleno de cuervos que se inmolan en tu nombre.

Lluvia de plumas negras como lluvias de llantos. Lamentos. Quizás muerte.
“Si no te quiso, es porque no te quiso”, y los pájaros negros se ríen en la perpetuidad.

Quizás corra el viento.
Quizás yo gire en el viento y quiera negras alas.

Las plumas de los cuervos giran, truenan, me ponen a llorar. Un huracán existe en todo lo que existe. Yo y mis mamushkas.

 

A todo esto sólo cabe esperar una palmadita en la espalda, el consuelo de un amigo. Pero debo traducirme en un lenguaje comprensible, entenderme, calcular la fórmula que modela mi comportamiento, derivarme, integrarme, encerrarme en un recuadro que probablemente resaltaré con verde flúor.

Una fórmula que yo digo para no olvidarme.
Pero estoy cansado. Y llueve.

Y mis hojas comienzan a llorar por tí mientras yo veo tu nombre borrarse.
(Y no quiero)

 

 

© RICARDO H. ORTIZ

El Día de la Virgen

 

No me hiciste conocer el sonido, no me mostraste la luz.

Pero tu amor me enseñó el verdadero brillo de mi voz.

* * * * * * * *

Impactado por elaborados caos entretejidos con su nombre.

* * * * * * * *

No esperar de gente grasa sutiles vocablos.

* * * * * * * *

Yo como una lechuga hecha de música.

Los peces se alejan volando. Los pájaros caen al techo del lago.

Y esta estrella como tú,
devorándolo todo.

© RICARDO H. ORTIZ

Ensayo de combustión

Detrás de los golpes
que proceden
en los llantos coagulados
yo veo una hilatura de personas

entrecruzándose
retorciéndose
amándose

 

Y yo sé qué acontecerá aquí

El agujero de tu hermosura
logrará cantarme.

 

 
© RICARDO H. ORTIZ

Reminiscencia Ecuménica

Image via Flickr

 

La niebla enamorada de tus manos, me tocaba. Creo que había un martillo tatuándome tu nombre mientras cantaba como un manto de lágrimas. Habían otros cuerpos tirados en el piso, desmembrados, arrastrándose, o gimiendo en el aire. La ausencia tejía un tormento con tus preciosas palabras. Llovían inventos, papeles de investigación científica. Yo los leía y descubrí en ellos que sin ti ya nada es posible.

Acá te enceguecen y te amordazan.

Aquí los muertos te pegan
y te meten sus manos hasta la garganta.

 

 

© RICARDO H. ORTIZ
Intertextualidad con poema número 29, de “El Árbol de Diana”, de Alejandra Pizarnik.

N.I.F.

Deseo gobernado por el salto que se establece de una palabra a otra.

Relación discursiva y vanidosa que posee el secreto de todas las edades. Yo tengo el lenguaje, ninguna respuesta me es inaccesible.

Yo juego con los vocablos, creando puertas donde antes hubo precipicios. Yo pinto cielos hermosos, luego canto un puente.

 

Y salto.

 

* * * * * * * *

…Y el día que tu amor no me duela yo estaré solo, desnudo y vacío.

* * * * * * * *

Te extraño.

Hoy quiero pegarte y besarte. Y decirte “Te amo”.

Y volverte a enterrar.

 

 

© RICARDO H. ORTIZ