Los Revelados

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Venidas del silencio, me sacian las muertes desnudas que sitúo con dientes en mi esternón.

Sombras de lenguaje me cubren como una túnica, yo levito desnudo en el bosque, errante. Soy mordido por vocablos de consuelo. Amigos con formas de demonio (mejor dicho: demonios vestidos como amigos) me arrancan el pelo y los ojos. ¡Mi novio, mi novio! El volcán sube de mi entrepierna hasta la voz, yo exploto girando, gritando, destruyo todo lo que existe.

Le hago el amor a los fragmentos y mi energía creadora hace de nuevo el mundo. Pero no perdono.

Y tu cuerpo, tu cuerpo.

Tu caída sube sobre mí.

Lleno de amor, ya no hay más afueras ni adentros.

(c) Ricardo Ortiz

Penetrando

Me catapultaban tus besos
tus versos

tu cuerpo era el arco que me disparaba
que me erectaba en el fuego del lenguaje
yo me catapultaba desnudo en la oscuridad de la noche
penetrando el océano de tinta que nos miraba penetrando

yo era una flecha penetrando
el glande de fuego penetrando
en las historias prohibidas que penetrando en las mentes
se abren a la delicada urgencia del abismo

y qué se puede decir de la noche
qué se puede decir del olvido

si penetrando el frío nos cierra y nos abre como si nada
como si todo se cerrara y se abriera sobre nosotros
sin identidades
sin amores
sin dualismos.

y yo paso
yo destrozo

desgarro.

 

rho

 

 

Jorge

Escultura endiablada.

Poseída.

Gira en negro con un ladrido tan dulce que suicida.

El hombre con pelos en el pecho me habla de Jorge.

 

Yo miro sus bíceps.

 

(C) Ricardo Ortiz

Negación

Él habla. Él canta. Él dice que lo siente. Dice que lo sabe, que no sabe, que lo quiere, que no lo quiere, que no puede hacer otra cosa. (Una voz de lejos: -Yo igual te amo)

En el amor del silencio se cantan, pero siempre diciendo otras cosas. Se perdonan. Nunca la palabra correcta, aunque el vaivén de los cuerpos suene más fuerte que un campanario.
Quizás aquí también hubo un casamiento. Pero sin ropa. Un lugar donde los cuerpos sonaban a rebato como llamadores de ángeles.

Cristal.

Cristal aquí, allá. En todo. Nunca cristales violetas y ordenados. Si decimos “cristalino” siempre habrá de referirse a algo frágil. A algo quebrado, a algo inocente.
Y si decimos inocencia decimos pasado, ahora es el momento de la devoración. De consumirse bestialmente en el fuego del campanario.

Tambores. Los cuerpos ahora son tambores. Ladrones de besos y suspiros. Se arquean hasta lo exorbitante. Paranormal elasticidad del cristal, del vidrio. Eran dos estatuas cristalinas que de alguna manera no se quebraban.

Quizás porque estaban ya quebradas, adentro.

 

El hombre maduro habla. Canta. Dice que lo siente. Sí. Hubo una boda. Con su mujer, antaño.
-Una vez yo fui feliz, ahora…
(-Yo te amo)

-Cuando nos casamos recuerdo que estaba seguro…
(-Yo te amo)

-Ahora no sé si estoy tan seguro. No me entiendo.
(-Cállate, tonto)

 

Se besan. Entre palabras no dichas, se abrazan, se besan. El hombre maduro le hace el amor. Su cuerpo de titán se abre camino entre dos piernas que se tensan al aire. Lo embiste con su amor mientras su amante desborda. Se tocan los bíceps, los pelos en el pecho, se acarician los pectorales.

Tambores, campanas, tambores.
Acaban juntos.

El hombre maduro lo abraza. Él dice que lo siente. Que no sabe.
Que lo perdone.

 

FIN.

 

(C) Ricardo H. Ortiz

Un poco de entropía

 

Estaba caminando hacia el otoño, en eso aparecí yo (en tercera persona) gritando: –¡Hurra! ¡Hurra! ¡Mi tío tiene pene!

Floreció todo el mar, dando a luz diademas. Yo iba caminando para mi trabajo, aunque en dirección opuesta. Me encontré con el mismo chico de siempre, a la hora de siempre, me saludó como siempre. Resbalando me caí al piso y yo reí a carcajadas. Me arranqué la ropa y me revolcaba desnudo en la nieve. Era luna llena. Le hice el amor a Jacinto, penetré a Pedro. Me dejé penetrar por Juan.

Y luego yo terminé de perfil y quedó el mundo en llamas.

 

Entonces todo fue diferente.

 

 

(C) RICARDO H. ORTIZ

 

La Astucia de la Demencia

 

Nicómenes Yocasto y Melpómenes Espírrigun se despeinaban, dorados de la ira, mientras se rompían el arcoíris.

Yo entré en soliloquio noctilucente: –En el ajedrez, la casilla del orgasmo es D2. ¡Jaque mate a la verga!

–¡Cállate, enfermo!

–Te voy a tocar el tablero hasta que todas las piezas estén cubiertas con crema de leche.

–Basta, ¡Dios! –dijo Conchita Falótico, mientras imaginándose la situación se tocaba las tetas.

 

Yo comencé a tocar Para Elisa, con el pene. ¡Oh, gran Cojwig van Beethopij!

Cogimos todos algo, algo fue cogido por nosotros. (Voz activa más voz pasiva igual a fiesta, fiesta)

Yo cogí una manzana.

Alguien cogió un limón.

 

Hubo incluso alguien que cogió una banana.

 

Luego de comernos las frutas hasta el fondo, nos fuimos todos de la mano, saltando hacia el sauna.

 

FIN.

(C) RICARDO H. ORTIZ

Locura de amor

Poemas dedicados a @najle

 

 

1.

Arpegio de elixir inextrincando pérdidas en llamaradas chinas. Yo te hice el amor entre un océano de rosas.

Los cuerpos enterrándose hasta el fondo hasta que el piso se abrió de tanto Dios y apareció Dios, ahí mismo. Entonces nos quemamos, en completo orgasmo.

Un caos de mármol erecto en furioso bermellón selló nuestro destino.

 

2.

Exiliar el luminoso árbol de tus lamentos significó para mi otoño un Aleluya gigante.

 

3.

Caminar desnudo por la carretera de tu pene y luego de varios kilómetros de carne poder sentarme y pararme.

 

4.

Un móvil de policía reverdeciendo hasta enraizarse en el piso. Los cadáveres de los oficiales se vuelven flores y diademas.

Como vemos, la violencia echa sus raíces en la sociedad y sus hermosos uniformes lo hacen ver como una cosa buena y pura.

 

5.

Si todos nos amáramos un poco más, en este mundo no harían falta policías.

 

 

 

 

(C) RICARDO H. ORTIZ