Los Revelados

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Venidas del silencio, me sacian las muertes desnudas que sitúo con dientes en mi esternón.

Sombras de lenguaje me cubren como una túnica, yo levito desnudo en el bosque, errante. Soy mordido por vocablos de consuelo. Amigos con formas de demonio (mejor dicho: demonios vestidos como amigos) me arrancan el pelo y los ojos. ¡Mi novio, mi novio! El volcán sube de mi entrepierna hasta la voz, yo exploto girando, gritando, destruyo todo lo que existe.

Le hago el amor a los fragmentos y mi energía creadora hace de nuevo el mundo. Pero no perdono.

Y tu cuerpo, tu cuerpo.

Tu caída sube sobre mí.

Lleno de amor, ya no hay más afueras ni adentros.

(c) Ricardo Ortiz

La Lujuriosa Ira De La Gula

Yo corté las flores lilas que me esperaban entre tus hileras. Tu cuerpo era una pequeña huerta. Te mordía como una mora, te cortaba como un hinojo, te saboreaba como una sandía.

Tú buscabas en mí el licuado de cerezas o fresas.

Alguien abrió las compuertas de la poesía y tú me inundaste de amor. Yo cantaba mi pasión como riego por goteo, te fertilizaba, te ponía a brillar. ¡Los conejos, los gnomos y las hadas nos veían!

Nosotros en trance sólo vimos crecer las flores. Y tú me inundabas, me secabas y yo te volvía a inundar.

 

Hasta que nuestras carnes se asaron; ¡y nos comimos!

 

 

© Ricardo H. Ortiz


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