Cementerios Luminosos

Esto aconteció a la hora de la cena, al volver del Jardín Negro. El Suicidio me había tomado, no sabía si yo era su marido o su mujer.
El Suicidio vestía ropas rojas y hablaba con una cadencia negra, hablaba la oscuridad, pero con mucho sigilo. No vaya a ser cosa que yo me despertase.

 

Yo estaba esposado, apostatado. Ninguna elegancia, ninguna fe, sólo una fina clarividencia.
Se llenó de muertos mi casa-poema. Cruzaron de la funeraria y creí que me dirían: “Brains! Zombiiiiiiiis!”, pero vinieron a advertirme cosas que no recuerdo. Todos los muertos venían vestidos con las ropas que llevaron en sus velorios.
Pero yo no quería escucharlos. Yo no quería vestir de rojo y de negro y hablar en azul. Una a una me fui quitando todas las ropas. Entonces me vi en el espejo, desnudo y vacío.

 

El Suicidio con su sombrero de copa, con su sonrisa de dientes agudos y manos de muerto, se abría la bragueta.
Yo grité. Mientras me estrangulaba. Pero cuando cayó el telón negro de la poesía nadie había podido escuchar un solo sonido.

 

Encontraron mi cuerpo de diamante y de cristal, desnudo y con los ojos trisados por vaya a saber qué poesía.

 

 

(C) RICARDO H. ORTIZ

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