Lluvia

Rain, by Tanveer Chandok (image via Flickr.com)

 

Miro al espejo.

Yo me relato, me evoco, me desboco.

Bordeando el lenguaje convierto mis vocablos en desiertos comestibles. (¿O tal vez yo era un desierto y el lenguaje era un jardín?)
En todo hay un límite negro de tinta china, todo fluye según los principios de Operaciones Unitarias, que lamentablemente no son los mismos que los de tu corazón. Talante y pujante, todo se congela por siempre.

 

Cero absoluto. Pero yo emulo tu voz y me pregunto, ¿qué sería de mí con una locura diferente? Entonces tus besos, tu calor, un amanecer lleno de cuervos que se inmolan en tu nombre.

Lluvia de plumas negras como lluvias de llantos. Lamentos. Quizás muerte.
“Si no te quiso, es porque no te quiso”, y los pájaros negros se ríen en la perpetuidad.

Quizás corra el viento.
Quizás yo gire en el viento y quiera negras alas.

Las plumas de los cuervos giran, truenan, me ponen a llorar. Un huracán existe en todo lo que existe. Yo y mis mamushkas.

 

A todo esto sólo cabe esperar una palmadita en la espalda, el consuelo de un amigo. Pero debo traducirme en un lenguaje comprensible, entenderme, calcular la fórmula que modela mi comportamiento, derivarme, integrarme, encerrarme en un recuadro que probablemente resaltaré con verde flúor.

Una fórmula que yo digo para no olvidarme.
Pero estoy cansado. Y llueve.

Y mis hojas comienzan a llorar por tí mientras yo veo tu nombre borrarse.
(Y no quiero)

 

 

© RICARDO H. ORTIZ

PESADILLA

 

Ahora el cuadro sonríe
escapan llantos en vientos polvorosos
el niño asolado escala la tormenta
pero cae sobre él
una lluvia
de casas-cometas

 

Yo quiero salvarlo
besarlo
abrazarlo

 

Mentirle
Decirle que todo va a estar bien

 

Que nada lo ha violado

 

Pero el niño,
el cuadro
y la casa

se vuelven la más negra tormenta.

 

© Ricardo H. Ortiz

 

 

 

JUEVES SANTO

1.

Yo grité y salí volando como cuervos. Me armé en la noche.

Grité y salí volando como tijeras. Corté la tormenta.

Luego bajé del cielo como un arcoíris y pisé la tierra.

Era desierto, pero todo se volvía verde cuando pisaba la tierra.

Y yo gritaba y me dormía. Y salía flotando.

Y yo gritaba y me dormía.

Y salía a volar.

2.

Las sombras viajaban a la velocidad de la luz, volviéndose luminosas. Yo pensaba en eso y me quedaba en frío éxtasis, desnudo e incandescente.

Yo era una puta viciosa. Yo era un espejo y un árbol; hasta que desperté de ese sueño tan extraño.

Abrí los ojos.

Tenía dieciocho o veintisiete años. Pero yo era un niño viejo. Iba al velorio de mi abuela. Le había reservado un lugar en el taxi. Silenciosamente había escrito su nombre ahí, con mi mente. Se subió mi tía Pety y yo pensé “No te sientes ahí, ese lugar está ocupado. Es de la abuela”. No sé por qué, pero se sentó lo más que pudo a la derecha y quedó en el medio un lugar en el que se podría haber sentado alguien.

Estábamos yendo a la terminal porque volvería a mi pueblo, había decidido no ir al entierro ya que tenía un examen final y yo quería recordarla viva, tal como era.

Por eso íbamos todos en el taxi. Mi tía, mi madre, mi abuela y yo. Ella estaba muy viva. Pero también muy muerta. (Como todos nosotros)

Y cada tanto me quedaba dormido. Hacía frío y me sentía cansado. Y mientras yo cerraba los ojos, mi difunta abuela me miraba y sonreía. Y yo tenía miedo de dormirme y morir.

3.

Yo enterraba pollitos vivos porque quería hacer un árbol de pollitos.

Yo enterraba coristas para que creciera un árbol de personas que no cesara de cantar.

Fusilaba cadáveres y esqueletos, para darles vida.

Y así levantar un ejército para conquistar la muerte.

4.

Yo era como un perfume, como un pentagrama. Y me ondulaba como una metáfora.

El canto era un cuerpo al que sólo le veía la espalda.

(C) RICARDO H. ORTIZ
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