Negación

Él habla. Él canta. Él dice que lo siente. Dice que lo sabe, que no sabe, que lo quiere, que no lo quiere, que no puede hacer otra cosa. (Una voz de lejos: -Yo igual te amo)

En el amor del silencio se cantan, pero siempre diciendo otras cosas. Se perdonan. Nunca la palabra correcta, aunque el vaivén de los cuerpos suene más fuerte que un campanario.
Quizás aquí también hubo un casamiento. Pero sin ropa. Un lugar donde los cuerpos sonaban a rebato como llamadores de ángeles.

Cristal.

Cristal aquí, allá. En todo. Nunca cristales violetas y ordenados. Si decimos “cristalino” siempre habrá de referirse a algo frágil. A algo quebrado, a algo inocente.
Y si decimos inocencia decimos pasado, ahora es el momento de la devoración. De consumirse bestialmente en el fuego del campanario.

Tambores. Los cuerpos ahora son tambores. Ladrones de besos y suspiros. Se arquean hasta lo exorbitante. Paranormal elasticidad del cristal, del vidrio. Eran dos estatuas cristalinas que de alguna manera no se quebraban.

Quizás porque estaban ya quebradas, adentro.

 

El hombre maduro habla. Canta. Dice que lo siente. Sí. Hubo una boda. Con su mujer, antaño.
-Una vez yo fui feliz, ahora…
(-Yo te amo)

-Cuando nos casamos recuerdo que estaba seguro…
(-Yo te amo)

-Ahora no sé si estoy tan seguro. No me entiendo.
(-Cállate, tonto)

 

Se besan. Entre palabras no dichas, se abrazan, se besan. El hombre maduro le hace el amor. Su cuerpo de titán se abre camino entre dos piernas que se tensan al aire. Lo embiste con su amor mientras su amante desborda. Se tocan los bíceps, los pelos en el pecho, se acarician los pectorales.

Tambores, campanas, tambores.
Acaban juntos.

El hombre maduro lo abraza. Él dice que lo siente. Que no sabe.
Que lo perdone.

 

FIN.

 

(C) Ricardo H. Ortiz

Matrimonio celeste e increíble

A eso de las diez y cuarto de la noche, yo bajé del altar. La noche hervía con un sol en el medio de su sexo. Yo venía desnudo de un casamiento entre mariposas, me tocaba y yo así lograba abrillantar unas brujas, que a casa de mi sol no podían verme ni tocarme.

Yo bordeaba el bosque, casi flotando y desnudo sobre el camino de piedras. Las flores se incendiaban pronunciando mi nombre, pero yo era de todos, yo era de nadie, del viento.

 

Entre mis piernas, en el medio de mi sol, se hizo la tormenta. Llantos, temblores, víboras. ¡Todo aconteció!

Subí al cielo, hecho de estrellas, el Universo se quejó porque perdió muchas estrellas que fueron a parar a mi pene.

 

Uñas. Lenguas. Dientes. ¡En el cielo de la noche nada estaba prohibido; hasta un brujo me hechizó! Pasé por tantas llamas que me quedó la flor abierta.

Yo cazaba intemperante.

Pero cansado, volví al cielo, a ese lugar donde una vez estuvo ese luminoso brevaje. Fue en el incendio. El incendio que había generado al ascender a los cielos.

Me concentré. Restauré todo.

¡La magia fue tan potente que me olvidé de todo! (¿Y quién escribe esto?)

Empujé con furia. Me penetré, pestañeé, salí. Yo gritaba. Nada me respondía.

La música del tiempo: muda; hechizada por mi astucia. Mi pene golpeaba el suelo, hacía “Tic, tac, tic, tac“. Marcaba el tiempo durante el que gozaban las estrellas.

Me incendié, nuevamente. Volví el tiempo, nuevamente. Y así.

 

Hasta que regresé al casamiento de las mariposas, que estaban hechas de fuego y de estrellas.

Era una raza perfecta: no habían hombres ni mujeres. Iban desnudas a cualquier lugar, cantando, volando, aunque por su elevada telepatía, prescindían del lenguaje y del tiempo, pero no del sexo.

—¿Les comenté que yo tengo alas? —le dije a un par de lobos, pero ellos rieron. Así que los maté. Con una lluvia de cometas.

Luego, masturbándome mientras flotaba, me dirigí al casorio.

Los enamorados estaban entre los dragones, dándose abluciones azules. ¡Vibré!

Todos miraron mi pene, que cantaba como un violín, que vibraba como una mandolina tocada por un demonio. ¡Transpiré!

Todas las mariposas me chuparon el sol que llevaba entre las piernas.

Y yo me incendiaba, subía al cielo, volvía al suelo y volvía a vibrar, para que me chuparan los soles…

 

¡En un ciclo que perduró por siempre!

 

FIN.

 

© RICARDO H. ORTIZ

JUEVES SANTO

1.

Yo grité y salí volando como cuervos. Me armé en la noche.

Grité y salí volando como tijeras. Corté la tormenta.

Luego bajé del cielo como un arcoíris y pisé la tierra.

Era desierto, pero todo se volvía verde cuando pisaba la tierra.

Y yo gritaba y me dormía. Y salía flotando.

Y yo gritaba y me dormía.

Y salía a volar.

2.

Las sombras viajaban a la velocidad de la luz, volviéndose luminosas. Yo pensaba en eso y me quedaba en frío éxtasis, desnudo e incandescente.

Yo era una puta viciosa. Yo era un espejo y un árbol; hasta que desperté de ese sueño tan extraño.

Abrí los ojos.

Tenía dieciocho o veintisiete años. Pero yo era un niño viejo. Iba al velorio de mi abuela. Le había reservado un lugar en el taxi. Silenciosamente había escrito su nombre ahí, con mi mente. Se subió mi tía Pety y yo pensé “No te sientes ahí, ese lugar está ocupado. Es de la abuela”. No sé por qué, pero se sentó lo más que pudo a la derecha y quedó en el medio un lugar en el que se podría haber sentado alguien.

Estábamos yendo a la terminal porque volvería a mi pueblo, había decidido no ir al entierro ya que tenía un examen final y yo quería recordarla viva, tal como era.

Por eso íbamos todos en el taxi. Mi tía, mi madre, mi abuela y yo. Ella estaba muy viva. Pero también muy muerta. (Como todos nosotros)

Y cada tanto me quedaba dormido. Hacía frío y me sentía cansado. Y mientras yo cerraba los ojos, mi difunta abuela me miraba y sonreía. Y yo tenía miedo de dormirme y morir.

3.

Yo enterraba pollitos vivos porque quería hacer un árbol de pollitos.

Yo enterraba coristas para que creciera un árbol de personas que no cesara de cantar.

Fusilaba cadáveres y esqueletos, para darles vida.

Y así levantar un ejército para conquistar la muerte.

4.

Yo era como un perfume, como un pentagrama. Y me ondulaba como una metáfora.

El canto era un cuerpo al que sólo le veía la espalda.

(C) RICARDO H. ORTIZ
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