LA DEL GRINGO

De nuevo El Gringo. Después de una noche de sexo violento, nuestros anos parecían ilesos.

 

Irónicamente mágico fue despertar en una cama de flores al lado del Dios del Sexo.

Había sido tan buen macho que al momento de eyacular le habían salido cuernos. Miré su pene. Ahora tenía escamas filosas y brillantes, mi sexo estaba gigante y ambos sudábamos en la exaltación de la locura.

Yo quería morir así todas las noches, que él me matase y morir de nuevo. A él le salieron alas de fuego y me poseyó en el aire cual oda al porno violento.

 

Mi anaconda flotaba sobre la cama, dividiéndose en tres o cuatro vergas que nos violaban por todos los orificios, llenándonos de puntitos de luz adentro. Así llegaba el temblor, la supernova, y proferíamos un grito eterno.

Incendiados, caíamos muertos sobre el colchón, listos para renacer y morir de nuevo.

* * * * * * * * * * *

Era algo increíble, algo irreal. Viajaba gente de todo el mundo para vernos, sacarnos fotos o filmarnos.

Sin hacerles caso, copulábamos por siempre, sin poder evadir nuestras malignas sonrisas.

FIN

 

(C) RICARDO H. ORTIZ