ESPECTANTE

Tu cabello es como la muerte
yo abro la mano y él entra.

Ese sol es como la noche
yo abro mi pecho y él entra.

Ese malvón es como un diamante
yo abro la mente y él entra.

Ese pene es como ángel
yo abro la boca y.

 

TEXTO: (C) RICARDO H. ORTIZ

MYSTERIA ABSOLUTA

Yo morí. Varias veces.

Me masturbaba con los ojos en blanco hasta que salieron ángeles de mi semen.

Bodas llenas de lirios, y de alas larguísimas; sonrisas solarizadas entre hiedras nebulosas que se escondían entre las sombras del lugar. Yo iba donde brillaban esos dientes.

Me dentelleaban. Me mordían. Me seguían clavando.

Perforación entre jazmines y claveles.

Vi miles de vergas curvas y las que eran más rectas estaban perfectamente paralelas.

¿Pero cómo estaba viendo si todo era sombra y los sexos me tapaban los ojos?

Yo estaba iluminado. Los veía con los ojos del cuerpo. Tenía ojos en la nuca, en los codos, en mi sexo. Comenzaron a salirme sombras de los ojos, que se convirtieron en penes. Yo reí hasta atragantarme con mi maldad.

Luego, pronuncié un conjuro, me subí a mi escoba.

Y me disolví en la oscuridad.

Pero los ángeles me seguían para darme vida y muerte. Para poder hacerse uno con mi semen.

FIN.


(C) RICARDO H. ORTIZ
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INCIENSO FINAL CON EL MEDUSO

Un día me levanté desnudo y corrí como estaba hacia el templo de Pallas porque me despertaron los gritos. El camino estaba lleno de hombres convertidos en estatua, algunos rostros eran la representación misma del terror, otros habían quedado petrificados como a punto de combatir. Vi un hombre tan bello que me detuve para acariciar su cuerpo. Quedé anonadado por su sexo, rígido para siempre. ¡Oh, si supiera qué hierba tiene el poder para volverte a la normalidad podría llevarte a mi casa y amarte por siempre!

Seguí mi camino hacia el templo. Vi la espalda de Meduso. Los hombres se hacían de piedra ante su insoportable crueldad. Sus cabellos de víbora enmarcaban un rostro perfecto, que acompañaba un cuerpo de titán. De la cintura para abajo tenía escamas, y podía transformar sus piernas en una cola de serpiente si necesitaba de la metamorfosis.

Meduso se dio vuelta. Al verme sonrió, su satisfacción fue enorme. Yo miré su entrepierna. Su sexo era enorme. Tenía un prepucio tan largo que lo podrían haber circuncidado varias veces. Se me hizo agua la boca. Menos mal que tenía mi máscara hecha de espejos protegida por ese hechizo que me hacía verlos transparentes.

Meduso vino serpenteando en la oscuridad. Me quiso desvestir con sus cabellos de víbora. Pero yo ya estaba erecto y desnudo. Sólo había traído mi tridente. Hicimos el amor entre esas estatuas. Profanamos nuevamente el templo de Pallas, pero esta vez no pusimos un escudo sobre los ojos de Atenea para que pudiera ver el espectáculo. Algunos guerreros corrían, espada en mano, para asesinar al monstruo. Pero lo último que veían era una cópula bestial, épica, heroica. Y quedaban ahí, fijos al piso, con una erección verdaderamente monstruosa.

Yo desintegraba con mi tridente a quienes habían tenido un sexo pequeño. Borraba a los indignos de la historia. Luego pinchaba con mi tridente las escamas de Meduso. Su veneno hirviente se desbordaba sobre mí y él se regeneraba. Era una especie de masoquismo divino, así debía ser el sexo entre los dioses. Cuando iba llegando al orgasmo noté que temblaba y que se agitaban las aguas del mundo.

Miré a Meduso y lo cortaba con mi tridente. Seguí pinchándolo. Mi verga ya había tomado el tamaño de un brazo, lo subía y bajaba en el aire como ayudado por poleas que salían de mi pene. Mi sexo creció más y más. Golpeaba a Meduso contra el techo del templo. Contra las columnas. Contra la estatua de Minerva. Cuando llegué al orgasmo los tsunamis arrasaron todas las ciudades costeras.

Antes de eso, mi amante sacó mi máscara, para grabar dicho orgasmo en la eternidad. Para su sorpresa no me petrifiqué, porque ya estaba vestido de escamas. Le clavé el tridente atravesando sus dos piernas. Y eyaculé adentro de él.

Brotaron ríos de sangre y semen. Y convulsionamos por el piso, arrastrándonos.

Hasta que se derrumbó el templo. Luego vino la tormenta de fuego.

 

Y llegó el tsunami.

 

(C) RICARDO H. ORTIZ
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