Tríptico

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1.

penetración ensalzada en mi amor-látigo
ano límite vudú quejumbroso
muertos lejanos en cementerio llorando

tu luz asesinará árboles en agua marrón
colibríes deshojados
en mi boca abierta esperando tu comida

(tú callas)

 

2.

ojos como flores doradas adornan tus olas / somos hadas
ondas de basura humeante / arrastran / corazones como icebergs

todo lo tuyo me acontece y me inunda
y tantas veces entras en mí
que todo futuro se convierte en participio

(tú callas)

 

3.

monstruo soñado en pleno verdor de ángeles
interruptor deshojante que escribe tiempos deseados
impronta negra en mi piel tatuaste
atravesaste mi miel infinita
exhumaste mi desnudez que serpenteaba lejos
como una lluvia alienígena
me invocas

besos agudos destrozan un cerebro
y yo doy a luz tus besos inmortales

(tú callas)

 

rho.

 

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Locura transparente

castillos de cristal
manzanas de oro del recuerdo
cacatúas de almendra
(fórmula química de algo)
todo se mezcla

 

camisa de carne
joyas de petróleo
preservativo con diamantes
todo se mezcla

 

tuberculosis angelical
flores de electricidad
dagas que acarician
besos con cucarachas
(pus y sol)
todo se mezcla

 

agua
hay hierro (temblores)
tres chicas
un lago
una montaña
sol
cristal
luz
y en vos…

todo se mezcla.

 

 

Descenso al Infierno

El otoño es una vieja muerta maquillada con rouge. Es una puta muerta, la asunción a los cielos, pintada como un retrato con un cielo negro.

No es la brutal ceguera, la de la ausencia gris, provocada por el invierno; sino los ojos trisados, llorando rojos, en un laberinto de espejos que reflejan que son puertas gigantes, que llevan a otro corazón, y a su vez a otro, siempre.

 

Luz trisada.

Ésta desciende a los infiernos para incendiar congelando a todo aquel que me aniquile, previamente.

Oscuridad.

Mi luz penetrándolo todo. Entrando por los ventanales del rostro de la vieja puta que se murió de un infarto por tocarse en otoño en una casa vacía, y se le cayó el techo y se murió.

 

Me masturbo con su cadáver, hecho de llanto y de hojas. Desciendo al infierno.

Congelo uno o tres demonios. Bajo con un vestido violeta y negro. Me desnudo al bajar. Gemidos de luz al bajar. ¡Gime la luz y la oscuridad!

La puerta por donde había entrado ahora es más larga y gorda.

Me follo a la vieja, que ahora es otoño e invierno. Le doy primavera y piedad.

Renace, flota, brilla, rejuvenece.

 

Miro alrededor. Estoy con la bruja fornicando en el centro del infierno. A los demonios les gusta observar el sexo con platea.

Al llegar al orgasmo, ¡todo estallará!

Leve temblor, terremoto, gritos, orgasmo, explosión nuclear y luz, chillidos, más explosiones; ¡aullidos!

Subo a la Tierra, todo orgásmico, lleno de luz.

 

El cadáver de la bruja sonríe, abre los ojos, me esboza un guiño.

—Me gustó —me dice. Flota, brilla, rejuvenece.

 

Yo quiero gritar, pero estoy mudo. Miro alrededor y tiemblo. ¡Todo está en llamas!

 

(Quizás en otro final, la bruja se convertía en primavera).

 

FIN

© RICARDO H. ORTIZ

 

Matrimonio celeste e increíble

A eso de las diez y cuarto de la noche, yo bajé del altar. La noche hervía con un sol en el medio de su sexo. Yo venía desnudo de un casamiento entre mariposas, me tocaba y yo así lograba abrillantar unas brujas, que a casa de mi sol no podían verme ni tocarme.

Yo bordeaba el bosque, casi flotando y desnudo sobre el camino de piedras. Las flores se incendiaban pronunciando mi nombre, pero yo era de todos, yo era de nadie, del viento.

 

Entre mis piernas, en el medio de mi sol, se hizo la tormenta. Llantos, temblores, víboras. ¡Todo aconteció!

Subí al cielo, hecho de estrellas, el Universo se quejó porque perdió muchas estrellas que fueron a parar a mi pene.

 

Uñas. Lenguas. Dientes. ¡En el cielo de la noche nada estaba prohibido; hasta un brujo me hechizó! Pasé por tantas llamas que me quedó la flor abierta.

Yo cazaba intemperante.

Pero cansado, volví al cielo, a ese lugar donde una vez estuvo ese luminoso brevaje. Fue en el incendio. El incendio que había generado al ascender a los cielos.

Me concentré. Restauré todo.

¡La magia fue tan potente que me olvidé de todo! (¿Y quién escribe esto?)

Empujé con furia. Me penetré, pestañeé, salí. Yo gritaba. Nada me respondía.

La música del tiempo: muda; hechizada por mi astucia. Mi pene golpeaba el suelo, hacía “Tic, tac, tic, tac“. Marcaba el tiempo durante el que gozaban las estrellas.

Me incendié, nuevamente. Volví el tiempo, nuevamente. Y así.

 

Hasta que regresé al casamiento de las mariposas, que estaban hechas de fuego y de estrellas.

Era una raza perfecta: no habían hombres ni mujeres. Iban desnudas a cualquier lugar, cantando, volando, aunque por su elevada telepatía, prescindían del lenguaje y del tiempo, pero no del sexo.

—¿Les comenté que yo tengo alas? —le dije a un par de lobos, pero ellos rieron. Así que los maté. Con una lluvia de cometas.

Luego, masturbándome mientras flotaba, me dirigí al casorio.

Los enamorados estaban entre los dragones, dándose abluciones azules. ¡Vibré!

Todos miraron mi pene, que cantaba como un violín, que vibraba como una mandolina tocada por un demonio. ¡Transpiré!

Todas las mariposas me chuparon el sol que llevaba entre las piernas.

Y yo me incendiaba, subía al cielo, volvía al suelo y volvía a vibrar, para que me chuparan los soles…

 

¡En un ciclo que perduró por siempre!

 

FIN.

 

© RICARDO H. ORTIZ

San Facmi

Fui al baño. Vi zahoríes entre ósculos rutilantes que incendiaban el tiempo. Sus ojos en blanco lo congelaron todo.

Sentí desmayarme.

Me teletransporté a la tierra del más fino éxtasis.

 

Juan bajó su bragueta y nos penetró a todos con su haz de electrones y me quedé oscilante. En la punta de su arma bendita salió una flor de siete colores que tenía propiedades psicotrópicas si se la chupaba. Nuestras lenguas al viento flotaban hacia arriba como una tela liviana. Lamimos y chupamos. Y yo pensé que esto duraría por siempre.

 

—¡Por San Facmi! -dije- ¡Si me coj en el plaf yo te miau en la shot divinis!

Su flor acaramelada era poética y terrible como el suicidio. Irónico fue, que escuchando a Alanis Morissette, su flor nos desfloró a todos. Yo tenía una flor de loto blanca y dorada que le gustaba ser acariciada suavemente.

Yo tuve un placer botánico. Y cuando San Facmi me inoculó con sus esporas, ambos brillando, dimos a luz a un ser diferente.

 

FIN

(C) RICARDO H. ORTIZ

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Reminiscencia Ecuménica

Image via Flickr

 

La niebla enamorada de tus manos, me tocaba. Creo que había un martillo tatuándome tu nombre mientras cantaba como un manto de lágrimas. Habían otros cuerpos tirados en el piso, desmembrados, arrastrándose, o gimiendo en el aire. La ausencia tejía un tormento con tus preciosas palabras. Llovían inventos, papeles de investigación científica. Yo los leía y descubrí en ellos que sin ti ya nada es posible.

Acá te enceguecen y te amordazan.

Aquí los muertos te pegan
y te meten sus manos hasta la garganta.

 

 

© RICARDO H. ORTIZ
Intertextualidad con poema número 29, de “El Árbol de Diana”, de Alejandra Pizarnik.

Caída Libre

 

 

 

Él estaba parado desnudo en el medio de la nada.

Pero cuando yo pronuncié “Nada” una masa negra y gelatinosa llenó todo el abismo, y la nada se manifestó, se hizo presente.

Entonces él dijo: -Nada, quiero estar con alguien. Y de esas sombras negras apareció Alguien, que a veces mentía y decía ser Cualquiera.

Así, los dos seres fueron hablando y creando el mundo. Inventaron cosas que no sabían para qué existían, pero las nombraron igual. Nadie supo de dónde sacaron la idea del sexo, de la cama, del Kamasutra, de la catapulta. Pero apareció una cama arriba de una catapulta y quisieron practicar. Furiosamente, bestialmente.

Los movimientos cortaron los hilos seguros hechos de amor. Entonces, la cama y los cuerpos fornicando fueron catapultados al aire.

Fue un Kamasutra largo e intenso, puesto que llegaron a la estratósfera. Comenzaron la caída libre y gritaban mientras ambos perdían su virginidad, la situación se aceleraba, rasguñaban, gemían, gritaban.

 

Y en el último segundo de vida, antes de impactar el suelo, llegaron al orgasmo.

 

 

(C) RICARDO H. ORTIZ