Misal de la lanza

Mantras manando de mi pene hacia todos los poros del mundo. Yo rubrico, yo publico, yo LUBRICO la lanza de los sacrificios. ¿Quién será la víctima? ¿Quién habrá proferido un grito/plegaria para que la penetración de todo el Universo aniquile su ser?

Creo espejismos de sangre, de luces, de sombras, fantasmas en continua erección que fagocitan con fuego mi pecho. La mano que sube y que baja. Las imágenes que se aceleran. Todo mi ser es un mantra. Todo es orificio, todo es amor. Todo es puro. Veo receptáculos de amor dondequiera que mire. Todo es digno de mi beso. Del roce de mi cuerpo, que se tuerce y retuerce, que se arquea y contornea desenrrollándose a sí mismo para desplegarse desde adentro de otro ser. Hombre. Gran mantra llegando al punto de donde no se vuelve. Mantra duro repitiendo movimiento de sube y baja, que a diestra y siniestra dale que dale, más lento, más rápido, más bestia, más suave, por aquí, por allá, en otras posiciones, dale, dale, más salvaje, por Dios, apurate que se me pasa el micro y ¡Ahhhhhhh!

Todo es blanco.

Todo es hermoso y divino mantra.

(C) Ricardo Ortiz

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Descenso al Infierno

El otoño es una vieja muerta maquillada con rouge. Es una puta muerta, la asunción a los cielos, pintada como un retrato con un cielo negro.

No es la brutal ceguera, la de la ausencia gris, provocada por el invierno; sino los ojos trisados, llorando rojos, en un laberinto de espejos que reflejan que son puertas gigantes, que llevan a otro corazón, y a su vez a otro, siempre.

 

Luz trisada.

Ésta desciende a los infiernos para incendiar congelando a todo aquel que me aniquile, previamente.

Oscuridad.

Mi luz penetrándolo todo. Entrando por los ventanales del rostro de la vieja puta que se murió de un infarto por tocarse en otoño en una casa vacía, y se le cayó el techo y se murió.

 

Me masturbo con su cadáver, hecho de llanto y de hojas. Desciendo al infierno.

Congelo uno o tres demonios. Bajo con un vestido violeta y negro. Me desnudo al bajar. Gemidos de luz al bajar. ¡Gime la luz y la oscuridad!

La puerta por donde había entrado ahora es más larga y gorda.

Me follo a la vieja, que ahora es otoño e invierno. Le doy primavera y piedad.

Renace, flota, brilla, rejuvenece.

 

Miro alrededor. Estoy con la bruja fornicando en el centro del infierno. A los demonios les gusta observar el sexo con platea.

Al llegar al orgasmo, ¡todo estallará!

Leve temblor, terremoto, gritos, orgasmo, explosión nuclear y luz, chillidos, más explosiones; ¡aullidos!

Subo a la Tierra, todo orgásmico, lleno de luz.

 

El cadáver de la bruja sonríe, abre los ojos, me esboza un guiño.

—Me gustó —me dice. Flota, brilla, rejuvenece.

 

Yo quiero gritar, pero estoy mudo. Miro alrededor y tiemblo. ¡Todo está en llamas!

 

(Quizás en otro final, la bruja se convertía en primavera).

 

FIN

© RICARDO H. ORTIZ

 

Un poco de entropía

 

Estaba caminando hacia el otoño, en eso aparecí yo (en tercera persona) gritando: –¡Hurra! ¡Hurra! ¡Mi tío tiene pene!

Floreció todo el mar, dando a luz diademas. Yo iba caminando para mi trabajo, aunque en dirección opuesta. Me encontré con el mismo chico de siempre, a la hora de siempre, me saludó como siempre. Resbalando me caí al piso y yo reí a carcajadas. Me arranqué la ropa y me revolcaba desnudo en la nieve. Era luna llena. Le hice el amor a Jacinto, penetré a Pedro. Me dejé penetrar por Juan.

Y luego yo terminé de perfil y quedó el mundo en llamas.

 

Entonces todo fue diferente.

 

 

(C) RICARDO H. ORTIZ

 

San Facmi

Fui al baño. Vi zahoríes entre ósculos rutilantes que incendiaban el tiempo. Sus ojos en blanco lo congelaron todo.

Sentí desmayarme.

Me teletransporté a la tierra del más fino éxtasis.

 

Juan bajó su bragueta y nos penetró a todos con su haz de electrones y me quedé oscilante. En la punta de su arma bendita salió una flor de siete colores que tenía propiedades psicotrópicas si se la chupaba. Nuestras lenguas al viento flotaban hacia arriba como una tela liviana. Lamimos y chupamos. Y yo pensé que esto duraría por siempre.

 

—¡Por San Facmi! -dije- ¡Si me coj en el plaf yo te miau en la shot divinis!

Su flor acaramelada era poética y terrible como el suicidio. Irónico fue, que escuchando a Alanis Morissette, su flor nos desfloró a todos. Yo tenía una flor de loto blanca y dorada que le gustaba ser acariciada suavemente.

Yo tuve un placer botánico. Y cuando San Facmi me inoculó con sus esporas, ambos brillando, dimos a luz a un ser diferente.

 

FIN

(C) RICARDO H. ORTIZ

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La Astucia de la Demencia

 

Nicómenes Yocasto y Melpómenes Espírrigun se despeinaban, dorados de la ira, mientras se rompían el arcoíris.

Yo entré en soliloquio noctilucente: –En el ajedrez, la casilla del orgasmo es D2. ¡Jaque mate a la verga!

–¡Cállate, enfermo!

–Te voy a tocar el tablero hasta que todas las piezas estén cubiertas con crema de leche.

–Basta, ¡Dios! –dijo Conchita Falótico, mientras imaginándose la situación se tocaba las tetas.

 

Yo comencé a tocar Para Elisa, con el pene. ¡Oh, gran Cojwig van Beethopij!

Cogimos todos algo, algo fue cogido por nosotros. (Voz activa más voz pasiva igual a fiesta, fiesta)

Yo cogí una manzana.

Alguien cogió un limón.

 

Hubo incluso alguien que cogió una banana.

 

Luego de comernos las frutas hasta el fondo, nos fuimos todos de la mano, saltando hacia el sauna.

 

FIN.

(C) RICARDO H. ORTIZ

Arma de Penetración Masiva

 

Teníamos sexo en el aula mientras el profesor daba clases. Ahí estábamos los dos, dale que dale, y el profesor hacía un despeje en un desarrollo matemático, mientras nuestros compañeros nos retrataban y nos sacaban fotos con los celulares. Era en la clase de números complejos. ¿O fue en la de Física, donde todos estudiamos el rozamiento?

Todos los cuerpos cuando se calientan se dilatan, dijo el profe, y se dirigió erecto a mi ano para meterme dos dedos.

Sentí sus manos peludas, la rugosidad de su piel, su entrepierna abultada, sus grandísimos dedos. Pensé que eran cuatro o cinco dedos, pero luego los conté cuando los sacaba y los metía. Eran dos.

Mis compañeros también metían y contaban, entre ellos.

Y yo fui del Profe, tres, cuatro, cinco veces.

 

FIN.

Imagen: via George Quantaince

Caída Libre

 

 

 

Él estaba parado desnudo en el medio de la nada.

Pero cuando yo pronuncié “Nada” una masa negra y gelatinosa llenó todo el abismo, y la nada se manifestó, se hizo presente.

Entonces él dijo: -Nada, quiero estar con alguien. Y de esas sombras negras apareció Alguien, que a veces mentía y decía ser Cualquiera.

Así, los dos seres fueron hablando y creando el mundo. Inventaron cosas que no sabían para qué existían, pero las nombraron igual. Nadie supo de dónde sacaron la idea del sexo, de la cama, del Kamasutra, de la catapulta. Pero apareció una cama arriba de una catapulta y quisieron practicar. Furiosamente, bestialmente.

Los movimientos cortaron los hilos seguros hechos de amor. Entonces, la cama y los cuerpos fornicando fueron catapultados al aire.

Fue un Kamasutra largo e intenso, puesto que llegaron a la estratósfera. Comenzaron la caída libre y gritaban mientras ambos perdían su virginidad, la situación se aceleraba, rasguñaban, gemían, gritaban.

 

Y en el último segundo de vida, antes de impactar el suelo, llegaron al orgasmo.

 

 

(C) RICARDO H. ORTIZ