Mi Abecedario

 

 

La A es una escalera demasiado segura.

La B son unas nalgas hermosas, vistas a 90 grados.

La C es una teta vista de costado.

La D es la parte superior de una copa de vino que se rompió y continuó girando en el suelo.

La E son cinco reglas de madera clavadas para construir un instrumento para medir simultáneamente cinco penes.

La F es una pistola de agua con un diseño muy extravagante.

La G es un juego en un parque para niños.

La H son dos personas anoréxicas que en vez de abrazarse estiran un brazo y se dan la mano, en busca de amor.

La I es el gato de una amiga que enamora tus ojos a fuerza de estirarse.

La J es una herramienta extraña usada por los torneros para crear cosas que aún no tienen nombre.

La K es un dibujo en el pizarrón de tu facultad que intenta explicar la reflexión de un haz de luz en la cátedra de Física.

La L es una pierna de skater con fractura expuesta.

La M nos mima musicalizando mareas moradas en miles de muros magentas que mueren de amor.

La N es un borracho apoyado en un espacio reducido.

La O es el ano de alguien que te espera.

La P es la lengua de alguien que se acerca a cosas que empiezan con P, con gestos altamente mamushkescos.

La Q es un gordo con micropene.

La R es la foto sin cabeza de una señora delgada con tetas muy grandes, que tiene un vestido rojo, acampanado, que se le pega a la espalda porque corre viento de atrás.

La S es la figura que forma mi cuerpo desnudo mientras me arrastro siseando en busca de caos y descontrol.

La T es un hombre super musculoso realizando gimnasia artística, haciendo una pirueta que consiste en hacer la vertical y abrir completamente las piernas.

La U es un pliego de polietileno al que le vas a determinar el coeficiente de rozamiento estático y dinámico, pero que se onduló hacia arriba porque tiene un defecto denominado “curling”.

La V es una mujer tirada en la cama con las piernas abiertas hacia arriba.

La W son dos personas apoyadas sobre un mostrador que están de la mano, vistas desde arriba.

La X son dos personas desnudas con los cuerpos cruzados en la cama porque se quedaron dormidos después de hacer el amor.

La Y es una persona saltando en el aire de la felicidad, con las piernas juntas y las rodillas dobladas hacia atrás, con los brazos abiertos hacia arriba!

La Z es una cama rota por tanto practicar la X.

 

 

(C) Ricardo H. Ortiz

 

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DELIRIOS HOMOERÓTICOS

Esto que les voy a contar sucedió en un mundo paralelo, donde no habían explotado nunca los cuatro reactores nucleares de Japón, sin la fatal consecuencia de extinguir en los tres días siguientes toda la vida sobre el planeta Tierra.

En este mundo, misteriosamente, un día relampagueó y comenzaron a llover rayos sobre todos los artefactos eléctricos y electrónicos. Las descargas fueron tan fuertes que volatilizaron computadoras y transformadores. Ya no existían celulares, por lo tanto la Humanidad había retrocedido hacia antes del consumismo, y esto había sido una excelente oportunidad para su evolución.

Yo no sabía si vivía en Córdoba o cerca de la cárcel, pero sabía que vivía cerca de la ex casa de un buen amigo. Vivía en una casa antigua, y a pesar que nunca había entrado yo sabía que era una casa grande y antigua. En frente había una plaza, mi plaza de la infancia. Yo la contemplaba como si fuera un sagrado jardín.

Llamé a Juan Carlos de Iemanjá con la mente, ya que no existían celulares. Luego salí a buscar seis velas para un trabajo de umbanda. Juan Carlos me había mandado a una santería que quedaba en La Loma del Queso; lo supe porque antes de llegar ahí me dije: “Mira, Ricardo, esa de allí parece La Loma del Queso”. Era el cielo de los pericotes.

No obstante, un segundo antes de entrar a la santería, cuando llegué a la puerta pestañeé y estaba en mi casa. Estaba meditando. ¡Había salido en cuerpo y alma! En eso me llamó a la cabeza la voz de alguien, por suerte no había abierto los ojos. Era Vale preguntando si podía ir a visitarme, pero él ya estaba afuera de casa. Él me vio salir a recibirlo, aunque nunca había estado dentro de mi casa. En realidad estaba esperándolo mientras meditaba mirando un rosal en mi jardín.

No entendía por qué había ido a visitarme en mi Citröen de la infancia. ¡Si era mío! ¿Qué hacía Valerico en él? Vale estaba sentado en el lado del acompañante, como si el auto se hubiera manejado solo hasta mi puerta, desde mis años dorados. Hablamos en su auto. Que era el mío.

Él me contó que era el cumpleaños de Alfredo, y de sólo pensarlo llegamos a la fiesta, antes que el mundo se cayera a pedazos.

 

 

No recuerdo nada del cumpleaños de Alfredo, excepto de lo que sucedió al irme. Cuando me fui, comenzó a llegar más y más gente. Eran miles. Yo a todos los saludaba con un beso. Alfredo jamás había tenido amigas ni novias, ¿por qué estaba saludando a tantas mujeres? Seguían cayendo. Y yo saludaba a todos, mujeres y hombres, con un dulcísimo beso. Cuando me despedía, sentía que ellos eran flores y yo un colibrí. Me di vuelta en torno a la puerta y en ese segundo habían llegado unas cincuenta personas. Saludé a todos con un gesto de mano, y huí porque ya se me habían gastado los labios.

Cuando atravesé la puerta, todo estaba diferente. ¿De dónde había aparecido esa escalera de piedra? Entonces saqué mi karting. Estaba en el auto, que estaba estacionado, así que sacar mi karting se sintió como si lo estuviera sacando de mi mochila. Y no tenía mochila, claro.

Me iba en el auto y en el karting, de a ratos, en ese terreno dificultoso. La escalera crecía más y más, ya era una montaña, y yo huía por temor a que allí fuera el próximo fin del mundo. Al salir de allí me di cuenta que quizás ya era tarde. Las personas colgaban de la escalera, y debajo de ella se encontraba un gran abismo. Era como si la vacuidad se hubiese hecho presente.

En el último peldaño de la escalera había un cubo de muchísimos colores. Era precioso y de sólo mirarlo me sentía Gollum. Sabía que tenía que conseguirlo.
Así que comencé a escalar la escalera. Los peldaños ya eran altos como una persona, y seguían creciendo. La gente que estaba en la fiesta huía gritando, pero para algunos ya era el fin. Sólo habíamos quedado en la escalera Alfredo y yo. En cuestión de segundos, la escalera se había hecho más alta que el Everest. Yo me quedé bloqueado y no podía subir, así que le pedí ayuda a Alfredo. Demoró mucho en venir, y yo tenía miedo de caerme al abismo. Pero como pude, aguanté. Se ubicó justo debajo de mí, entre las piernas. Yo le decía “Ayúdame a subir, empújame del trasero”; pero él tenía mucha vergüenza. Ambos sabíamos que era cuestión de tocarme o morir. Miré hacia abajo y me aterrorizó el abismo.

–Dale, más fuerte, empuja más fuerte –le grité. Y en ese momento me llamó la atención un grito y me giré. Al voltearme vi el mundo convertido en 2D. Vi una lluvia de personas hechas de píxeles. Caían de lo más alto de la montaña. Todas se llamaban Laura. ¿Eran esas mujeres que estaban solas en la fiesta? Sabíamos su nombre porque estaban subtitulados (en ocho bits) debajo del cuerpo. Caían como se cae en los videojuegos, gritando desesperadamente y en cámara lenta. Los cuerpos colisionaban entre ellos o se despixelizaban. Aparecían ítems –salvavidas, parapentes y paraguas–, pero las Lauras al chocar contra ellos los desmaterializaban.

Nosotros vimos morir así a dos Lauras. Reíamos a carcajadas gritando “Las Lauras se fueron. Las Lauras no están. Las Lauras se caen de mi vida”.
Seguimos con vida porque sólo morían las mujeres. Así que seguimos escalando. La montaña escalera de piedra había crecido tanto que era de lo más inestable. Era como jugar al Yenga. Si tocábamos la piedra incorrecta tirábamos al abismo a un sinfín de Lauras. Siempre llegábamos a pocos metros del cubo preciado, pero nunca podíamos avanzar más que eso.

Entonces teníamos que bajar y subir la montaña para resetear la configuración, salvando y matando de nuevo a todas las personas que habían caído.

 

Este ciclo se repitió muchas veces. De tanto escalar, rasparnos y pegarnos, mi amigo y yo ya escalábamos desnudos.

 

Cuando decidimos copular por siempre, mientras las demás personas caían, el cubo solo flotó hasta mí. ¡Y en todas mis reencarnaciones yo abrí los ojos!

 

FIN.


(C) RICARDO H. ORTIZ
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Intertextualidad con Alejandra Pizarnik

Leyendo vergas impresas
sobre papel fotográfico

trascendiendo cuernos pasados
en cartas leídas por tenores

mar
latido de conchas circulando
entre hombres cogidos
de la mano

pavorosa cabeza
gorda
muy gorda

coagular innato de vocablos no alegres
invocando mi muerte

escribiendo mi muerte
en hermosas tragedias

* * * * * * * * * *

Retazos de soles asesinaban
aviones hechos de calaveras
y mis colores se sentían indiferentes
en un sol verde bramando nubosidades
(dentro de lustrosas jaulas)

la tierra llora extravagantes ovnis
y copulamos despacio
en el espacio
conmovidos por la noche

y luego
amanece
como siempre

y nuestros cuerpos mueren
en lentos pero furiosos ballets

* * * * * * * * * *

Jardines visibles violan / grises hombres

sobre la mesa negra

y centro de la noche afina
mi viejo violín.

* * * * * * * * * *

No honrar virilmente más deseos de poder viviendo sin saber dónde mis espacios vacíos escriben solos cuando la vida de la muerte deforma formas tan deprimentes en el cristal de Dios.

* * * * * * * * * *

DESATANUDOS

Me desvela
le des-nudo
me des-vela

yo me quedo despierto
porque alguien
me quita las velas

* * * * * * * * * *

nunca tiembla

el infierno canta multitudes demasiado ennegrecidas
ángeles mojados fornican tus trozos
en mezquinos estados de moksha
tremendas gotas de barros activos
yo nunca entiendo si conjuro las aguas
incrédulo poder de pantallas-robots

el fin del mundo sigue.

(C) RICARDO H. ORTIZ

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LA ORGÍA

 

"The Orgy". Author: Pavel Svedomsky (1849-1904). Image via Wikipedia

El esclavo se desnudó y miró mis ropas. Un aire rojo lo envolvía, agitando su sexo como una bandera. Mi pene se había estremecido ya hasta el punto crítico y salían personas desde lo más profundo de mí. Eran personas imposibles.

El esclavo me miró y desnudándome le dije: -Lo deseo ahora, Señor Esclavo. Pavor, horror, sudor. Probé ese sabio ser, ese cuerpo ancestral, en ese hermoso sendero. Pensar que estábamos dormidos por delante, por detrás y adentro.

Cuando ya estábamos tranquilos, vino un macho cabrío y dijo: -Yo puedo tener anacondas como piernas.


Siseó un poco, y se fue en la oscuridad.

Cada tanto pasaba alguien, se desnudaba y nos quería tocar.

 

Y nosotros follábamos como dioses.

 

(C) RICARDO H. ORTIZ
Si licencias esta obra, el 25% de las ganancias van a “Médicos Sin Fronteras”.

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RETROCOGNICIÓN

The sea at Porto Covo, Portugal

Image via Wikipedia

Oleaje

brisa cálida de mar labrado

en rojo y negro porvenir

 

(C) RICARDO H. ORTIZ

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Umbanda

VOLCÁN

Image via Wikipedia

Lava oscura

explosión de astros alegres
volviendo a orillas del mar

yo soy tu dueño

 

(C) RICARDO H. ORTIZ

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Historia de amor imposible

Estaba flotando en la música, en la Ciudad de las Luces Hermosas, y yo pensé tu nombre.

Vi babosas gigantes y curachas enormes en las alcantarillas de una ciudad flotante. Y una historia de amor perfecta, ella prístina, él de ébano, luchaban por su amor como en ningún lugar de la galaxia.

 

Pero comenzó la tormenta. Para llegar más rápido, la gente tiraba paraguas como en las películas de Batman. Los rascacielos tenían bisagras.

Un hombre atractivo era perseguido por un ladrón para robarlo. Sus dos hijos eran homosexuales y quería estar ahí para ayudarlo. En el mismo momento que corría para que el ladrón no lo matase, las tortugas, cucarachas y la babosa gigante hablaban para destruir al mundo. Las cucarachas maléficas seguirían hasta la muerte a la Babosa Terrorista, ella se inmolaría para defender a la Naturaleza pero lo único que quería era exterminar el mundo.

Su cuerpo medía varios kilómetros. Hizo fuerza y más fuerza hasta que generó un terremoto debajo de la Ciudad de las Luces. Cortó el estrecho puente que la unía a la tierra y la convirtió en una isla flotante. ¡La ciudad se hundió como el Titanic! Vi a la gente gritar como si fuera el Apocalipsis, mi mente en llamas.

 

Los edificios comenzaron a girar sobre sus propias bisagras. Se metían en el océano y salían por el otro lado, la gente intacta, inconclusa.

 

¡Y esa historia de amor! Ese negro sexual que estaría dentro de algún rascacielos, a ella le salió la heroína interior.

-No, ven conmigo, no mueras -le gritó su amigo.

Pero ella era una heroína con alma de semental, había sido una heroína en alguna vida pasada. No lloró. Corrió hacia el centro de la ciudad para salvar a su hombre, mientras la gente gritaba y se tiraba de los rascacielos.

 

¡Y los edificios de la ciudad que giraban sobre sus propias bisagras!

 

 

(C) de Ricardo H. Ortiz
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