“Elige tu propia aventura”

 

Si quieres que te toque,
tócame.

Si quieres que te bese,
bésame.

 

Y si quieres que te coja,
bueno…

 

 

RICARDO H. ORTIZ

NOTA: “Coger” en Argentina es “Follar”.

 

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Los números de 2010

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In 2010, there were 51 new posts, not bad for the first year! Subiste 10 imágenes, ocupando un total de 1mb. Eso es alrededor de una imagen por mes.

The busiest day of the year was 29 de noviembre with 346 views. The most popular post that day was Sexo con un beisbolista.

¿De dónde vienen?

Los sitios de referencia más populares en 2010 fueran es.wordpress.com, facebook.com, twitter.com, ricardohugoortiz.boosterblog.es y WordPress Dashboard.

Algunos visitantes buscan tu blog, sobre todo por hechizo para congelar el tiempo, poemas de el sonido, boludeces escritas, que es el homoerotismo en los adolescentes y paginas demoniacas.

Lugares de interés en 2010

Estas son las entradas y páginas con más visitas en 2010.

1

Sexo con un beisbolista noviembre, 2010
2 comentários

2

SEXO CON EL DEPORTISTA diciembre, 2010
4 comentários

3

Rito de iniciación sexual noviembre, 2010
9 comentários

4

Las Cuatro Pijas del Apocalipsis noviembre, 2010
3 comentários

5

Sueños cachondos noviembre, 2010

CATARSIS

1.

Yo iba saltando por la noche vestido de abismo y de ángel.

Yo era brujo hacía muchísimos siglos, me hacía el amor con mis propios cantos, con mis magias, con mis glifos…

¡Me volví loco cuando saltaba por el Bosque de Cactus (que hasta ese entonces era el Bosque del Terror)! A los cactus les había salido penes gigantes y rojos. ¡O amarillos!

Ellos se erectan, cantaban, se desenraizaban para penetrar, para ensartar a otro cactus o algún animal.

Hasta que con mi magia-poema los convertí en hombres; y nos fuimos.

* * * * * * * * * * *

2.

Yo danzaba y cantaba como un bailarín de ballet entre los campos de hortensias y sandías. De mis piernas salían luces, estrellas. ¡cruces!

Mis piernas eran las manecillas del amor…

Y digo: “Si abrieran mi cuerpo como las puertas de un mueble, ¿yo cantaría como un ángel?

De pronto, mis efectos de luces se hacen asuras, sombras. Y yo río como brujo, profanando lo bello, sembrando el terror, hasta que las sombras me hacen una capucha y me tejen una sotana.

 

 

(C) de Ricardo H. Ortiz

HABLANDO EN COBRE

Estaban los seráficos, los ocultos en la sombra, los que hablaban en luces de colores.

Ahí estaban los Tres Santos: el ángel de diamante, el ángel de luz y el ángel de cobre. ¡Ellos se disputaban por todas las riquezas del mundo! Y sucedió ahí, ahí, ¡en el bosque de las sombras!

El ángel de Diamante era hermosísimo, ojos azules, casi de lapislázuli, pupilas de turmalina, y sus gigantescas alas de diamante… Él, alto y radiante, parecía una estalactita hermosa. Su piel centelleante era un sublime apocalipsis.  Su aliento era un susurro de invierno. La belleza de Dios lo congelaba todo. Competía, sí, competía. ¡Su superioridad no debía conocer límites!

El Ángel de Luz, en cambio, recitaba versículos. Era el bien mismo, había que leer las letritas doradas que exhalaba cada vez que pensaba o pronunciaba una palabra. Las letritas de luz eran el verdadero lenguaje…

Él Ángel de Cobre era un ángel extranjero, que demostraba su poderío gracias al reinado de muchos países. A veces le decían El Ángel Multinacional, o “El Elegido”. No poseía ni la soberbia del diamante ni esas abstracciones lumínicas de infinito. Era real. Era casi un hombre. O varios… ¡Él hablaba en cobre y todos los cuerpos se llenaban de signos, de glifos! A todos se nos abrían las puertas del cuerpo y del alma. Se frenaba el tiempo y nos entraba el caos, el apocalipsis.

Y así él reinó. Ganó la lucha sobre el océano Atlántico.  Habló en cobre, e instantáneamente se incendiaron los ángeles de luz y de diamante. Se acercaron a su sexo, a sus glifos. Se fusionaron así, con luz fosforescente. ¡Se amalgamaron!

¡Él Ángel de Cobre los poseyó con todas sus valencias! Entró en estado de transición, y él devoró sus almas, decoró sus propias alas con diamantes, su aliento se volvió de luz y de ahí en adelante lo conocieron como El Ángel Triple, o “El Prohibido”.

Se dice que cada tanto, cuando hay luna llena y alguien entra desnudo al bosque de las sombras… se lo ve flotar sobre el océano, haciéndole el amor a alguien, flotando en el aire o haciendo pozos en los cerros, con sus poderosos glifos arcanos.

Y así, él pasó por el mundo, volando, rompiendo el tiempo… Como un taquión, iba conociéndolo todo desde el futuro hasta la prehistoria.

Devorando la eternidad.

 

 

(C) de Ricardo H. Ortiz
PROHIBIDA LA REPRODUCCIÓN TOTAL O PARCIAL DE ESTE TEXTO EN CUALQUIER SITIO SIN LA AUTORIZACIÓN EXPRESA DEL AUTOR. Sólo está permitido compartir por Twitter y Facebook. Derechos de autor registrados, no plagiar. EL PLAGIO ES DELITO.

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NOTA: Este texto tiene el título de “Hablando en Cobre” por un certamen literario con el mismo nombre, al que no pude participar por no ser español ni residente en España. (Me di cuenta después de haberlo escrito…)

LAS VIRTUDES DEL DEMONIO

Estábamos tomando la leche del Demonio. Y yo sabía esto porque él había tomado forma de vaca y lo habíamos ordeñado. La leche del Diablo era riquísima, nos dejaba desnudos y con los ojos en blanco. Por varios días nuestros cuerpos quedaron brillantes.

Yo abrí la heladera de mi casa-poema y lo que encontré allí era demasiado santo. Entonces se pudrió. Cajas y cajas de leche común y corriente echadas a perder, en el acto.

Yo aparecí en Varsovia. Nunca había estado allí pero dije: “¡Ésta debe ser Varsovia!”. ¡Luego mi pene se puso rígido y se congeló! Me quedé mirando ese falo de hielo y diamante. Quería que alguien me lo esculpiera, que sacara un poco de ancho y lo dejara un poco más estético, más perfecto. Un pene para poner en lo alto y admirarlo, cobraría entrada y lo pondría en una vitrina, o en una capilla, esa era una belleza divina hasta ahora prohibida para los ojos. Y para el sexo, claro.

¡Amaba mi verga de hielo y diamante, sólo con verla me hacía delirar! Quise ver si en los demás suscitaba las mismas reacciones… Comencé a pasear.

Aspiré una fragancia mientras caminaba por los terrenos congelados de Varsovia. Un perfume que me dejó completamente tieso. ¡Y me incendió! Creí que era el perfume de otra persona y le dije: ¡Muéstrate! Fue entonces que apareció el Ángel de Varsovia. Lo supe porque él dijo: Yo soy el Ángel de Varsovia. Tenía tantos penes brillantes que parecía un puercoespín sádico, pero celestial. Era como el ornitorrinco del Cielo.

Yo lloré y reí, varias veces. Pero el Ángel de Varsovia se quedó ahí, esperando, observando. Después de todo era un ser perfecto y yo no, por eso me miraba con un gesto que destilaba aburrimiento y pena. Ese gesto hermoso entre todos esos falos que se comenzaban a pararse porque él leía el pensamiento. Yo me decía: “Este ángel debe de ser muy útil en el infierno” y con una mirada penetrante el ángel me comunicaba cosas que me dejaron estupefacto.

Comencé a cantar como un ángel mientras flotaba en el aire y tuve que confesar que tuve mucho miedo. De que el ángel perdiera su santidad y me hiciera volar a él, violentamente. ¿En cuál verga yo aterrizaría? ¿Tendrían todos esos falos algo así como un destino, tendrían tatuado un nombre? “Oh, Ángel de Varsovia, si te hubiera conocido antes te hubiera hecho una estatua, o un poema”, yo pensé. Todos sus falos se volvieron rostros y me sonrieron. Yo vi que esto era muy útil y deseé ser como él. Tener muchos penes que también pudiera usar como caras o brazos. Para poder tweetear en los momentos de cópula, chatear, o revisar el correo.

Pasaron unos segundos y él accedió. Comenzó ahí mismo la metamorfosis. Después de todo yo estaba flotando en el aire, brillando, y eso acontecía porque yo tenía poder celestial. Él comenzó a hablar en lenguas antiguas, recitó un hechizo espeluznante que comenzaba con extrañas palabras: “¡Omni vergatio…!” y lo demás no pude escucharlo, vi su boca en movimiento pero me habían puesto en Mute. Mis neuronas estaban en stand-by, por esto no me fue permitido entenderlo.

Cuando terminó de decir esas palabras, comenzaron a nacerme falos, por los ojos, por las orejas, por los labios. Mi cuerpo era una gelatina eréctil. Después mi forma se estabilizó, cuando ya no salieron más falos.

¡Yo lo comprendí todo! Y nos apresuramos a volver a la heladera de mi casa-poema. Tomaríamos allí la leche del Demonio, en esta nueva forma. Finalmente llegamos, y tomamos forma humana para recitar el último poema, con los demás. Yo serví la leche del Diablo en dos copas diabólicas en extremo, ya teníamos el cabello irisado, flotando hacia arriba y con los ojos en blanco. Entre gemidos y convulsiones nosotros bebimos la leche del Diablo. Mi habitación se llenó de hombres, faunos, hadas, brujos, magos, hechiceros; también vinieron ángeles y demonios…

¡Y me está vedado contarles lo que sucedió después!

 

 

(C) de Ricardo H. Ortiz
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EL ANILLO Y EL DRAGÓN

Yo quería aumentar el poder de mi magia erótica y sexual. Me había cansado de trabajar con palabras, así que me fui a Dracconia a buscar el Anillo de Cunningling Door.

La guardiana del anillo era una diosa, Cunninlinda. Debía asesinarla y buscar a un dragón letal: el Dragón Doblefellaticon. Fue muy fácil matar a Cunninlinda. Me aproximé a su altar haciendo gestos con mi lengua, ella bajó la guardia, entró en divino éxtasis. Y ahí le clavé el puñal, entre sus gemidos y espasmos. Al escuchar su llamado de cópula, místico y hechizante, llegaron muchos machos, armados con espadas, escudos, harpones y ballestas.

Yo me puse el Anillo de Cunninlingdoor y se abrieron nuevos sentidos. Pude invocar al Dragón Doblefellaticon con sólo nombrarlo. Se armó con espirales de fuego, en el aire. Tenía ese nombre porque tenía dos miembros gigantes, uno en el sexo y el otro en la boca. Sólo habían dos formas de matarlo: a una de ellas nadie la había intentado, y la otra era hacerle un doble fellatio. Yo iba a probar la primera forma de matarlo, la que nadie conocía y me era dado saberlo por el poder del Anillo.

Apenas apareció ante mí el dragón Doblefellaticon me derribó en el acto. Él metió su lengua por mi boca, su pene bucal me llegó a la garganta y esto era exquisito. Con su segunda lengua me rozaba el ano. ¡Ah, ya me salían luces y rosas por todos los orificios! Vi que los bárbaros me miraban y esto me hizo flotar. Ellos rompieron sus armaduras en la entrepierna, y yo estaba en trance.

El dragón me sacaba sus lenguas y se volvía a adentrar. ¡Yo sentía que me hacía seis coma nueve hijos por segundo! Y en el décimo segundo, el Anillo del Cunninlingus comenzó a brillar.  Entonces saltó un científico de la nada, gritando “Esa es la Constante Universal del Macho” y volvió con sus fórmulas al reactor sexual.

¡Me di cuenta de lo que él quería, porque tenía adentro los poderes del Dragón Doblefellaticon! El científico quería recrear el orgasmo de Dios, pero yo sólo veía esos tubos gigantes con una sustancia lechosa, que parecía semen luminoso. Como semen de dragón.

Y el dragón que me estaba dando magia y amor por todos lados. Yo gritaba “No lo maten, ¡no! ¡Es mi esposo! ¡Mi marido, es! Hasta que se acaben los signos”. Yo estaba férvido, con la lengua afuera, loco, con los ojos en trance, y el dragón me sacudía como a una alfombra empolvada. Mi cuerpo ya se estaba rasgando y él se salió, para mirarme fijo a los ojos, en el momento que antecede al orgasmo. Cayó una lágrima en mis labios. En ese momento él entró de nuevo, por ambos lados. Y vi cómo lo atravesaba un arpón plateado. Yo grité, llegando al orgasmo.

Pero éste era un orgasmo vengativo y tenebroso. Con un aura negra y maléfica yo brillaba.

Y corrí para asesinar los bárbaros, con mis dos terribles falos. Los iba a hacer sufrir. Los iba a hacer llorar. No les dejaría siquiera fuerzas para gritarme Basta.

(C), de Ricardo H. Ortiz
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TESTIMONIO SEXUAL

El sexo está adentro tuyo y todo a tu alrededor.

Levanta una piedra y lo encontrarás, corta un pedazo de madera y allí estará.

-¡Sexo! ¡Sexo! ¡Sexo! -grité. Tanto deseaba tener sexo que llovieron hasta prostitutas y maricas.  Yo abrí bien grande la boca para que pudieran entrar hasta el fondo de mí, morir ahí, pero nadie entró.

Yo estaba volando por toda mi alcoba, mis sábanas estaban incendiándose.

Mis lectores muriendo al acariciarse.

 

(C) de Ricardo H. Ortiz
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