Misa final con la Virgen

Anoche, derroche de ciénagas, se llenó de llamas, de vicuñas, el bosque se llenó de almendros; la Muerte sonreía sosteniendo un frasquito verde rotulado “cianhidrina del acetaldehído” en la mano izquierda, pero ofreciendo almendras rancias con la mano derecha.

Había luna llena, pero ¿por qué a la Muerte le gustaba hacer esos chistes?

La umbra se retiró.
La luz se disipó.
¿Y cómo veíamos? Era todo frío y gris, como si viéramos con infrarrojo.

Silenciosamente… algo nos seguía. Todo se puso oscuro y chiquitito.

Algo nos abría en la noche.
Parecíamos niños. Ahora todos estábamos solos. Y yo quería gritar.

La casa familiar se incendiaba en antiguas vecindades.

Yo corría desnudo en el bosque. Y en eso, vi a un señor. Venía con su racimo goteando miel, una preciosa miel, y también goteaba un poco de leche. Y de sangre.

Lejos, en un segundo, la Virgen súbitamente atravesó el bosque. Al abrazarme, lo incendió todo, inclusive el tiempo.

Todo estaba negro, roto. Todo estaba sucio.

Y la Virgen lloraba.

(c) Ricardo Ortiz

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