Misal de los árboles

Yo dibujaba árboles de tutti frutti. Y me asomé para ver si en mi jardín ya crecían árboles de tutti frutti. Entonces dibujé tu cuerpo desnudo, fallecían en la luz las cáscaras de huevo que ocultaban tu nombre, tu vasto nombre.

A la mañana siguiente me encontrarían brillando, volando entre mis papeles, exangüe. Con ojos de atardecer soñando con gotitas de los jazmines del Diablo.

 

Ya lo había escrito. Había escrito mi propia muerte y sería así, invariablemente. Ahora debería escribir mi renacimiento. Sí. ¡Un fénix!

“Al otro día Ricardo te levantaste como un fénix. Los árboles te llamaban y tú caminabas desnudo, vestido por la niebla feérica que te amaba en el bosque. De las nubes bajaron los ángeles, te dijeron: Nos veremos otra vez. Y ya estabas en tu alcoba, con la ventana abierta. Ya penetraban los primeros rayos del atardecer. Tus muñecas ya habían cicatrizado. Y te levantaste hermoso, desconcertante, con ganas de escribir (inclusive sonetos). Estabas dispuesto a empezar de nuevo. Pero ese día te ofrecerían mirar relaciones incestuosas…”.

Yo escribía en una hoja que mi tinta incendiaba. Seguía escribiendo la muerte, se me incendiaban las muñecas, los ojos, se me suicidaba el Fénix.

Todas las voces que hablaban en mí eran voces muertas.

 

Desde la penumbra, en silencio, los árboles observaban.

 

(C) Ricardo Ortiz

 

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