Musical

Yo iba caminando y hablando como un dibujito animado.

Andábamos sonriendo por el camino de las constelaciones, donde precisamente la noche anterior habían violado a alguien. Era de día, pero por dentro era siempre de noche.

Yo quería caminar ancestralmente, hablar en jeroglíficos, caminar de costado.

 

Creo que íbamos saltando cada tanto, en puntitas de pies, como si la vida fuera un musical que representase a la nada misma. Porque la vida, después de todo, era la nada misma. Un lobo que se me representaba sonriendo antes de comerme con bombones y frutillas.

¿Por qué siempre en Disney hay tambores, bombos y platillos? ¿Acaso es así la vida, que por fuerza de ser bulliciosa no se conforma con el caos? De nuevo pensé que era el ruido de los padres. Teatralicé, psicodramaticé a mis padres. Yo hablaba y hablaba pero nadie me entendía, aunque se reían, porque hasta a mí mismo me parecía chistoso, cada vez que decía “platillos”, aparecían personajes tragicómicos con bombos, trompetas y platillos. (¿Acaso mi vida no era una tragicomedia?)

Vibrante como la encarnación del paroxismo, seguí danzando y cantando con movimientos absolutos.

 

Bufón de todos, agujero negro como ninguno, me fui caminando y saltando y sonriendo y llorando a eso que llamábamos vida. Fui flotando pero también caminé como un antiguo, de costado.

 

(¿Fin?)

 

Ricardo H. Ortiz

 

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