La araña y el poema

Fue cuando se me incendió el corazón, en la noche.

Comencé a hablar con Dios, desnudo, y con la cintura en llamas.

 

Mi cuerpo, por la voz de Dios, flotaba y se ondulaba como una tela. Mis ojos en trance. Yo movía mis brazos hacia abajo y hacia arriba, como conjurando.

 

Entonces apareció una araña de luz que tejió el horizonte. Yo cerraba los ojos pero todo lo veía. Lo sentía, en el fondo, adentro. De repente, todo se abrió y la música que cantaban las estrellas se detuvo.

¡Sí, oh sí! Las puertas de mi pecho se abrían y se golpeaban, electrocutándome. De pronto lo comprendí, la araña era un ángel.

 

Sus patas, orientadas al cielo, iluminaban la noche. A ella también algo se le abrió, adentro, y con un pilar de luz comenzaron a salirle querubines.

Yo estaba erecto y desnudo, tus manos desde la lejanía grababan de nuevo tu poema. Yo reía y lloraba y volvía a gritar; arqueándome, brillaba. Y cuando terminé de metamorfosearme con tu amor me di cuenta que me había salido varias patas.

 

Y que algo se agitaba y volaba en mí, por dentro.

 

 

(C) RICARDO H. ORTIZ

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