Mademoiselle Lamort

Ahí estaba ella, gélida, superficial. Estaba siempre en pose Mademoiselle Lamort, hablaba el silencio, sin cesar, creía vestirse con su propio lenguaje. Que sólo ella (y yo) entendía.

Ella fumaba, se volvía de colores y formas insospechadas, rojos azules, negros, amarillosucios, diversos personajes. Hitler, Shiva, el Diablo, Nerón. También (creo) se convirtió en Ratzinger.

Ella continuaba fumando, sacaba sus tetas afuera de la toga negra. Yo no la miraba por miedo a morir pero vi que sus ropas cambiaron y ahora era una monja hablando del hambre.

Todos bendicen la comida, se llenan, rezan, hacen el amor, pero: ¿se acuerdan de África? ¿Cuándo fue la última vez que alimentaron a un pobre, que le abrieron las puertas de su casa, lo bañaron, le cortaron el pelo y le hicieron el amor hasta el cansancio?

Eso es piedad. Darle un minuto de tregua a un alma que a fuerza de terror trepida en la demencia pero aún destila su encanto. Ojos que miran, que desean un poco de amor.

¡África está a la vuelta de la esquina! Y yo aquí, rodeado de libros, ahogándome en la tecnología que no cesa de enviciarnos.

Nos volvemos animales, bestias de costumbre, monstruos deshumanizados con uñas de oro y ojos de diamante.

-¡Ah, pero nos damos el gusto de hablar de África!
Y a esas sentencias frívolas le sumamos algo indecible, decimos “pobres negros”, como si el racismo o vender una cúpula de oro pudiera sacar de la miseria a todo un continente. Ciertamente nos vendría bien callarnos o comprarnos una cruz esvástica.

De todo eso me habla La Muerte y yo no puedo contenerme. Ella se ha levantado la falda y he mirado esa oculta y misteriosa caverna.

Ingreso en ella. Me asfixio, me diluyo, dejo de ser y estar. Me deshago en una bonita acuarela fluorescente pintada sobre el negro. Ríos de color bailando, incendiando las sombras, y así soy yo; magnífico, vívido, temperamental, adolescente.

Ahora el marco se rompe, y hasta las palabras se diluyen en sonidos, colores, tiempo.

Estoy en todo. Reluciente y desnudo. Yo cierro los ojos y finalmente callo.

La dama de negro me está fumando.
Y tengo mi último sueño animal.

(C) RICARDO H. ORTIZ
Intertextualidad: A.P.

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