Medialulala

Copulé en un instante con múltiples embriones de algodón movilizados a control remoto. Mis piernas de espárragos eran furiosas viborillas que cocían todo en un abrir y cerrar de piernas.

Tijera, temblor, prensa de papel, encolado superficial estucando todo lo que existe.

Yo enhebraba con mi sexo algunas perlas, pero el amor (siempre ausente) me dejaba tras las rejas. El feto ardía en el altar, ¿quién, por qué le prendió fuego?

Dificultad lila de dedos rígidos al instante, soy La Muerte. Rumor rebelde de veneno verde que súbitamente no cesaba de agravarse. Amargura fétida y total: es la nieve que por segunda vez decide invocar todas las tragedias.  Un huevo en un frufrú tímido pero implacable, flap, flap, flap, masturbación entre roces de alas y telas sedosas y rosadas.

Yo fui una luna ilusa, fui niña y -¡No, por favor no lo digas!- fui tambor. Tambor, tam, tambor.

Pálido y cálido un paño celeste bautizaba mi locura. Escucho ruidos en la terrible orfandad de mi negrura. Perros negros saliendo de las sombras. No los veo. Espíritus peinándose en el espejo, en las sombras. Insectos nunca vistos y demonios pululando afuera. Junto con un amor del pasado que canta como un violín.

Pavor. Aleteos. Algo sube por la escalera.
Risas.

Pasos. Un silencio.

Justo cuando creo que me salvé, algo comienza a arrastrarse por los escalones y se empiezan a ver unas sombras.

No quiero ver, no quiero ver. Pero abro los ojos.

Muero del terror cuando veo su cola.

FIN.

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