Episodio Cero

 

 

Están charlando. La TV está prendida, nadie le está prestando atención. Tienen ganas de tomar la mediatarde pero hace un rato largo que están a los amagues.

Él comienza a sacarse la remera porque hace calor. Lo mira de reojo y no resiste la tentación: da un paneo completo con su mirada. Curioso. Es la primera vez que lo ve en cueros en cinco años. ¿Por qué? Empieza a elaborar hipótesis del por qué nunca antes había visto su formidable cuerpo musculoso, sexy, velludo.

Ahora nota que su mejor amigo es la persona más linda que conoce.

Baja la mirada, mira un volumen prohibido, sutilmente contorneado, quizás exagerado por el pantalón de gimnasia. El pecho y los brazos están brillando, sudados; vuelve a los pectorales: los vellos forman un dibujo, algo así como un arabesco hipnótico, indescifrable, indecible.

No. Él es hipnótico, indescifrable e indecible, pero es la primera que se queda colgándolo así, mirándolo. Se pierde. Desearía morderlo, arrancarle lo que queda de ropa. Aullar. Su pecho ejerce una supremacía exacerbadamente magnética que no le deja hacer otra cosa que morderse el labio inferior, palpitar, suspirar, entrar en una fiebre de ideas. Levanta la ceja izquierda y se hace la película (los ratones, y todo lo que puede imaginarse ahora, mañana y siempre). Sueña. No quiere despertar.

Pero despierta.

 

Recuerda que estaban hablando. ¿Hace cuánto? ¿De qué? (Dios mío, qué calor, tiene ganas de sacarse algo). Descubre que su mejor amigo lo había estado mirando todo el rato. En el fondo, ambos saben qué sucede. Se sienten cómodos. Su amigo le sonríe. Él sí tiene puesta una remera extra y el calor es infernal. (Quiere estar con él completamente desnudo, como dos estatuas de mármol, fijas al suelo, mirándose)

Su amigo le dice: “Te quedaste mudo…”, a lo cual él contesta “Perdón, no pude evitarlo”. Intentó, pero no pudo confesarle lo que sentía, después de todo éste era uno de los últimos días juntos, se separarían para siempre. Su amigo estaba cansado del pueblo, iba a vivirse lejos, a Buenos Aires. En el fondo, él temía que jamás volvieran a verse.

Pero su amigo contesta: “Yo sé lo que te pasa. Te conozco”. Da el primer paso, se acerca. Sonriendo, claro, siempre sonriendo.

 

Se besan, se abrazan. Están haciendo el amor.

 

 

¡Y él se despierta! Está llorando. En los auriculares suena despacito “Una Palabra”, de Carlos Varela. Impacta contra la realidad. Lo extraña, lo necesita. Pasaron muchos años y todavía lo ama.

Probablemente el último día que se vieron no debería haberse quedado callado. Sólo expresó con estúpidas miradas un estúpido y patético reflejo de lo que sentía. Nunca un beso, nunca una caricia, nunca un abrazo.

Pero no importa.

Ya es muy tarde.

 

 

 

 

 

 

(CC) El Sonido De Los Colores Del Tiempo

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