MANIQUÍES DEPRIMIDOS EN LA INFANCIA


Aquí yo, haciendo política con La Muerte. Roces, suspiros, éxtasis.

Arcángeles poseídos violando mis bocas. Demonios divinos acariciando mi espalda.

Sí. Carcajadas y gritos de terror en el interior de mis vocales.

Entre fardos y poses desear muecas sensuales, pintar en la mente, fotografiar, escribir, cantar, copular, y que todo sea bello. Pero ellos seguirán siendo ángeles, ellos demonios, y yo poeta. En cualquier momento un árbol incendiado por ojos que salen del aura me hablará del destino y habrá una tele-transportación súbita al lugar donde te conocí. A ese lugar donde en cada poema te revivo.

Se actualiza mi sistema. Pero los ángeles se compadecen ya que los demonios bloquean mis diálogos emergentes: ellos también tienen antivirus. Cadenas sobre mi sexo, cadenas en mis muñecas, en mis bocas. Ellos sonríen y se acercan diciendo Estás en cuarentena.

Caen los brujos de papel crep que hablan en varios idiomas y yo quedo mudo. Se rompe la madera de mi marco interior, pierdo la erección y flotando en la alcoba aparece un crucifijo hecho con las astillas del marco. (Cristo tiene los ojos de Juan Marcos y él es la salvación, por eso canta como soprano) Los brujos de papel crep aprenden mis nombres y yo los olvido. Ellos tienen garras, pústulas, dientes filosos. Ellos han comido los sonidos del tiempo, ellos han probado el magnífico color de las vocales.

Y mi sexo es un árbol en la selva, con un hueco gigante y con una estufa de cuarzo prendida adentro por la energía que se destila al impostar el fuego con potencia impostergable. Innoble injerto magnético, lágrimas de metal imbuidas a actuar por sí solas en un poema.

¿Existe la vida más allá de la literatura? ¿Existen los poemas? Solamente quiero vidas lilas o muertes doradas y de esas no veo ninguna por aquí.

Se hace de noche. Corro entre los laberintos de un cementerio ¡y está oscureciendo! Risas de brujas en el viento. Me largaría a llorar como un niño, pero estoy desnudo y sin duda alguna los muertos correrían a violarme. Renacerían. Vendrían del pasado al presente y no los podría conjugar más en seguros y cómodos participios.

No quiero llorar pero lloro.

Una herida que se abre y me cierra.

La llaga está en el tronco del árbol, en la infancia atormentada por los soles atómicos de bombas familiares (y bla, bla, bla).

–Ese día yo estaba descompuesto y no tuve a nadie –me dije.

Hubo un silencio.

–Y como siempre, lloré. Embarrado, lloré en silencio, y nadie vino. ¿Cómo explicarle a un niño que el sexo no es la muerte; que Dios existe? Sal, vinagre, pólvora y pimienta en la quinta herida. La herida es de Dios y del niño. Y yo insulto, yo lloro y me desnudo. Y yo corro por los laberintos del subconsciente, gritando socorro, y buscando la salida como un animal.

Pero yo, el niño violado, está en el medio del cementerio vestido de blanco. Y ya se hace de noche y ni un ángel viene.

Y yo estoy solo en mi cama, y hace frío. Y quiero morir.

Pero entre jazmines y rosas, la Virgen llega.

(C) RICARDO H. ORTIZ
Todos los derechos reservados. Intertextualidad con Alejandra Pizarnik.

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