Una amistad diferente

Habían sido amigos de toda la vida. Se conocieron en la primaria. Néstor era gordito, petiso, tan blanco que su piel adquiría una tonalidad un tanto rosada, con pecas, ojos verdes y el cabello castaño claro, con rulos. Mauricio era muy inteligente.

Al principio sólo hablaban en los recreos. Néstor era malo para jugar al fútbol y a Mauricio directamente no le gustaba jugar a la pelota.

Mauricio tenía muy buenas notas, era el más inteligente de la clase pero le gustaba explicarle las tareas a sus compañeros. Se aburría mucho durante el cursado y algo le entretenía ayudarle a la profesora a aclarar las dudas. Néstor tenía pocas luces, sus notas dejaban mucho que desear, así que
ellos comenzaron a juntarse para estudiar por las tardes, a la salida de la escuela. Hacían los deberes juntos, preparaban clases especiales, maquetas, afiches. Luego se juntaban hasta para hacer las tareas de manualidades, pinturas y dibujos que les encargaban para los fines de semana.

Al poco tiempo se notó que aumentaron las notas de ambos. Mauricio siempre había sido el chico diez, pero había mejorado en Educación Física porque jugaba al fútbol y al volley ball en casa de Néstor. El último ya no reprobaba sus exámenes de Lengua y Matemáticas.

Se juntaban todos los días. Néstor era hijo único, así que Mauricio representaba el hermano que nunca había tenido. La única discusión que tuvieron fue al finalizar la primaria. Tuvieron una charla de educación sexual y Néstor no sabía qué era “hacerse la paja”. Le preguntó a Mauricio en voz
baja, y éste riéndose le contestó que era la forma vulgar de referirse a la masturbación. Le sorprendió mucho que su amigo le respondiera qué es eso.

“Preguntale vos”, le respondió, agregando: “para eso es la charla de hoy, para que nos saquemos las dudas”.

Y así lo hizo. Todo el curso se rió de la pregunta, inclusive su mejor amigo. A Néstor no le importó que se burlaran de él, pero le molestó mucho oír las carcajadas de Mauricio. De tanto reír hasta había lagrimeado.

Luego vino el cóctel de hormonas. La primavera del cuerpo. Las pasiones. La sensualidad oculta, las fantasías privadas. Era la primera vez que había secretos entre ambos.

Pasó el tiempo. Comenzaron la secundaria en dos escuelas diferentes, pero Néstor no soportó estar lejos de su amigo. Con la excusa de que no le gustaba se cambió a la misma secundaria. Los secretos desde las sombras seguían trabajando.

Silencios. Oportunidades perdidas. A la vida de Mauricio vino el amor. Néstor estaba siempre solo.

Su amigo le presentaba amigas pero él se resistía, no quería conocer a nadie.
Dos años más tarde, Mauricio le contó que tenía novio. Néstor estalló en celos. Le preguntó por qué lo había elegido a su novio, si no tenía nada de genial, él lo conocía pero lo creía bastante estúpido.
Luego preguntó si alguna vez se había sentido atraído por él. ¿Sería esa la razón por la que siempre estaba solo? ¿Sería esa la razón por la que sólo lo invitaba a dormir a su casa cuando sus padres estaban de vacaciones? Mauricio pensó en un millón de cosas posibles.
El noviazgo entre Mauricio y Andrés duró cuatro meses después de ello. Cuando cortaron, Mauricio notó que también hacía casi cuatro meses  que no veía a su amigo. Desde esa charla. Había estado tan sumido en sus problemas personales que en una actitud bastante egoísta se había olvidado de todo el mundo.

Fue a visitar a Néstor y éste lo recibió con los ojos enrojecidos. Había estado llorando.

Mauricio le preguntó si estaba bien, pero hizo todos los intentos de mostrarse impasible. Entraron a la casa, se sentaron a tomar el té sin proferir una palabra.

–¿Qué te pasa? –inquirió Mauricio. Néstor rompió en llanto, como un niño, bajando la cabeza. Se hizo otro silencio oscuro, denso, como un mar de tinta china que cuece el alma y apaga los sentidos.
–Dale, decime. ¿O no me querés contar? –insistió su amigo. Pero Néstor hizo un gesto de cabeza, como diciendo que no. Luego subió los pies a la silla, abrazándose por las piernas y escondiendo la cabeza entre las rodillas.

Distanciamiento. Silencio. Señales de culpa. A Mauricio no le gustó esto, pero no soportaba ver así a su amigo. No podía hacer por él más que un poco de compañía. Se levantó de su silla, le acarició la cabeza y Néstor se calmó. Lo tomó por los brazos, luego hizo fuerza por debajo de las axilas como
queriendo levantarlo.

Néstor se paró y Mauricio aprovechó para abrazarlo. Era la primera vez que se tocaban. Se habían tocado antes, pero nunca así, de una forma tan íntima. Debajo de sus cinturas, algo crecía. En el momento que comenzaron a notarlo, Néstor apartó un poco su cabeza y le dio un beso.

–Esto es lo que me pasa –le dijo, con los ojos brillantes. Mauricio comprendió todo. No le hizo falta conversar más. Le devolvió el beso, caminando lentamente en dirección al dormitorio de Néstor. Se besaron apasionadamente por todo el pasillo, empujándose contra las paredes.

Dejaron tiradas las remeras, las zapatillas, los jeans, las medias. Dejaban los pares juntos, como si fueran las dos pisadas de una huella.

Llegaron al dormitorio sólo en bóxers. Mauricio tenía sobrada experiencia, pero Néstor era la primera que besaba a alguien. Mauricio había reservado ciertas cosas para alguien especial. En ese momento supo que ese alguien era Néstor.

¡Se miraban a los ojos y se decían tantas cosas, en silencio!

 

Mientras el té se enfriaba en la mesa de la cocina, ellos se miraban, se incendiaban lentamente así.

Se quedaron en esa postura casi toda la tarde.

Cuando el sol bañaba sus cuerpos con los últimos rayos, se sacaron la ropa. Sus cuerpos de adolescentes lentamente se transformaron en los de dos hombres de dieciocho años, mientras danzaban horizontalmente como las olas del mar. Como dos gasas blancas flotando en el viento en un día nublado.

Hicieron el amor en la cama de Néstor, al lado de sus útiles. En ese instante entró a la casa la madre de Néstor. Su padre se había quedado en el auto.

Ninguno de los dos escuchó la puerta. Ella se dirigió a la cocina, vio las tazas sobre la mesa, y sigilosamente se asomó por el pasillo. Reconoció las
ropas de ambos. Se animó a reptar silenciosamente hasta el dormitorio, Dios, vio cómo se amaban.

Rápidamente escribió una nota que dejó sobre la mesa y se fue.

La nota decía:
“Mi vida, los vi tan felices que no los quise interrumpir. Nos quedamos en la casa de la abuela, venimos mañana. Ordená todo antes que llegue tu padre. Un beso a ambos. Te quiere,

Tu madre”.

 

Néstor leyó la nota recién a las cuatro de la mañana, luego de hacer el amor tres veces. Si no hubiera sido por el hambre que siente el cuerpo después de la cópula quizás su padre lo hubiera encontrado en la cama con otro hombre.

¡Qué lío en el que se hubiera metido!

Fue a la cocina buscando algo que comer y un vaso de agua. Además tenía que regular el calefón antes de bañarse. Vio el papel sobre la mesa y comenzó a preocuparse.

 

Sí. Era su madre. Evidentemente lo sabía desde antes, o al menos lo sospechaba. Su padre jamás iba a aceptarlo. De repente, le dio vergüenza. ¿Su madre lo había visto ser sodomizado por su amigo, o haciendo las veces de macho?

Después hablarían de ello, probablemente. Luego se enteraría que ella “sólo” los vio haciendo un sesenta y nueve. Pero en este momento le alegraba la aceptación de su madre.

Recogió las ropas. Se dirigió a la habitación y le mostró la nota a Mauricio, con una sonrisa de oreja a oreja. Como Néstor dormía desnudo, su padre nunca entraba a su habitación y por ello le resultó seguro que durmieran juntos. Era la primera vez que intimaban y quería que esta vez fuera especial,
diferente.

 

Pero Néstor se equivocó. Antes de irse a trabajar, su padre entró a ver cómo estaba su hijo. Por la noche les había dado calor así que habían tirado las sábanas al piso, inconscientemente, revelando sus cuerpos desnudos. Para su padre fue una imagen fuertísima, pero tierna. Él se acercó, lo besó en la frente, y mientras se despertaban los tapó hasta la cintura.

Y como buen cristiano que era, prometió amar a su hijo por siempre, tal como era.

A partir de entonces, era normal que Mauricio se quedara a dormir en la habitación de Néstor casi todas las noches.

 

FIN.


(C) RICARDO H. ORTIZ
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