EL GRINGO

 

Unos planetas y algunos trapos le cultivaban adentro muchas estrellitas. Ya una voz larga y gruesa le había dejado su marca roja y adentro ya se le estaban gesteando prepucios y vocales.

El tenor siguió cantando, embarazado de gris, de rojo; él daría a luz La Muerte. Y ese Gringo, vivaz y procaz, adjuntábasele a su temor como un archivo de éxtasis. Él quería medicarlo, curarlo, ofrecerle un masaje holístico y una mamada vigorosa, incierta.

 

Fluídos alucinantes se transformaban cortésmente en una imperturbable crueldad.

-Ay, Señor Gringo, no. ¡Despacio! ¡Espere!

Pero su voz le entraba mágicamente como un dardo, como un ágata roja que le desgarraba todo, adentro.

Pensar que sólo le estaba cantando al oído.

Estaban completamente vestidos y disolviéndose en bestiales placeres.

Los amantes sonoros se turnaron, vuelta y vuelta, cada tanto uno le cantaba al oído y el otro gozaba. Demoraron una semana en desvestirse. Entonces se abrazaron y durmieron desnudos. Para siempre.

 

FIN.


(C) RICARDO H. ORTIZ

 


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