La furia del ángel

Ángel

Image via Wikipedia

El zorro y el panda parecían plateados. Cuando rugieron me asusté, y de un salto fui a parar a la nube… ¡Había un ángel!

Dormí y sollocé en el viento, me hice flores y rocío. Alguien me abrazó. Sí. Era el ángel. Sentí cómo incendiaba todo mi cuerpo. Vi cómo me salieron hermosas alas. Entonces se fue.

Me quedé varios días llorando su nombre. Estuve dos semanas en el cielo, llorando, desnudo. La gente caminaba y decía “¡Llueve! Pero hay sol, se está casando una bruja”. A lo que incrédulos añadían: “¡Mira el cielo, es un ángel!”, como si hablaran de Super Man o Batman. Ellos son superhéroes, no sufren. A mí me acababa de dejar el ángel.

 

Pasaron muchos días y ya estaba aburrido. Bajé. Lo primero que hice fue rugirles al zorro y al panda hasta que quedaron momificados del espanto.

Entonces pasó un caballero. Iba con espada y armadura, como en los cuentos.

–¿Aquí qué pasó? –dijo.

Sin más preámbulo y abriendo las alas, le dije: –¡Estoy buscando un hombre!

 

Vi cómo comenzaba a sacarse la armadura. La espada le crecía y se le hacía más gorda, esto me asustó porque vi en ello una ominosa señal. Clavó su espada en un árbol y éste dijo “¡Ahhh!”, dando a luz frutos increíbles. Él seguía quitándose la armadura. Dejó el escudo en el piso. Se sacó las botas, y comencé a percibir su aroma a sangre y macho –recordé el perfume de Lady Gaga.

Estábamos en el bosque pero alguien nos puso música acorde. Cantaban colibríes.

¡Entonces sucedió! El hombre parecía un toro, un rinoceronte en estampida, aunque estaba quieto. Se incendió, convirtiéndose en un demonio, un demonio sexual que me ultimaría por siempre. (Mi casa de la infancia estaba en ruinas; la espada y el árbol, en llamas)

Estaba tan erecto y desnudo que podría haber llegado al orgasmo con solo mirarlo. Pero cerré los ojos y lo abracé.

–Por favor, quédate a dormir conmigo.

Como no era muy despierto, él contestó, con el cuerpo en llamas:

–No conozco a nadie que se llame Migo.

–¡No, imbécil! Quédateadormirconmigo –Se lo dije todo junto para que entendiera rápido. Y él comprendió. Su cuerpo se apagó, volvió a la normalidad y su espada salió del árbol. Lo abracé más fuerte y le dije “Abrázame el alma”.

Y dijimos “Ahhh”.

 

Los violinistas patinaban sobre hielo alrededor de nosotros, en hermosas coreografías. Un rayo de luz iluminó nuestros cuerpos desnudos.

El caballero comenzó a transformarse, cuando le di un beso le salieron alas y me dejó.

 

Yo lloré dos semanas y salí corriendo a buscar a alguien.

No a alguien que le gustara Micuerpo, sino alguien que durmiera con Migo y que no fuera mi ángel de la guarda.

 

FIN

 

(C) de Ricardo H. Ortiz
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INTERTEXTUALIDAD CON MAROSA DI GIORGIO

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