HABLANDO EN COBRE

Estaban los seráficos, los ocultos en la sombra, los que hablaban en luces de colores.

Ahí estaban los Tres Santos: el ángel de diamante, el ángel de luz y el ángel de cobre. ¡Ellos se disputaban por todas las riquezas del mundo! Y sucedió ahí, ahí, ¡en el bosque de las sombras!

El ángel de Diamante era hermosísimo, ojos azules, casi de lapislázuli, pupilas de turmalina, y sus gigantescas alas de diamante… Él, alto y radiante, parecía una estalactita hermosa. Su piel centelleante era un sublime apocalipsis.  Su aliento era un susurro de invierno. La belleza de Dios lo congelaba todo. Competía, sí, competía. ¡Su superioridad no debía conocer límites!

El Ángel de Luz, en cambio, recitaba versículos. Era el bien mismo, había que leer las letritas doradas que exhalaba cada vez que pensaba o pronunciaba una palabra. Las letritas de luz eran el verdadero lenguaje…

Él Ángel de Cobre era un ángel extranjero, que demostraba su poderío gracias al reinado de muchos países. A veces le decían El Ángel Multinacional, o “El Elegido”. No poseía ni la soberbia del diamante ni esas abstracciones lumínicas de infinito. Era real. Era casi un hombre. O varios… ¡Él hablaba en cobre y todos los cuerpos se llenaban de signos, de glifos! A todos se nos abrían las puertas del cuerpo y del alma. Se frenaba el tiempo y nos entraba el caos, el apocalipsis.

Y así él reinó. Ganó la lucha sobre el océano Atlántico.  Habló en cobre, e instantáneamente se incendiaron los ángeles de luz y de diamante. Se acercaron a su sexo, a sus glifos. Se fusionaron así, con luz fosforescente. ¡Se amalgamaron!

¡Él Ángel de Cobre los poseyó con todas sus valencias! Entró en estado de transición, y él devoró sus almas, decoró sus propias alas con diamantes, su aliento se volvió de luz y de ahí en adelante lo conocieron como El Ángel Triple, o “El Prohibido”.

Se dice que cada tanto, cuando hay luna llena y alguien entra desnudo al bosque de las sombras… se lo ve flotar sobre el océano, haciéndole el amor a alguien, flotando en el aire o haciendo pozos en los cerros, con sus poderosos glifos arcanos.

Y así, él pasó por el mundo, volando, rompiendo el tiempo… Como un taquión, iba conociéndolo todo desde el futuro hasta la prehistoria.

Devorando la eternidad.

 

 

(C) de Ricardo H. Ortiz
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NOTA: Este texto tiene el título de “Hablando en Cobre” por un certamen literario con el mismo nombre, al que no pude participar por no ser español ni residente en España. (Me di cuenta después de haberlo escrito…)

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