Preguntas

¿Te acordás la primera vez que nos tocamos? Fue en el cumpleaños de una amiga, nos encerramos en su alcoba a ver una película y en el momento menos esperado comenzamos a jugar, pegándonos con las almohadas. Cuando sentí tu erección largué la carcajada y no jugamos más.

¿Te acordás cuando empezamos a abrazarnos demasiado? Vos estabas en pareja, yo muy solo, y al principio no me pareció nada malo… ¿Acaso no se abrazan los amigos? Cuando me tocabas, la vida era un himno a la alegría y yo parecía reprimirlo, no escucharlo; tu voz rompía mis jaulas, la cercanía de tu mano las quemaba.

¿Te acordás cuando empezamos a clavarnos la mirada? A veces estábamos hablando, y nos mirábamos los labios, en silencio, y cuando pasaba mucho tiempo nos daba miedo de romper el hielo porque no queríamos que se rompiera la magia.

¿Te acordás del brillo que tenían tus ojos esos días? Siempre habías cocinado horrible. Recuerdo esa noche que me invitaste a cenar y de repente cocinaste la mejor comida de mi vida. No te diste cuenta, pero habían fuegos artificiales en tu mirada.

¿Te acordás que esa noche estábamos solos en tu casa y me invistaste a dormir? “No pasa nada, él está de novio” yo pensé. Creí que era malpensado. Pero…

¿Te acordás todas las preguntas que me hiciste? Tus declaraciones sonaban a promesas, y cuando te escuchabas, te daban vergüenzas tus propios elogios… Luego vinieron tus propuestas. Te dije que no. Al rato, te cruzaste a mi cama.

¿Te acordás de lo que hicimos después y que todo quedó en la nada? Me besabas, me abrazabas, siempre temblando porque tenías mucho miedo de tocarme. Al otro día cortaste con tu novia, me dijiste “No quiero verte nunca más” y no nos vimos durante dos años. Si la idea fue tuya, nunca entendí por qué me hiciste sentir culpable.

¿Te acordás de todas mis llamadas? Yo sólo quería arreglar las cosas, comprendí que no podías manejar tus emociones, tus fracasos, tus miedos.  Entendí que esa noche no querías usarme, a pesar que lo hiciste.

Un día nos amigamos, no hablamos de este episodio nunca más.

Lo que realmente me aterroriza es ver de nuevo ese signo de pregunta en tus ojos, en tus labios. La única diferencia es que ahora celebro tus silencios. Me dan calma.

(c) de Ricardo H. Ortiz

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