Hambre

Yo subía, me adentraba en la nada de un adolescente porque quería atemorizarlo un rato.

Desde un carruaje tembloroso mis manos daban muerte, mis pensamientos plateados le pegaban, convirtiéndome en ángel.

Llovió, tembló, le rocié su almendra con mi miel, yo fingía que le fabricaba alas.

Entonces me crecieron los dientes y todo su ser comenzó a latir. Yo tenía hambre.

Y él ya era un gigante de caramelo y manzana…

 

(C), de Ricardo H. Ortiz
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