Continuidad

Recuerdo cuando tenía veintiún años. Mi mejor amiga era Laura y a decir verdad era mi única amiga. En la facultad me hice de un amigo nuevo, Danilo, que siempre estaba muy solo, a mí me daba un poco de lástima, así que lo invité a que trabajáramos en los mismos grupos, en las horas de práctica. Terminamos siendo compañeros de estudio, hasta que la relación se fue fortaleciendo porque desde entrada tuvimos mucho feeling.

Yo no le conocía novias, ni me hablaba de su vida íntima porque él era muy reservado. Él era muy lindo y tenía buena suerte con las mujeres, seguro tendría sus historias y no me quería contar… Con el tiempo descubrí que no era así. Era muy buen tipo, así que para sacarlo de su soledad, le presenté a Laura.

Eran tal para cual. Al poco tiempo se pusieron de novios. Y debo confesar que sentí un poco de celos. Unos celos chiquitos, imperceptibles, que casi molestaban. Lo raro fue que lo celaba sólo a él. Yo al principio me lo negaba, pero sabía la razón que originaba todo esto. De alguna forma lo pude controlar, yo a él lo veía en la facu o cuando estudiaba, y visitaba a Laura en horarios que él no podía. Evitaba verlos juntos. Yo tuve mis historias y me desaparecí un poco, tampoco les conté nada porque yo era muy reservado.

Gracias a Dios desaparecieron pronto los celos. Debe de haber sido lo que había estado solo tanto tiempo. Pasó un año más y cuando tomé coraje, le conté de mi sexualidad. Ni siquiera le había contado a Laura que era amiga desde la infancia, así que le rogué que guardara silencio.

Nunca olvidaré su cara. Cuando le conté se hizo un breve silencio; aunque a mí me parecieron cuarenta minutos. Al final, él dijo: “Está bien, la verdad nunca me lo hubiese imaginado, pero bueno, gracias por confiar en mí y contarme”. Él me dio un abrazo y no hablamos más de eso.

…Yo me arrepentí de habérselo contado. No quería que él pensara que detrás de eso había una intención extraña. Que estaba tanteando el terreno, o algo. Me equivoqué, creí que podía hablar con él de estos temas y él aceptó mi sexualidad pero me cerró las puertas del diálogo. Me dijo que nunca más le hablara de esto. Yo en cambio tenía que escuchar las cosas que él hacía con Laura, y no me quejaba.

Quizás algún día él superaría su homofobia. Bastante tenía el pobre con reprimir algunos chistes y vocablos, muy frecuentes en su persona. (¿En qué estaba pensando cuando le dije?)

Empezamos a ir al mismo gimnasio y todo seguía igual. Él no se inhibía en las duchas, yo como siempre tenía que hacer fuerza para no mirar. Igual se me iban los ojos, aunque nunca me quedaba mirando. Los dos al poco tiempo habíamos desarrollado un físico espectacular. Él era más musculoso, así que definió su cuerpo más rápido.

Por momentos pensaba que él se había olvidado de mi sexualidad. Mientras tanto, no tenía amigos de confianza con quién hablar. Sentí que hacernos compañeros de gimnasio le había dado un toque de virilidad a nuestra amistad. Él comenzó a invitarme a jugar al fútbol con sus amigos, yo me distancié de Laura y él me insertó de lleno en su vida. ¡Chanchos amigos! Era normal que él durmiera en su casa y él en la mía.

Mis padres lo adoraban y los suyos también me apreciaban mucho porque mejoraron sus notas. La verdad que habíamos hecho una amistad sólida, perfecta.

Recuerdo que a pesar que él era muy lindo, jamás me había llamado la atención. Ese era uno de mis tantos miedos. Y era verdad, nunca me había atraído sexualmente. Hasta que fuimos a nadar desnudos al lago, fue ocurrencia suya. Yo acepté. Esto debía ser normal en un grupo de amigos varones. Aunque estábamos los dos solos, y quizás fue esto lo que me ponía tan nervioso. Llegamos al lago y él se desnudó.

Quedé en trance mirando sus piernas, su cola, sus tatuajes (el del bajo abdomen y el del brazo). Su cuerpo de macho parecía sacado de una de mis revistas de hombres para hombres. Mi pene se estaba haciendo una mano que quería tocarlo. Él se giró, desvergonzado, en una milésima de segundo tapé mi entrepierna. Mi cara debía estar rojísima porque la piel me hervía. Mi sexo quemaba. Él dijo: “Dale, destapate, está bien”. Yo le obedecí.

Entonces él llevó sus manos detrás de la nuca, riendo, y posó para mí. Yo quería volverme fotógrafo y ofrecerle una sesión de desnudos artísticos, para mirarlo luego. En ese segundo tuve la erección más fuerte del mundo. Él bajó la mirada y esto lo divertía y ruborizaba.

Él se dio vuelta, me dio la espalda y siguió posando. Yo miraba sus nalgas. ¿Estaba de espaldas para que no viera su erección? Nunca lo supe porque Danilo se tiró al lago. Y yo lo seguí. Comenzamos a nadar, ¡él se veía tan hermoso debajo del agua! Me apuraba para alcanzarlo, entonces lo abrazaba debajo del agua.

Nos abrazamos y nos besamos, toda la tarde. Fueron momentos únicos. Secretos. No hicimos más que eso, que para mí ya había sido demasiado. ¡Yo me sentía en una novela de Corín Tellado! Salimos del agua y yo le dije un Te quiero, que significaba un Te amo. Era de esperarse: Danilo no respondió. Él tenía novia (que de paso era mi mejor amiga).

Se hizo un silencio muy denso, pesado. Era asfixiante. Sabía que había llegado a mi límite y que no debía ejercer presión. Luego de un rato rompí el silencio: “¿Al menos te puedo abrazar?“, le dije. Él asintió con el cuerpo, abriendo los brazos. Nos secamos así, al lado del lago, desnudos. Yo evitaba sus ojos, sus labios y me escondía en sus brazos, como diciéndole Perdoname.

Yo intentaba contener las lágrimas, que no se entrecortara mi respiración. Hasta que no pude más y largué el llanto. Me sentía una basura, lo peor del mundo. Pensaba en Laura.

-Bueno, Ricky, no te pongas así -me decía con una voz muy suave, acariciándome el pelo-. No llores, basta…

Nos quedamos un rato largo en silencio. No se podía hacer nada. Él estaba de novio con mi mejor amiga y a él no le gustaban los hombres. O eso creía. Hasta que me dijo que cada vez que fuéramos al lago nadaría desnudo conmigo. Lo tomé como una promesa y me esperancé un poco. Me lo dijo mientras mirábamos las estrellas. Luego me prometió que cuando estuviera soltero podría pedirle cualquier cosa. No le di crédito a mis oídos, le pedí ejemplos.

-Cualquier cosa, y sabés. Que hagamos algo…

-¡¿Como qué…?!

-Bueno, ya sabés, hacerme el amor. O hacerte el amor. Quiero que mi primera vez con un hombre sea con vos.

Pasó el tiempo, yo interiormente esperaba que él cumpliera y sentí la ansiedad que me comía los nervios. Él cortó con su novia y así fue, cumplió su palabra, después de un día de nado en el lago. Por una cuestión de generosidad, omitiré los detalles.

Repetimos lo del lago varias veces y me enamoré. En realidad acepté que hacía un buen tiempo que ya estaba enamorado.

Un día funesto él me invitó al lago y no pude ir. Ese mismo día él se ahogó. En el lugar que había sido testigo primero nuestro sexo y de nuestro amor. Recuerdo el velorio como algo irreal, como si hubiera transcurrido en cámara lenta. Estaba tan mal que no le pude dar el pésame a sus padres. No podía hablar.

Por ahí estaba su exnovia, mi examiga. Laura. No nos hablábamos desde que ellos cortaron. Ese día hicimos las pases, en silencio.

Ella me abrazó porque yo lloraba desconsolado. Sólo ella sabía. Había sido una excelente mujer, no se lo había comentado a nadie.

Después de él tuve muchas historias, pero nunca me volví a enamorar. Creí que era imposible. Jamás iba a encontrar alguien mejor que Danilo. Ayer después de dos años de su muerte, seguía en cierta forma buscándolo.

No había superado su muerte. Así que tomé coraje y fui solo a pasear por el lago que no volví a visitar después de su muerte. Cada molécula golpeó mi mente con recuerdos: las sonrisas, el sexo, el velorio; el amor. Todo mi ser se quebraba y caía en cristalitos. Pero yo necesitaba hacer este duelo. Era mi forma de reencontrarnos, de despedirme. Así que abrí las dos reposeras: la roja era la mía; la celeste, de Danilo.

Me desnudé.

Revoleé la ropa en la reposera celeste y corrí hacia el lago. Nadé un buen rato y salí exhausto. Estaba muy triste. Lo extrañaba mucho y no había forma de superar su pérdida.

Miré hacia abajo, y lloré. Lloré como un niño. Esta vez Danilo no estaba para decirme “Shhh, ya basta”.

Sentí una mano que acariciaba mi espalda y tuve miedo de abrir los ojos. Como cuando uno tiene una pesadilla de un ser querido que ha muerto. Sentí su presencia, ahí. Esperé unos segundos para ver qué sucedia, con los ojos cerrados, pero la mano seguía ahí, tocándome. Finalmente abrí los ojos, giré apenas, y vi un tatuaje. ¡No podía ser! ¡Vi el mismo tribal en el brazo!

No puedo explicar lo que yo sentí. Miré su cara y me resultó desconocida. De repente la soledad y las ganas de llorar.

-Perdón, es que te vi tan mal… Y… Vine a ver si necesitabas algo -se excusó. Aunque yo estaba desnudo, me levanté para abrazarlo. Él se paralizó, la reacción fue totalmente inesperada, pero devolvió el abrazo. Pasó un rato.

Me sentí mejor y sequé mis lágrimas. “Me llamo Ricardo”, le dije. Su nombre era Horacio. Teníamos la misma edad. Algo en él me recordaba a Danilo, le conté la historia de mi amigo, de mi amor, y se sacó la ropa porque me dijo que quería nadar conmigo. Le sonreí. Y fuimos a nadar desnudos al lago.

Estuvimos nadando y jugando toda la tarde; antes que cayera la noche, fuimos a mi carpa. Dormimos juntos. Por primera vez en mucho tiempo descansé como Dios manda, y tuve un sueño con Danilo, mientras dormía con Horacio.

Fue genial estar juntos.

Y despertar desnudo entre sus brazos.

 

(c), de Ricardo H. Ortiz

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