La Batalla

Yo era joven y estúpido, pero quería amor. Así que me abrí al camino, al hongo, yo lo sabía bien..

Caminé, con mis túnicas y mis libros. Llegué a la playa. Creí alucinar: delante de mí había un hombre desnudo, celeste. Estaba tatuado, era muy musculoso. Parecía que había salido de una película o que Dios lo había esculpido, o pintado, y dejado ahí, por el agua.

Yo vi sus nalgas, sus piernas, su espalda. Él era perfecto, y yo era almíbar, ¡algo flotaba en mi jardín con plateados jazmines! Él seguía de espaldas y yo quería sacarme las telas, las túnicas, le ofrecería amor. Lo chisté, no respondió, le inventé nombres: ¡Hércules! ¡Toribio! ¡Alejandro!

Me llamo Andrés -dijo. Su ser tronó, el cielo se puso negro, el mar se encrespó y creí que iba a venir el mismísimo Apocalipsis. Pero él se dio vuelta, sonriendo.

Sé qué quieres y por qué has venido aquí -agregó-. Yo sé todo lo que sucede en este mundo.

Yo quise arrodillarme a sus pies, pero él estaba desnudo y temía que confundiese el gesto. No había nada que hacer, reparé en su boca, en su cuerpo: le vi los ojos brillando en un fuerte azul, mágico, y tenía uns tatuajes por todo el cuerpo: plateados y negros. Pensé en Luis Rollo.

¡Y su sexo! ¡Largo y gigante! ¡Podría escribir historias interminables en su poderosa geografía!

Él dijo: -Tal vez…

El cielo se despejó y salió el arcoíris. Vi eso como una señal de amor. Adentro mío: cocodrilos. Mis ojos brillaron rojos y fatales, él me envolvió en una espiral de agua. “Más, más”, le gritaba; y él me desnudaba y hacía hechizos de tierra, de aire, de fuego y azufre. Pero me volvía a guiñar y a vestir.

Sus tatuajes comenzaron a brillar en un tono violeta. Se puso en pose de guera, violentamente. Él no tenía armas pero vi su espada, dorada, deliciosa.

Me desnudé y corrí para atacarlo, lo derribé al piso con todo mi ser.

Así jugamos como niños y nos dimos amor, en formas mágicas y grotescas.

* * * * * * * * * *

Nunca oscureció.

Hicimos el amor infinitas veces. Corríamos al mar para bañarnos; parecíamos amigos o primos. Si nos cansábamos, nos quedábamos abrazados mirando hacia el mar, nos besábamos, o nos hacíamos cosquillas. Cuando nos aburríamos hacíamos luchitas. Yo siempre me dejaba ganar para cumplir la prenda…

Hasta que un día se dejó derribar. Habíamos caído en la pose perfecta. Yo sentí que tenía bastón de mando y corona: “Haz esto, aquello, dale, así, así no. Espera…” ¡Me encantaba ordenarle!

Ya era un brujo sexual y perverso. Mi árbol mágico de bellísimos pétalos estaba arruinado, deshecho, desvalido. Lo besé, envuelto en llamas. Él se mecía, suavemente. Dijo: Ahhh.

Deliramos en la arena que ya nos parecía un campus. ¡Menos mal que esto era una playa deshabitada! Deshabitada y nudista, nada de qué preocuparse.

Seguimos envueltso en llamas, copulando divinamente, y se llenó de parejas. Dije: “Parece un vídeo de Soda Stereo” cuando los miré, ignorando la pantalla grande.

Pero todos estaban desnudos y con palomitas.

FIN.

(c), de Ricardo H. Ortiz

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