Apocalipsis visual

Un martes de luna llena yo corrí hacia el pantano. Era un largo camino que conocía bien. Mientras corría, me encontré con todos los predadores: lobos, serpientes, leñadores; cuando me veían… ¡ellos salían corriendo al próximo precipicio!

Yo era un diablo.

Así yo llegué al pantano, todo desnudo y endiablado, pero más bello que todos los colibríes.

Bufé, clamé, bullí. Pateé el suelo que se hizo volcánico, luego metamórfico y de nuevo pantanoso. Pateé, nuevamente. Relinché. Del suelo salían hombres calcáreos y todo se llenó de trelobites. Me puse a llorar. Lágrimas del más negro néctar construían mi bellísimo Apocalipsis.

Ellas formaron una doble espiral espesa que destruía todo lo que tocaba. Así vagué por el mundo, desnudo, dentro de esa doble espiral.

Cada tanto, yo teletransportaba a alguien adentro y me ponía a brillar.

Pero desde afuera sólo se veía un magnífico Apocalipsis.

(c), de Ricardo H. Ortiz

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